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Historia y vida de la Barriada Príncipe Alfonso – Ceuta - Capítulo IX. Las Fiestas del Príncipe: cuando la barriada se vestía de alegría

 

Historia y vida de la Barriada Príncipe Alfonso – Ceuta

Capítulo IX. Las Fiestas del Príncipe: cuando la barriada se vestía de alegría


Iglesia en el Príncipe Alfonso. En aquel tiempo la puerta de la izquierda no estaba, Delante hay una explanada donde estacionaba el autobús y se celebraba los juegos en el día de San Ildefonso.


En el corazón del Príncipe Alfonso, donde las calles han sido testigo de fatigas, juegos infantiles, oraciones y esperanza, siempre ha habido también un tiempo para el gozo colectivo. Las celebraciones, como ríos de alegría que irrumpen en la rutina, han unido a los vecinos como pocas otras cosas. Desde las primeras comuniones con modestas meriendas compartidas hasta las tómbolas de barrio, las comidas organizadas por Auxilio Social, los juguetes de Reyes o los paseos por calles engalanadas en la festividad de San Ildefonso, pasando por la fiesta del Cordero y las bodas musulmanas, las fiestas han sido mucho más que fechas en un calendario: han sido una forma de resistir y de celebrar la vida.

En las actas municipales rescatadas desde 1927 hasta mediados del siglo XX, se dibuja el rostro más humano del Ayuntamiento: aquel que otorga donativos no sólo para ladrillos, sino también para sonrisas. Las peticiones de ayuda para Pascua, las funciones escolares o los modestos obsequios a los niños de la barriada aparecen como documentos administrativos, sí, pero revelan que el barrio tenía voz, y que esa voz pedía no solo pan, sino también alegría.

Con el paso de los años, la festividad de San Ildefonso se fue consolidando como un eje identitario. Cada 23 de enero, el barrio despertaba con la emoción de un día distinto: culto religioso, reparto de bolsas de alimentos, teatro, e incluso —en ocasiones— sillas alineadas para ver pasar la procesión o escuchar una banda. Las instituciones religiosas, el Ayuntamiento, las comisiones de vecinos y hasta el panadero del barrio se sumaban, cada cual a su manera, a esta liturgia civil y popular.

Y aunque en los años sesenta el Ayuntamiento decidió ceder el testigo organizativo a los vecinos y párrocos, la fiesta no decayó. Todo lo contrario: encontró su propia forma, su propio ritmo, su manera de seguir viva, de recordarnos que, incluso en los márgenes, hay belleza, memoria y comunidad.

Primera etapa: caridad y comunidad (1927–1930)

En los años veinte, el Príncipe Alfonso era una barriada joven, aún en proceso de cimentarse física y socialmente. No obstante, el espíritu comunitario ya comenzaba a manifestarse con fuerza en momentos señalados. Las celebraciones religiosas, en particular, se convirtieron en un vínculo clave para crear sentimiento de pertenencia y cohesión.

El 2 de junio de 1927, el Ayuntamiento concedió un donativo de 125 pesetas "para ayuda a los gastos que se ocasionen con motivo del Cumplimiento Pascual". Ese gesto, aparentemente modesto, revela un primer indicio de cómo las instituciones comenzaban a reconocer el papel de la fe y la infancia como motores sociales en el barrio.

Apenas tres semanas después, el 23 de junio, el Vicario General agradecía formalmente el acuerdo de la Junta de agasajar a los niños de la barriada. Los niños —protagonistas constantes en los festejos— eran vistos como depositarios de la esperanza de la comunidad, y los actos a su favor no eran anecdóticos, sino esenciales.

En mayo de 1928 se repite el gesto: otras 125 pesetas para la Primera Comunión de los niños pobres de la barriada. Era una forma de dignificar a los más humildes en una celebración que marcaba el paso hacia una nueva etapa de fe y responsabilidad. Al mismo tiempo, emergían nuevas formas de fiesta. Ese mismo año, el Ayuntamiento autorizó la compra de un objeto para una tómbola benéfica —una señal clara de que, junto a lo litúrgico, nacía también un espíritu lúdico, casi ferial.

