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Historia y vida de la Barriada Príncipe Alfonso – Ceuta Capítulo VIII. Cloacas y otras redes

 

Historia y vida de la Barriada Príncipe Alfonso – Ceuta


Capítulo VIII. Cloacas y otras redes


Recreación generada mediante IA basada en descripciones históricas


El desarrollo del saneamiento en la barriada del Príncipe, también conocida como Príncipe Alfonso, fue un proceso gradual y prolongado en el tiempo, marcado por iniciativas tanto administrativas como técnicas que reflejan las carencias estructurales de este sector periférico y el esfuerzo institucional por atenderlas.

Los primeros indicios de preocupación por la limpieza urbana datan de 1927, cuando se faculta al Presidente de la Sección Sexta para nombrar a un barrendero, lo que sugiere el inicio de una mínima organización de servicios básicos.

Durante los años 1928 y 1929 se suceden los primeros proyectos significativos de infraestructuras. El Ayuntamiento aprueba un pliego de condiciones administrativas para licitar colectores de aguas residuales y acuerda los pagos correspondientes, estableciendo partidas presupuestarias para tal fin. En este período también se aprueba una certificación de obras de saneamiento ejecutadas en la barriada, lo cual indica que las actuaciones proyectadas comenzaron a materializarse rápidamente.

Las certificaciones de obras se suceden hasta 1930, indicando el avance y finalización de colectores y alcantarillado. Es de notar que durante estos años, el esfuerzo se centró especialmente en resolver las necesidades de evacuación de aguas residuales, una prioridad sanitaria en barriadas populares.

En 1932, se institucionaliza la figura del barrendero, autorizándoles a portar el escudo de la ciudad y una chapa identificativa con las iniciales S.L.P.M., lo que revela un proceso de dignificación y formalización del servicio de limpieza urbana.

Durante la Guerra Civil y los años posteriores, las obras no cesan. En 1938 se certifica la construcción de un nuevo colector por Manuel Salazar Rico. Y en los años cuarenta, especialmente 1944, se acomete un notable impulso de obras menores pero fundamentales: retretes, urinarios, cañerías de desagüe y fosas sépticas fueron construidos por contratistas como Cristóbal Navas y Gabriel Rocamora. En ese mismo año, se asigna un jornal diario a una mujer, Carmen García Molina, designada para la limpieza de retretes, lo cual muestra un incipiente enfoque de género en estos trabajos.

Ya en la posguerra inmediata se siguen acometiendo obras básicas como la cubrición de pozos sépticos (1948) o la dotación de servicios sanitarios al mercado del Príncipe Alfonso (1949), reafirmando la voluntad de extender los servicios públicos a equipamientos comunitarios.

En los años cincuenta y sesenta, con el crecimiento urbano y demográfico de la ciudad, la atención vuelve a centrarse en el saneamiento periférico. En 1950 se sugiere destinar a los barrenderos del casco urbano y emplear a musulmanes indígenas para las barriadas externas, en un ejemplo de segregación laboral por origen. A partir de 1961, los problemas de vertido de basuras en el Arroyo del Lavadero y la necesidad de alcantarillado aparecen en los acuerdos municipales. El Ayuntamiento encarga proyectos y aprueba presupuestos para resolver estos graves déficits.

Durante 1964–1966 se ejecuta en varias fases la obra del colector del Arroyo del Lavadero, con presupuestos de hasta casi 200.000 pesetas, que suponen una inversión importante. No obstante, el tratamiento del cauce se realizaría años más tarde. En paralelo, se abordan trabajos de alcantarillado en el Grupo Fuerte de la barriada. Estas actuaciones permiten pensar en un intento de estructurar una red integral de saneamiento.

En 1967 se documenta la intervención de la Brigada Volante, unidad móvil municipal, que acometió labores de limpieza y desinfección en la barriada, reflejando la persistencia de condiciones insalubres que hacían necesarias intervenciones extraordinarias.

La última mención relevante del período recogido se encuentra en 1970, cuando se aprueban obras de reparación y ampliación de colectores en la Agrupación Este del Príncipe, cerrando un ciclo de más de cuatro décadas de esfuerzos parciales y constantes por dotar a esta zona de las mínimas condiciones sanitarias y de higiene pública.

