Historia, arte y hospitalidad entre los muros antiguos
El amanecer se presentó con un cielo encapotado, aunque el frío no hacía acto de presencia. Una brisa suave acariciaba las altas hierbas del prado, agitándolas con dulzura. Toñete, con la previsión de su anhelada visita a la villa, había adelantado su trabajo. Decidió esperar unos minutos, observando el cielo en busca de un cambio, pero las nubes persistían, teñidas de grises y matices oscuros.
Finalmente, se aventuró. Colocó su sombrero, se despidió de su madre y emprendió el descenso. Al inicio, el camino presentaba cierta pendiente, pero poco a poco se tornó llano. Algunas gotas de lluvia comenzaron a salpicar su sombrero, produciendo aquel característico sonido que tanto conocía, pero no se detuvo; sabía que solo sería un leve chaparrón pasajero.
Los bordes del sendero eran un despliegue de colores y formas: las vinagretas con sus flores amarillas, los fresnos deshojados con tonos de amarillo limón, las grandes hojas verdes del ricino, y los racimos rojizos de la espina del infierno. El paisaje evocaba aquellos cuadros vibrantes de Van Gogh, mientras el murmullo del río Palmones, camino al mar, marcaba el ritmo de su caminar. El canto de los pájaros en tonalidades variadas invitaba a Toñete a descifrar su diversidad.
Su paso firme lo fue acercando a la villa, donde los saludos amables de los transeúntes le daban la bienvenida. Tras algunas consultas, llegó hasta la biblioteca. A sus puertas, un grupo de jóvenes esperaba ordenadamente la apertura del "templo de las letras". Al cruzar el umbral, se sintió cautivado por la belleza del lugar. En su interior, lo recibió Marijose, quien con paciencia y calidez le explicó la distribución del edificio: la planta superior, dedicada a los más pequeños, con paredes adornadas de dibujos y mesas diseñadas a su medida; la planta inferior, con una sala de estudio y otra de consulta, repletas de estanterías rebosantes de libros y terminales informáticos.
Toñete, emocionado, preguntó si podía llevarse algún libro. Marijose, con diligencia, le abrió una ficha con sus datos. Reinaba un silencio absoluto, un ambiente acogedor que invitaba al estudio y la reflexión. Después de curiosear entre las estanterías y hojear algunos títulos, eligió un libro, que mostró a Marijose. Ella tomó nota y le orientó con una sonrisa amable. Todo en la biblioteca desprendía armonía: la profesionalidad de las bibliotecarias, la organización del espacio, la actitud de los usuarios.
Siguiendo la brújula de su intuición, su siguiente parada fue el edificio de Medio Ambiente del Ayuntamiento de Los Barrios. Se trataba de una construcción que en tiempos pasados había albergado el matadero. Allí, entabló conversación con Alfonso, un hombre afable y de trato respetuoso, con un profundo conocimiento de la villa. Hablaron sobre posibles colaboraciones, compartiendo ideas con entusiasmo.
| Imagen Turismo Ayuntamiento Los Barrios |
Luego, visitó la Casa de la Juventud. En su fachada principal destacaba un colorido mural, y en su interior, una escalera conducía a diversas salas y despachos. Las paredes estaban decoradas con carteles impecablemente conservados de festividades pasadas de Los Barrios, reflejando la historia viva del pueblo.
Más adelante, una pequeña cuesta lo llevó hasta la plaza donde se alzaba una majestuosa iglesia. Toñete se detuvo a admirarla, recorriendo con sus dedos la textura de las piedras centenarias. Sin embargo, decidió dejar la visita a su interior para otro día. Siguió avanzando hasta la Plaza de San Isidro, donde se encontró con el antiguo y popular Pósito, un edificio que enlazaba con la calle del Calvario, en dirección a su destino: la Casa de la Cultura.
Al llegar, cruzó un hermoso patio interior que daba paso a otro, de forma cuadrada, rodeado de aulas. En la planta superior, la disposición era similar. Con cautela, abrió una puerta y descubrió una clase de piano en marcha. Observó desde la entrada a los alumnos y a su profesora, fascinándose con la escena. En otras salas, se impartían talleres diversos. En la planta baja, un grupo de personas se entregaba al arte de la pintura. Toñete quedó maravillado, observando a aquellos entusiastas pincel en mano, experimentando con óleos y bocetos bajo la guía de Valentín Rivera, un licenciado en Bellas Artes que supervisaba a quince alumnos con dedicación, dispuesto a contar sobre las actividades programadas.
Las sensaciones se agolpaban en su interior. En aquel lugar flotaba una energía especial, una armonía nacida del amor por el arte y la creatividad. Al salir, un sonido cautivador lo detuvo: eran acordes de guitarra que flotaban en el aire. Guiado por la música, descubrió otra sala donde varias personas practicaban con gran destreza. Toñete fue reconocido y se interrumpió unos minutos el ensayo. Tras intercambiar saludos, se quedó un rato disfrutando del extraordinario sonido.
