EVA, el trazo del silencio María José Alconchel, Ana María, Cristina y Carlos No soy un gran entendido en arte pictórico, aunque sé distinguir unos buenos trazos de los que no lo son. Pero hay algo que trasciende la técnica, algo que se intuye cuando el alma se posa sobre el papel. En la exposición que motiva estas líneas, he visto precisamente eso —y bastante más—: la entrega callada, el dolor que se vuelve entereza, la compañía invisible que sostiene cada figura. Las obras de Ana María Barroso Molina no se miran, se escuchan. Desde el primer retrato uno percibe que detrás de cada gesto hay una historia que respira, una emoción que apenas se atreve a decir su nombre. En esos rostros —de niñas, de mujeres, de vidas que parecen pender de un hilo— late una verdad sin artificios: la de quien ha aprendido a mirar el mundo desde dentro. A pesar de una tarde que no invitaba, muchos amigos se acercaron hasta la Casa Urrutia- Los Barrios , queriendo acompañarla en su primera exposició...