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Historia y vida de la Barriada Príncipe Alfonso – Ceuta Capítulo X. Comunicaciones

 

Historia y vida de la Barriada Príncipe Alfonso – Ceuta

Capítulo X. Comunicaciones


Switchboard of 1924” por Valerie Renee, en el Atlanta History Center. Licencia CC BY 2.0. Fuente: Flickr La centralita del Príncipe Alfonso era parecida a esta, quizá algo más moderna, tenía auriculares ajustable a la cabeza con el teléfono incorporado.


Durante los años de la Segunda República, la barriada del Príncipe fue oficialmente denominada La Unión, nombre que aparecerá en diversas referencias administrativas del período. Ambas denominaciones corresponden al mismo enclave urbano y reflejan, más allá del cambio político, una misma realidad territorial.

La mejora de las comunicaciones en la barriada del Príncipe fue, como tantos otros aspectos de su desarrollo, un proceso lento y laborioso, atravesado por carencias estructurales, impulsos institucionales esporádicos y, en ocasiones, por la voluntad de algunos vecinos que vieron en el acceso a la información y la conectividad un derecho pendiente.

Los primeros pasos documentados datan de 1929, cuando se acuerda facilitar una casa-habitación para el cartero, gesto modesto que sugiere tanto la precariedad del servicio como la necesidad de fijar personal en el territorio. Ese mismo año, se agradece a la Dirección General de Telecomunicaciones la instalación de una estación telegráfica en Jadú, prueba de que las zonas periféricas comenzaban a ser incluidas, aunque de manera muy desigual, en las redes de comunicación moderna.

En 1930 se solicita una mejora importante: establecer dos salidas diarias entre Ceuta y Algeciras para el servicio de correos. Y en enero de 1931, la barriada inaugura oficialmente su estafeta sucursal, consolidando su inclusión en la red postal urbana. Esta apertura se complementaría, meses después, con la petición a la Compañía Telefónica Nacional de instalar un teléfono en la casa del guarda jurado de la barriada de La Unión (Príncipe), y posteriormente con la decisión municipal de dotar a la barriada con un teléfono al servicio del municipio, muestra de la progresiva institucionalización de la zona.

La consolidación del servicio postal en la barriada durante los años treinta vino acompañada de una creciente estructuración en los horarios y tarifas. La recogida de correspondencia de los buzones de la población se realizaba con una frecuencia notable: a las 8, a las 15 y a las 21 horas. Desde la Sucursal de Correos de Hadú, el correo general llegaba a las 11, y el procedente de Tetuán, tanto a las 11 como a las 18 horas. Las cartas hasta 25 gramos costaban 30 céntimos, mientras que los envíos dentro de la población tenían una tarifa de 15 céntimos por cada 20 gramos.

En cuanto a los servicios telegráficos, el Centro de Telégrafos de Ceuta ofrecía un servicio permanente tanto para telegramas como para conferencias y giros telegráficos. La sucursal de Hadú, que también cubría la barriada del Príncipe, funcionaba con horarios diferenciados por temporada, manteniendo servicios mínimos incluso los días festivos. Asimismo, se contempla ya desde estos años el intercambio postal internacional, como el envío de paquetes a Gibraltar, con tarifas en francos oro según el peso.

En lo referente a la telefonía, la Compañía Telefónica Nacional prestaba servicio permanente a los abonados y de 8 a 24 horas para los no abonados. Las tarifas variaban según la urgencia: los telefonemas urgentes se cobraban a 0,15 pesetas por palabra, los ordinarios a 0,10, y los de madrugada a 0,05, además de una tasa fija de timbre de 0,10 pesetas.

Por vía marítima, el transporte entre Ceuta y Algeciras ofrecía salidas diarias a las 10:30 y 18:30 desde Ceuta, y a las 7:00 y 15:00 desde Algeciras, con billetes que costaban aproximadamente 18 pesetas en primera clase y 9 pesetas en tercera o cubierta.