La festividad de los Reyes Magos, tan querida por los niños, también tuvo eco en las actas. En enero de 1929 se ratificó un acuerdo para celebrar una fiesta y repartir juguetes a los alumnos de las escuelas del Príncipe. No era sólo generosidad institucional: era una manera de decirles que también ellos formaban parte de la ciudad, que merecían ser celebrados.

La progresiva implicación de asociaciones civiles, como la Junta de Damas, muestra cómo las celebraciones iban ganando dimensión organizativa. En 1929, el Ayuntamiento aprobó ayudas significativas —casi 4.000 pesetas— para concluir la escuela, la capilla y las viviendas del capellán y los maestros. Religiosidad y educación comenzaban a entrelazarse con la cultura festiva y comunitaria.

En enero de 1930 se concedieron otras 150 pesetas “a los vecinos de la barriada del Príncipe Alfonso, para ayuda de los festejos que se celebrarán en la misma”. La participación vecinal comenzaba a consolidarse como motor de la vida social del barrio, que ya no dependía únicamente del impulso de las instituciones, sino también del entusiasmo de sus propios habitantes.

Entre donativos, juguetes, procesiones, comuniones y tómbolas, se fue dibujando la primera versión de lo que serían, con el tiempo, las grandes fiestas populares del Príncipe. Aún no eran celebraciones multitudinarias, pero ya contenían los ingredientes esenciales: la infancia como epicentro, la ayuda mutua, la fe como pilar y la alegría como lenguaje común.

Fiestas en tiempos convulsos (1931–1945)

 La llegada de los años treinta trajo consigo no solo transformaciones políticas para el país, sino también una consolidación de las celebraciones populares en el Príncipe Alfonso. El barrio ya contaba con una identidad más perfilada, y las festividades se iban entretejiendo con la rutina anual como una forma de mantener viva la cohesión comunitaria.

En enero de 1931, el Ayuntamiento concedía un donativo de 250 pesetas “para ayuda de los festejos que se celebrarán en la barriada del Príncipe”. Aunque la República ya se asomaba en el horizonte político español, la tradición festiva del barrio se mantenía constante, aún con el respaldo institucional.

Durante esos años previos a la guerra, también se da noticia del apoyo a otras barriadas, pero es en el Príncipe Alfonso donde se reconoce una continuidad marcada. Las fiestas no eran sólo entretenimiento: eran una expresión de estabilidad en tiempos en que todo parecía cambiar.

Con el estallido de la Guerra Civil y la entrada en los años cuarenta, podría esperarse una suspensión o apagamiento de estos eventos. Sin embargo, lo que vemos es otra cosa: una reorientación de las celebraciones, muchas veces revestidas de mayor contenido religioso o patriótico, pero siempre enfocadas al mantenimiento de la comunidad.

En abril de 1940, el Ayuntamiento autorizaba la instalación de un aparato mecánico para recreo infantil en diversas barriadas, entre ellas el Príncipe, lo que nos habla de una tímida reintroducción de actividades públicas tras los años más crudos del conflicto. Poco después, en marzo de 1941, se acordaba un donativo de hasta 500 pesetas a la Comunidad Musulmana para la fiesta de la Hed-dia. Este gesto, aunque puntual, marca una pluralidad festiva en el barrio, donde convivían distintas sensibilidades religiosas.

También en ese año —1941—, se concedía un donativo a la cofradía de Nuestra Señora de los Dolores, y se retomaba la tradición de otorgar ayudas con motivo de la festividad de la Virgen de África, patrona de la ciudad, cuyos ecos llegaban igualmente al barrio.

En 1943, las celebraciones vuelven a brillar con cierta intensidad. Se aprueba el pago de obsequios a los niños de la barriada con motivo de la festividad de su patrón, San Ildefonso, patrón que ya se consolidaba como el eje espiritual de los festejos del Príncipe. Un año más tarde, en 1944, el Auxilio Social ofrecía una comida extraordinaria y el Ayuntamiento contribuía con postres para los niños.