Recuerdos

En aspectos de limpieza, no puedo olvidar la semana previa a la celebración de San Ildefonso, Patrón de la Barriada —festividades que merecerán un capítulo aparte—, cuando las calles cambiaban de aspecto: las paredes de las viviendas se encalaban, y conforme se secaban con los rayos del sol, se volvían de un blanco intenso. Se arreglaban bordillos y desperfectos evidentes, y se llevaba a cabo una gran batida de limpieza. Era como si a la barriada se le pusiera un traje de buen paño, recién estrenado.

No recuerdo que esta barriada fuese especialmente sucia, ni que las personas fueran despreocupadas en su mantenimiento. Es cierto que la estructura de depósitos y contenedores no estaba desarrollada como lo está ahora, y que existían desde hacía tiempo tres o cuatro puntos de vertederos donde se arrojaban las basuras.

Recuerdo bien a los dos barrenderos que se ocupaban de la limpieza diaria: Martín y Miguel. Ambos eran muy simpáticos y lucían con orgullo sus buenas barrigas. Mantenían limpias las calles principales, los alrededores del mercado, la iglesia, los colegios y alternaban en otras vías secundarias. Sin embargo, su labor no podía abarcar otras zonas más apartadas, donde las condiciones del terreno —de tierra y piedra— hacían más difícil la limpieza. Esta desigualdad generaba una diferencia visual y de mantenimiento entre el centro de la barriada y las viviendas periféricas, lo que, sin pretenderlo, marcaba también una frontera social.

En cualquier caso, en aquella época las puertas de las casas eran barridas con esmero por los propios vecinos, usando aquellas escobas fabricadas por Paulino y su hermano Juanale, ambos de la barriada. Después se regaban las entradas con zotal, un producto que dejaba un olor fuerte pero que —a mí entonces, y aún ahora— me producía una intensa sensación de limpieza y salubridad.

Recuerdo también haber presenciado la instalación y reparación de algunos colectores. Las conexiones a los ramales, que los propios propietarios debían acometer, resultaban bastante complicadas por la forma en que se habían urbanizado las casas.

Tengo una idea algo confusa sobre si en algunos lugares se dejaban cubos colectivos donde los vecinos depositaban sus basuras. Aquello dio lugar a normativas para que se mantuvieran limpios esos recipientes, ya que despedían un olor fuerte. Incluso se llegó a dar un plazo de diez días para mejorar esas condiciones, bajo amenaza de multa.

Cada cierto tiempo aparecían las brigadas volantes de limpieza, y de la noche a la mañana desaparecían aquellos vertederos donde se habían acumulado basuras durante meses. Era impresionante ver cómo se recuperaba la zona: volvía a verse la tierra, y en poco tiempo brotaba de nuevo la vegetación. No siempre esas batidas coincidían con festividades o visitas, pero cuando se producían, no era raro que estuvieran relacionadas con algún acto importante o la llegada de alguna personalidad.

Aquella lucha cotidiana por la limpieza fue parte de una dignidad mantenida a pulso, entre escobas de palma, cubos con moscas y el zotal omnipresente. Hoy, con los servicios más desarrollados, cuesta imaginarlo, pero quienes lo vivimos sabemos que cada rincón limpio fue también un acto de voluntad colectiva.


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Comentarios

  1. Aprovecho este momento para agradecer el destacado incremento de visitas que se ha producido en nuestro blog Así lo cuento Cultural.

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    Respuestas
    1. Lo cuenta como debe contarlo, con verdad, y con recuerdo, gracias ( Luis)

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    2. Con estos relatos haces caminar en el tiempo y de la mano por la barriada del Principe ( J.M ), gracias.

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    3. Muchas gracias a ambos. Siento satisfacción al escribir esta historia y también saber que poco a poco va llegando a personas que vivieron allí. Al mismo tiempo, ya hemos comenzado a dar vida a un pasado rico en muchas virtudes y darlo a conocer.

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  2. Hola Santi. He leído este último artículo de nuestra Barriada, y como siempre, felicitarte por el escrito también relatado y documentado..
    Sí, la Barriada ha estado siempre bastante limpia, pues prácticamente no se generaba basura, no existían envases desechables. Los envases de refrescos como los de cerezas eran retornable, y el vino se vendía a granel como el aceite, al igual que los demás alimentos que se vendían al peso y envuelto en papel de estraza, que después reutilizabamos pará envolver bocadillos, pintar,hacer mariquitinas y demás cosas. Envases de plástico líquidos y demas alimentos, no existían, y el desperdicio alimentario incluyendo las cáscaras de las frutas pasaban a recogerlo con el borrico en cerones de esparto para comida de los cochinos. Un saludo a todos los seguidores. Sigues así!! Un abrazo

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