Cuando el ensayo finalizó, la tarde había avanzado. Era hora de regresar al campo. Cargado de emociones y con el corazón henchido de gratitud, rememoró las fachadas de los edificios que había visitado. No eran construcciones imponentes ni modernas, no exhibían vinilos ni luces de última generación, pero su verdadero encanto no residía en su exterior, dignamente aseado, sino en la riqueza que albergaban en su interior.
Uno de aquellos edificios era la Casa de la Cultura, una vivienda señorial del siglo XVIII que, con el paso del tiempo, había sido hogar de familias influyentes, refugio de políticos y comerciantes, salón de baile, escenario de mítines y hasta templo protestante. Su historia estaba marcada por la transformación: de casa cuartel de la Guardia Civil a símbolo de la vida cultural del pueblo. Tras su adquisición y restauración por el Ayuntamiento, se convirtió en la sede de la delegación de Cultura, recibiendo el nombre de Casa de la Cultura Isidro Gómez en honor al poeta barreño, autor del pasodoble a Los Barrios, himno local.
Eran las personas y su inagotable creatividad las que daban vida a cada rincón, dejando huella en cada piedra, en cada pincelada, en cada nota musical. Era el trato que eran capaces de dispensar a un desconocido, era la familiaridad que brotaba espontáneamente desde lo más profundo de todas aquellas gentes.
* Agradezco a todos por ayudarme a sentirme parte de esta gran familia de Los Barrios.
*Fotografías tomadas por el autor del artículo.
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Laura Alba: Santiago al empezar el relato por el paseo campestre nunca pensé que terminaría en la Casa d la Cultura, pero como siempre vas enlazando un tema con otro haciendo que todo fluya con naturalidad. Bonito relato, tú pluma mejora cada día!!!
ResponderEliminarMuchas gracias Laura. Prometo continuar aprendiendo. Pocas horas quedan en el día sin que aprenda algo. Tu conoces una de las claves "fluir con naturalidad" . Desde muy joven me gustó Stefan Zweig. Fue un escritor austríaco famoso por su estilo fluido y envolvente.
ResponderEliminarMariola de Sola Earle: Me ha transportado a mi época de instituto cuando algunas amigas íbamos a estudiar a la biblioteca. Como siempre me ha encantado la narración!!!
ResponderEliminarMe alegra mucho que la narración consiga ese efecto. Gracias Mariola.
EliminarUna encantadora descripción de la villa de Los Barrios. Enhorabuena Santiago
ResponderEliminarMuchas gracias. Me alegro que le guste, deseo tener más oportunidades para dedicarle la atención que merece.
EliminarAntoñete , ya me gustaría que un día de estos me permitieras ponerme a la sombra de tu sombrero , y arropado por ella , seguirte en tu paseo por tu pueblo (siento pena que se parezca tan poco al mio) . Disfrutar de primera mano de tus comentarios , frutos de tus agudas interpretaciones . Observas con naturalidad , la misma que se refleja en tus palabras. Esperando que me concedas el privilegio que te pido , te mando , a través de un amigo común , mis datos . Y quedamos . Un virtuabrazo , precedente del que te daré cuando nos veamos .
ResponderEliminarHecho, caminaremos juntos, y llevarás tu propio sombrero, así la sombra será de mayor tamaño. Evocaremos a personas que desarrollan iniciativas interesantes. Dos abrazos, amigo, Paco.
EliminarEduardo Gavilán: Con tu artículo me llevas de la naturaleza a la cultura de la Villa pasando por los interiores de las dependencias culturales...del olor del campo al olor de los libros y al sonido de la música.
ResponderEliminarLeyendo este artículo es como si me sintiera Toñete...me veo con mi mochila a cuesta recorriendo todos los lugares con mi cara de asombro queriendo memorizar todo lo que veo...a la hora de regresar para mí casa del campo por ese carril con vinagretas a un lado y al otro me paro arranco una de ellas y chupo esa digamos ramita y me quedo con lo vivido y ese sabor a vinagre.
Así me he sentido leyendo tu artículo Santiago...como yo hacía con la vinagreta cuando niño.
Como siempre un artículo para saborear mi querido amigo... gracias
Esta es una de esas ocasiones en las que el comentario puede quedar integrado en el propio texto. Te felicito.
EliminarAna María Moya: No sabes hasta que punto me alegro de que estéis ahí, además de encantarme el personaje de Toñete y cómo relatas sus vivencias a la par que nos enseñas a conocer el pueblo vecino.
ResponderEliminarEsa es la idea, describir el entorno de una forma amena, en ese sentido, Toñete interviene como elemento dinamizador de la narrativa. Me alegra que te guste. Muchas Gracias.
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