Este último gesto, sencillo pero simbólico, nos habla de un esfuerzo por devolver la alegría a una infancia golpeada por la pobreza y la posguerra. Es también reflejo de una época en que la caridad se integraba profundamente en el tejido de la fiesta. La comida compartida, los postres, las pequeñas procesiones y los obsequios a los niños funcionaban como bálsamos frente a una realidad dura.

El Príncipe Alfonso de los años cuarenta era un barrio donde la fiesta funcionaba como afirmación de vida, como reivindicación de pertenencia, como ancla frente a las dificultades cotidianas. No eran festejos ruidosos ni espectaculares, pero sí cargados de significado. Una plaza adornada, un reparto de bolsas de pan o una comida caliente en honor al patrón eran suficientes para encender la esperanza de toda una comunidad.

San Ildefonso, símbolo de identidad (1946–1955)

Tras los años más duros de la posguerra, el Príncipe Alfonso entró en una etapa de cierta estabilización. El barrio seguía creciendo, y con él, también maduraban sus costumbres festivas. Lo que en décadas anteriores habían sido gestos sencillos o donativos esporádicos, en este momento se transforma en una estructura de celebración reconocida y repetida anualmente.

En 1946, los festejos del 23 de enero, día de San Ildefonso, fueron especialmente destacados. El Ayuntamiento, en colaboración con Auxilio Social, organizó una comida extraordinaria para los niños del barrio. A esta se sumó un donativo de 300 pesetas destinadas exclusivamente a los postres, lo que no deja de ser una escena muy elocuente: el cuidado de los detalles dulces en una época en que aún escaseaban muchas cosas. Además, la fiesta estaba acompañada por actuaciones, tómbolas y probablemente alguna función religiosa destacada, aunque no siempre se detallara en las actas.

Ese mismo año, el 23 de mayo, el Ayuntamiento agradecía la “brillantez” con que se habían celebrado los actos del día del Patrón. Es aquí donde aparece con fuerza la figura del Depositario Municipal, Rafael Orozco García, quien se convierte en uno de los impulsores de estas celebraciones: desde la logística hasta el ambiente, su implicación quedaba patente. Más que un cargo administrativo, Orozco se convirtió en un verdadero gestor cultural del barrio.

El Patrón San Ildefonso fue ganando fuerza como símbolo. El nombre del santo se repetía cada vez con mayor énfasis en las actas, al punto que en 1950, ya se hablaba de preparar “los actos en honor del día” con la cantidad de 5.000 pesetas como presupuesto específico. A eso se sumaba el contacto con organizaciones como Auxilio Social para repartir donativos entre los vecinos más pobres. La caridad, la liturgia y la fiesta popular se entrelazaban de forma indisoluble.

La parroquia del barrio adquiría también protagonismo creciente. En 1953, se forma una comisión organizadora compuesta por el presidente de festejos, el cura párroco, un empleado municipal y el secretario de Alcaldía de barrio. Esta estructura mixta —civil y eclesiástica— demuestra cómo la fiesta ya no era solo algo informal, sino que representaba oficialmente al barrio ante el Ayuntamiento y viceversa.

En paralelo, se consolidaban otras iniciativas solidarias asociadas a la celebración. En 1954, Cáritas Americana enviaba leche en polvo, queso y mantequilla, productos que fueron canalizados a través de la Junta Municipal de Enseñanza Primaria. Aunque no se destinaban exclusivamente a las fiestas, estos bienes coincidían en el tiempo con las celebraciones patronales y reforzaban su dimensión comunitaria.

El Príncipe Alfonso de mediados del siglo XX celebraba a su patrón no solo con misas y comidas, sino también con repartos de alimentos, blanqueo de fachadas, funciones teatrales y organización de actos culturales. San Ildefonso ya no era solo un nombre en el calendario: era el núcleo espiritual y social del barrio.