Durante la Guerra Civil y la posguerra inmediata, lejos de paralizarse, se acometieron obras conjuntas en distintos servicios. En 1937, una certificación del arquitecto municipal daba cuenta de trabajos en el consultorio médico, la cartería y oficinas de vigilancia. A pesar de la situación del país, se mantuvo cierta atención a los equipamientos periféricos. Ese mismo año, también se documenta la donación de dos habitaciones por parte del vicario de la iglesia de La Unión para albergar la cartería rural, un ejemplo más de colaboración entre la Iglesia y la administración local.

A inicios de los años 50, se evidencian nuevas tentativas de modernización. En agosto de 1951 se plantea la posibilidad de ceder un solar o facilitar locales en Villa Jovita, Hadú o el Príncipe, con el objetivo de instalar centrales o centralillas telefónicas. Incluso se promete la donación de chatarra de cobre para permitir el tendido de líneas hasta el Príncipe, tan necesitado de conexión. En ese mismo mes, se autoriza a los vecinos del Príncipe a realizar conferencias telefónicas desde el teléfono del guarda jurado, siempre que asumieran el coste directamente y bajo la responsabilidad del propio agente. Era una solución improvisada, pero funcional.

En 1952, se habilitan habitaciones para la estafeta de Correos y se solicita presupuesto para la reparación de la cartería rural. La mejora postal seguía su curso, lenta pero constante.

La década siguiente marcaría un salto cualitativo. En 1954, se acuerda solicitar a la Compañía Telefónica Nacional de España la inclusión del Príncipe en el proyecto de instalación de líneas de teléfono automático. Esta solicitud se concreta en diciembre de 1955 con la petición formal de un locutorio público. En 1957 se decide instalar un teléfono en el consultorio médico del Príncipe, muestra de que las comunicaciones no solo respondían a demandas residenciales, sino también a la necesidad de mejorar la atención sanitaria.

En 1958, se intensifican las gestiones para dotar a la barriada de una subcentral telefónica. La Compañía Telefónica acepta la propuesta del Ayuntamiento para instalar una subcentral de 30 líneas, ampliables, a condición de que se facilite un local adecuado, con espacio suficiente para un locutorio y la vivienda del personal. No existiendo edificio disponible, se propone construir uno sobre un solar que ya se había identificado. En enero de 1959 se aprueba formalmente este compromiso. El proyecto incluía también el pago de luz, agua y el acondicionamiento del edificio. La subcentral se convierte así en un símbolo del esfuerzo institucional por acercar los servicios urbanos a una barriada históricamente marginada.

Las obras se ejecutan sin incidencias, y en diciembre de 1960, al concluir el período de garantía, se devuelve la fianza al contratista Antonio Recio Rodríguez, constatando la finalización satisfactoria del proyecto.

Mientras tanto, el servicio de correos continúa ampliándose. En 1966 se repara un buzón de recogida de correspondencia, se estudia la necesidad de una nueva vivienda para la cartería, y se aprueba un presupuesto para reparar el inmueble que albergaba la Agencia Postal. La Administración Principal de Correos remite varios escritos sobre las condiciones de las instalaciones, evidenciando un proceso de profesionalización y modernización ya en marcha.

Recuerdos

He leído algunos detalles que me han resultado especialmente curiosos, porque reflejan cómo se vivía en aquellos años la llegada de los servicios de comunicación a la barriada. En 1934, por ejemplo, aparece como guarda jurado del Príncipe don Martín Buche Regal, que vivía en la propia barriada y estaba disponible en el teléfono 668. El número de la cartería rural era el 669. Sebastián Guisado Chacón tenía el 664, y Bartolomé Harillo Borrego el 662. Aquellos teléfonos, tan pocos y tan localizados, eran entonces toda una infraestructura comunitaria. Aunque si rebusco entre mis extraviados recuerdos, llego a localizar algunos otros teléfonos, como el de Pepe Coronado, Francisco Moreno, Arturo Navas y algunos más, casi todos de los centros oficiales y comercios de la barriada.

También me llamó la atención el papel de Hadú como punto de referencia para todo: allí llegaba el correo general y el de Tetuán, se enviaban telegramas y giros, y se atendían los servicios de las barriadas, incluido el Príncipe. Incluso los giros postales tenían una cuantía mínima: una peseta. Y para hablar por teléfono, había que ir al puesto del guarda o esperar turno.