Una fiesta del pueblo: organización vecinal y afirmación comunitaria (1956–1965)

Cortesía de José Pozo- Obra de teatro "Mi tío Ernesto" De izquierda a derecha: Perea, S. Chippirraz, Román, Pozo, Reinoso, Cepero, Rodicio, Rodríguez, A.Chippirraz M. Hichu y Don Juan José García


En los años posteriores a 1955, la fiesta de San Ildefonso se había ganado un espacio fijo en el calendario local. El barrio del Príncipe Alfonso ya no era una periferia desdibujada, sino un núcleo con una vida social y religiosa vibrante, que había logrado institucionalizar su fiesta con todos los ingredientes necesarios: devoción, convivencia y organización.

En 1957, el Ayuntamiento siguió encargándose directamente de la organización de los festejos, delegando en el Teniente de Alcalde las tareas logísticas. Sin embargo, ya se percibía un cambio de tono. En 1959, por ejemplo, las tareas de preparación incluyeron el blanqueo de la fachada de la iglesia, un detalle simbólico que hablaba de la importancia que se daba no solo al acto litúrgico, sino al embellecimiento del entorno para recibir al santo patrón.

Durante estos años, también aparecen indicios de una nueva sensibilidad social: no solo se organizaban fiestas, sino que se atendía a necesidades estructurales del barrio, como en 1961, cuando se organizaron funciones teatrales benéficas para la guardería infantil del Príncipe. Se buscaba unir ocio y ayuda mutua, religiosidad y progreso.

Pero el verdadero punto de inflexión se dio en 1962. Ese año, el Ayuntamiento —a través del Sr. Romero— planteó que el consistorio debía limitar su implicación directa en las festividades de barriadas como el Príncipe, Jadú o Almadraba, para centrarse en las de la ciudad. A partir de ese momento, serían las parroquias o las comisiones vecinales las encargadas de organizar los actos, con la correspondiente subvención municipal, eso sí.

Este cambio no debilitó las celebraciones. Todo lo contrario. Al asumir la organización, el tejido social del barrio se fortaleció. La parroquia de San Ildefonso recibió en 1963 una subvención de 5.000 pesetas del presupuesto municipal, con las que pudo preparar los actos. Esta fórmula se repetiría en los años siguientes, consolidando un modelo de fiesta más autónoma y más local.

En 1965, la celebración ya estaba plenamente arraigada como una manifestación cultural propia, con un patrón, un templo, un calendario y una comunidad entregada. Si bien las actas dejan de detallar minuciosamente cada acto, se percibe en ellas una constante: el Príncipe Alfonso tenía voz propia, y sus fiestas eran reflejo de una identidad colectiva que ya nadie discutía.

Recuerdos de aquella infancia

Sin duda, la parte más luminosa de mis recuerdos son las celebraciones. Es un apartado de gran riqueza emocional, y por eso no voy a escatimar en detalles. Aunque puedan ralentizar la lectura, son esenciales para comprender de cerca lo que vivimos en nuestra infancia, tanto en la comunidad cristiana como en la musulmana.

Fiestas religiosas

Navidad

Conservo los juguetes que mi tío Antonio me trajo desde Alemania


La llegada de diciembre marcaba el inicio del periodo más largo, intenso y entrañable de celebraciones del año. Navidad, Año Nuevo y Reyes eran sinónimo de reencuentros: familiares que regresaban de países lejanos, maletas cargadas de regalos, historias y nostalgia. Los bares se llenaban de hombres compartiendo vino, partidas de dominó y largas conversaciones en torno al billar.

Eran fiestas hechas con esfuerzo. Las madres se afanaban en maquillar la escasez con una ternura sin medida. En los aparadores brillaban botellas de anís, coñac o, en las casas con más suerte, Licor 43. Se hacían roscos —los de mi tía Angustias eran insuperables—, se abrían polvorones, alfajores y aquellas cajitas de sidra en porciones que sabían a fiesta.

Las penas se disfrazaban. Aun con el dolor a cuestas, se presentaba la mejor cara. No podía ser de otro modo: todos conocíamos las carencias del otro y por eso compartíamos la dignidad del momento. Las campanadas del cambio de año nos reunían en familia, y algunos, ya con televisión, seguían la retransmisión como si fuera un lujo inédito.

Y qué decir de los Reyes Magos. Con ojos brillantes y el corazón encendido, esperábamos ansiosos el escaparate que Pepe Harillo montaba en su tienda con ayuda de sus hijos —Bartolín, Paco y José Mari— y empleadas como Afri, Maricarmen o, más adelante, Pepe Pozo. Balones, pistolas, muñecas, Juegos Reunidos, gorras de cowboys… Nos pasábamos horas mirando, soñando, señalando con el dedo aquello que anhelábamos. Y cuando llegaba el 5 de enero, la magia se hacía real.

Semana Santa

Imagen Cortesía de José Pozo. Semana Santa en el Príncipe-Traslado del Cristo.
En primer plano, Pepe Pozo.


Ceuta siempre ha tenido una Semana Santa magnífica: tallas imponentes, tronos majestuosos, bandas militares y desfiles solemnes. En el Príncipe, con nuestra humildad, también vivimos momentos memorables. Recuerdo procesiones con el Cristo de Medinaceli y la Virgen bajando por Rafael Orozco, Maestra Jaén y subiendo por San Daniel. Todo un acontecimiento para la barriada.

Era emocionante ver llegar uniformes, escuchar los redobles de tambores, sentir la solemnidad de la música. Tras pasar por el cuartel de Automovilismo, las imágenes continuaban hacia el centro de Ceuta. Finalizada la Semana Santa, regresaban a su iglesia del Príncipe, y con ellas, quedaba en nosotros un sentimiento de haber vivido algo grande.

Ramadán: el alma que despierta al caer el sol

En el Príncipe Alfonso, donde la vida transcurría entre oficios humildes y esperanzas silenciosas, el Ramadán llegaba como un tiempo sagrado. Era más que ayuno: era recogimiento, perdón y comunión. Durante el día, el barrio se silenciaba; al atardecer, renacía. Al llegar el iftar —la ruptura del ayuno—, las casas se llenaban de aromas y murmullos, de niños impacientes y comidas modestas pero llenas de significado. Un plato con pan, aceite y manos compartiendo.

Las noches se alargaban entre tés, dulces, conversaciones y plegarias. Yo, de niño, me asustaba con aquel hombre que, en la madrugada, pasaba tocando el bombo para advertir que ya no se podía comer. Lo recuerdo: delgado, con turbante amarillo, caminando deprisa como si llevara en sus pasos el peso del rito.

Con el fin del mes llegaba el Eid al-Fitr —la “Hed-día”, como la nombraban algunos documentos municipales—. Era una fiesta de luz: ropa nueva, platos especiales, abrazos sinceros. Incluso el Ayuntamiento solía apoyar con pequeños donativos, sabiendo que estas celebraciones eran tan esenciales como invisibles para muchos. Era una fiesta vivida sin estridencias, pero con hondura. No se celebraba lo que se tenía, sino lo que se era.

Fiesta del Cordero

Otra celebración profunda y hermosa era la Fiesta del Sacrificio, conocida popularmente como la Fiesta del Cordero. Un día antes, pastores llegaban con su rebaño. Las familias elegían el animal que podían permitirse. Al día siguiente, se realizaba el sacrificio. Recuerdo ver correr la sangre por las calles de tierra, los callejones… y sin embargo, no había crudeza, sino solemnidad.

Después, todo era vida: las pieles se aprovechaban como alfombras, las tripas se secaban y cocinaban, y la carne se compartía. Siempre, siempre recibimos de nuestros vecinos Mohamed y Jimo un plato, acompañado de pinchitos y té. Había alegría, ropa nueva para los niños, respeto para los mayores. Era una fiesta con dignidad, de esas que dejan huella sin alardes.

Fiestas populares y escolares

Procesión de San Ildefonso —dirigida, como siempre, por Paquito "el Practicante" y acompañada en la bajada por la calle Rafael Orozco—. Siempre cuenta con la presencia de una gran feligresía.