Esos recuerdos, aunque quizás técnicos, nos devuelven la imagen de un barrio que, paso a paso, se iba conectando con el mundo.

Estos recuerdos quedarían incompletos si no recogiera los nombres de las personas que atendieron durante años tanto la central telefónica como la cartería. La centralita estaba situada a la derecha de la Iglesia, colindaba justo con lo que fue escuela y posteriormente residencia de las monjas. Los responsables eran Jacinto y Esperanza. Mi impresión era la de ver a unas personas mayores, casi ancianos. Jacinto, siempre con una boina puesta, de estatura baja, agradable aunque serio, llevaba gafas redondas y siempre andaba con algún papelito en las manos. Su voz era baja y algo cascada. Esperanza, más alta y robusta, era más seria, aunque de vez en cuando te sonreía. Su andar era algo dificultoso, posiblemente por su peso, y su acento me parecía foráneo.

Sentí curiosidad por aquella máquina y a menudo frecuentaba el lugar, simplemente observaba, hasta que un día se encendió la luz de entrada de llamada exterior, acompañada de un pitido tenue. Jacinto había entrado por un momento en otra habitación. Lo reclamé y me dijo que lo atendiera. Ellos sabían que nos gustaba manejar aquellas clavijas. Lo hice perfectamente, porque hasta me sabía los números de los abonados. Cogí el otro par, lo introduje en el número, pulsé el interruptor en sentido de llamada, hice la llamada a quien solicitaban y enseguida escuché: “¿Diga?”. Conecté ambos pares en línea y dije: “¡Hablen!”. En cuanto me cercioré de que ambos decían la primera palabra, corté mi escucha. Estoy seguro de que Jacinto me supervisaba. Fue un momento de felicidad enorme: me sentí formando parte de algo grande y, al mismo tiempo, actué con responsabilidad. No debía escuchar una conversación privada.

En cuanto a la cartería, estaba —y continúa, aunque creo que sin atención— en esa misma acera: residencia de monjas, centralita, casa del guarda jurado y cartería. Estaba a cargo de Francisco Reviriego (Paco) y su esposa María. Estuvieron al frente por más de cuarenta años. Desde joven recuerdo a Paco recorriendo aquellas calles repartiendo la correspondencia. Era difícil, por la estructura urbanística de la barriada, pero él conocía a todas las personas por sus nombres y apellidos, tanto cristianos como musulmanes. Paco y María eran muy serviciales y atendían con agrado a todo el que les pedía ayuda o asesoramiento. En momentos complicados de la barriada quise visitarla y le pedí a Paco que me acompañara. Lo hizo gustosamente, porque era una persona muy respetada y querida por todos. Me informaron que, el día que falleció en el año 2023, la iglesia del Príncipe se llenó de musulmanes: todos querían dar su último adiós a su querido cartero.

No recuerdo haber visto de modo habitual prensa en la barriada, más allá de algún periódico local suelto y esporádico. En cambio, las emisiones de radio fueron habituales, en la que Radio Ceuta predominaba en su 1.492 kc/s y en cualquier calle se podían escuchar aquellos discos dedicados, las novelas de Javier Casasola y otros. La televisión comenzó a llegar a algunas casas a finales de los cincuenta, en blanco y negro, como era natural, y con algunas proyecciones de películas en cine mudo. Recuerdo a los niños reunidos en esos pocos lugares, sentados en el suelo frente a la tele, riéndonos. Era una época de mucha lectura en aquella barriada. Las novelas se podían cambiar a bajo coste en el carrito de Paco "el jorobao", magnífica persona. Aquella lectura de novelas del oeste con carátulas espectaculares era por decenas diariamente. Las novelas de Corín Tellado o similares, y unos libros muy grandes y gruesos de novela que se leían en casa. Yo iba a casa de mi abuela Lola a leerle alguna tarde algunas páginas. Recuerdo a las familias hablando mucho, intercambiando noticias, comentando sucesos…



Calle Maestra Jaén: Carrillo de Paco, con la camisa blanca; creo que de apellido Cervera; un niño musulmán; Frasquito Guerra, sentado; Tanyaui con gafas, propietario de un carrillo, justo al lado de Paco; Paco Cuadro y Kiko Román, de soldado.