Al final del curso escolar, se organizaban celebraciones con teatro infantil, juegos y refrescos compartidos con padres y profesores. Aunque los carnavales no eran frecuentes, en Navidad algunos adultos se disfrazaban, quizás evocando tiempos pasados.

La gran fiesta era, sin duda, San Ildefonso, patrón del barrio. Días antes, la barriada se llenaba de luces y alegría. En la plazoleta se montaban las tradicionales “cunitas” de colores —verde, roja, azul, amarilla—. También llegaba Alfonso con su carro de “patas”, trepando entre hierros como un artista de feria.

Los juegos populares reunían a personas de toda Ceuta: carreras de sacos, piñatas, el pañuelo... pero el gran espectáculo eran las carreras de bicicletas, donde había que atrapar una cinta colgada de una cuerda con un palito alargado. Era increíble ver la destreza de algunos, como aquel joven de la Plaza de Toros que ganaba todos los años.

El día 23 de enero amanecía con la diana floreada del Tabor de Regulares —creo que el 3º—. Llegaban desde Hadú, con banda y fusileros, hasta la plazoleta. Era apoteósico. Corríamos a verlos como si fueran héroes. Aún hoy, al recordarlo, se me encoge el corazón. Mientras tanto, la atmósfera del lugar se impregnaba con el olor de aquellos buenísimos churros del matrimonio Juan y Blasa. Justo al lado, un musulmán los hacía redondos, esponjosos, parecidos a los donuts. No los envolvía en papel, sino que los prendía pasando una palma por el agujero central, le hacía un nudito y así se trasladaban.

Después venía la misa y la procesión del Santo, que recorría las calles del barrio. En ocasiones, los Regulares también lo acompañaban. Luego, había chocolate con leche para los niños, y alguna celebración especial para los mayores. Era nuestro día grande. 

Celebraciones familiares

Las bodas y bautizos, al principio, se celebraban en las casas, pero con los años comenzaron a realizarse en bares, restaurantes o salones. Los cumpleaños no se festejaban especialmente, salvo con alguna visita al cine. En cambio, los bautizos eran motivo de gran entusiasmo. Nos reuníamos frente a la iglesia esperando la salida, y si el padrino no lanzaba monedas, le cantábamos con humor para presionarle y mantener la tradición:

“¡Padrino rumboso, echa los…!”

También sabíamos que había un bautizo musulmán cuando veíamos al niño vestido con túnica blanca o azul. A veces nos obsequiaban con un pan dulce que preparaban para la ocasión. Estaba delicioso.

Las bodas, en cambio, eran tremendamente vistosas y llamativas. Estas duraban dos o tres días y, para quien no las conociera, podían resultar tan sorprendentes como atractivas. Como en todo gran acontecimiento, había preparativos previos, especialmente el día antes del evento.

El día señalado se preparaba a la novia. Era el día de la Henna, una jornada dedicada a embellecerla, aplicándole este producto en manos, cabello y otras partes del cuerpo, junto con otros tratamientos propios del cuidado femenino. Aquel día se organizaba una fiesta, y se notaba el trasiego de familiares, amigos e invitados por la casa y sus alrededores. En la puerta se colocaban colchonetas y alfombras, y al atardecer comenzaba el ofrecimiento de regalos.

Todos se sentaban y, por turnos, las familias ofrecían sus obsequios. Recuerdo que mis padres entregaron una cantidad en mano al maestro de ceremonias, quien, en voz alta, anunciaba:
“Manolo y María han regalado X cantidad”,

mientras los novios lo agradecían públicamente. Este ritual podía durar horas, acompañado de algún bocado y té que se ofrecía a los presentes.

Al día siguiente, tras una gran comida y otra jornada festiva, la novia, vestida de blanco y arreglada de forma extraordinaria, era introducida en el interior de una especie de jaula cuadrada, en forma de prisma, convenientemente engalanada y tapada, subida a lomos de un burro. Mientras recorría la barriada, con el novio detrás, también vestido de blanco, todos cantaban, tocaban panderetas y chirimías.

Al finalizar el recorrido, los novios partían en un vehículo hacia el que sería su nuevo hogar. Era una celebración llena de colorido, de agradecimientos y de hermandad.