Todo este recorrido, jalonado de iniciativas aisladas pero constantes, muestra cómo la barriada del Príncipe fue conquistando poco a poco su derecho a la comunicación: desde un teléfono custodiado por un guarda jurado hasta una subcentral telefónica propia; desde una habitación prestada para la cartería rural hasta la consolidación de una agencia postal. Aun cuando las condiciones materiales no siempre acompañaron, hubo en todo este proceso una clara voluntad —institucional y vecinal— de no quedar desconectados del resto de la ciudad. Porque comunicarse también era, en último término, una forma de pertenecer.


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Comentarios

  1. Hemos recorrido un largo camino, pero aún quedan temas por descubrir que, estoy seguro, nos sorprenderán: la espiritualidad y la iglesia en el Príncipe, los oficios, la industria y el comercio, la sanidad y la seguridad, la convivencia... y los ecos del ayer: anécdotas, personajes y memoria. Quizá el último capítulo sea también el más entrañable, con fotografías, recortes y recuerdos de los propios residentes del Príncipe Alfonso. Antes de eso, espero poder compartir un artículo dedicado al Fuerte Príncipe, origen del nombre de la barriada. ¡Gracias amigos por leer!

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    1. Magnífico relato y la fotografía fabulosa, tal y como recordaba el lugar y a los fotografiados, muy bueno, gracias...

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  2. Me gustaría solicitaros, si es posible, que me enviéis fotografías familiares de personas que vivieron en El Príncipe. Ya sabéis que aquello de lo que no se habla, acaba por no existir.
    Este trabajo tiene como objetivo poner en valor nuestra barriada, dejando testimonio de los hechos y, sobre todo, de las personas que los hicieron posibles.
    Aunque ya se han publicado algunas palabras, sería muy valioso contar también con imágenes que puedan conservarse para el futuro.

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  3. Eres una enciclopedia. Recuerdas hasta los pequeños detalles. Muy bonito artículo.

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    1. No tanto, normalito. Dispongo de una Base de Datos que comencé hace dos años, horas de dedicación y algo de memoria. Ah, y un gran empeño en dejar constancia veraz de la Barriada Príncipe Alfonso. Gracias por leer

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  4. Increíble la cantidad de datos que tienes y recuerdas, cosas que ni imaginaba. Gracias.

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  5. Me alegra que así lo consideres. Por si sirve, este es uno de los trabajos que más información estoy utilizando, comparado con otros que discrimino hasta el 60% y a veces más. Gracias por leer.

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  6. Hola Santi. Felicitarte por el gran trabajo de investigación que haces sobre la Barriada. Nunca pensé que detrás de ella, hubiera tantos datos y documentos.
    Recuerdo a Esperanza " la telefonista" muy bien, pues el aula pegada a su casa, fui varios años después de párvulos. Y a la izquierda de la iglesia, otra aula de más mayores que estuve un año, y pegada a ella estaba la Policía Armada. Y después pasé con Don Pablo, ya al otro colegio. Pues cerraron éste por lo que se oía de gritos.
    De Paco, el Cartero, me acuerdo muy bien, pues nosotros nos escribíamos con la familia de mí Padre de la Herradura (Granada) y recibíamos cartas todas las semanas. Y del Guarda jurado José, unos de sus hijos hizo la comunión con nosotros. Me has traído recuerdos de juegos y travesuras de aquellos años. Gracias

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    1. Gracias, Pepe. Sí, he dedicado bastantes horas estos dos últimos años, y, como dije en el capítulo primero, ha sido un error no haberle dado prioridad antes. Lo importante es que ahora ha quedado escrita y asequible para todo el que desee. Buenos recuerdos tienes, amigo. Paco era de Jerez y hasta allí ha sido su último viaje. Un abrazo.

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  7. Juan: Buenísimo, la fotografía buenísima, muy buenos recuerdos del kiosco y los personajes...👏👏👏👏👏

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