Conclusión

Las fiestas en el Príncipe Alfonso fueron mucho más que entretenimiento. Cada celebración, desde la más solemne hasta la más sencilla, tejía una red de afectos en medio de las dificultades. Hoy, al mirar atrás, no solo recuerdo lo que viví, sino todo lo que aprendí: a compartir, a respetar, a celebrar la vida con lo poco que se tiene y lo mucho que es. 

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Comentarios

  1. Aunque he resumido mucho, este capítulo es más extenso que los anteriores, pero creo que ha merecido la pena. Espero que sea de vuestro agrado.

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  2. En particular, este artículo es para descubrirse. Bien contado, con mucha información y recuerdos olvidados. Gracias.

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  3. J J L M. Este capítulo IX me ha hecho sentir totalmente feliz habiendo recordado aquellos momentos tan de festividad del día de San Ildelfonso, las calles decoradas, las cunitas y el desfile de Regulares con el gran estruendo de tambores.Me ha hecho recordar que en la fiesta de San Ildelfonso me perdí entre la gente de mi padre y mi madre, por el entusiasmo que tenia. Gracias por hacernos recordar con tus relatos.

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  4. Como siempre, un magnífico relato Santi. ¡Enhorabuena!.
    A partir de los años 60, me he emocionado, y no me avergüenza decirlo ¡ He llorado!!.
    Al enviudar mí madre ( Milagritos) , Auxilio Social le ayudó, y el año 1960 la cogieron para la limpieza de las aulas del edificio del colegio, y al año siguiente,1961 abrieron la guardería y le dieron el trabajo de cuidadora y cocinera, con Carmela, la hija de los "Porrones" . Todo el día hasta las 7 de la tarde y después, a limpiar las aulas y cuando llegaba a casa ya de noche, cosía y arreglaba ropa para las vecinas. Y así nos sacó adelante a los cuatro hijos con la ayuda de mi abuela Marina..
    Recuerdo a las dos Señoritas de Auxilio Social. La señorita Maruchi hija de muebles Marroquí, y la hija de la farmacia Zurita. Dos grandes mujeres, muy jóvenes y un grandísimo Corazón cada una.
    Es increíble las historias que hay dentro de la Historia.
    Gracias Santi.

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    1. Sí, recuerdo partes de aquellos difíciles momentos de tu familia. Tu madre, una gran mujer, miembro de una familia admirable. Como otras familias, se enfrentaron a las dificultades y las sortearon con esfuerzo y valentía. Unas veces con algo de ayuda, otras, sin estas. Mi madre cosía ropa de contrata de los militares hasta altas horas de la madrugada, mientras mi padre permanecía impedido durante varios meses. Amigo, aquello fue una gran escuela de resistencia y la superamos todos sin victimismo. Gracias a vosotros por leer. Un abrazo.

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  5. Qué recuerdos más bonitos. Gracias por este gran trabajo.

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  6. He vuelto a leer este capítulo y me encanta. A mi hermana Mari le gustaba mucho los churros que mencionas, esos que estaban cogidos con la palma. Recuerdo muchas cosas del día de San Ildefonso. Es maravilloso con la claridad que las escribes y los detalles. Gracias nuevamente.

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    Respuestas
    1. Paquita, las escribo como las recuerdo y las siento, porque todavía sigo acompañando a Santi. Ese niño de ojos pequeños y a medio vestir recorría los cincuenta escalones en pocos segundos para ver a aquellos soldados tocando tambores, trompetas y gaitas.
      Desde el escalón, sin atreverme a subir a la plazoleta y casi sin respirar, los admiraba. Algunos de ellos me miraban.
      Cuando desfilaban de regreso, corría tras ellos, deseando que no se fueran.
      Ahora esa escena, y muchas otras, nos van a acompañar siempre. Y aun cuando Santi no esté en la escalerilla, ellos, cada 23, tocarán la Diana Floreada, y San Ildefonso paseará por su barriada.

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  7. Es maravilloso, nos trasladas en el tiempo. Gracias por la dedicación.

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