La Casa de los Relojes

 

La Casa de los Relojes

Ali Bey el Abbassí (Domingo Badía y Leblich), grabado de época. Dominio público.



Hay otro episodio de la estancia de Ali Bey en Fez que me ha resultado especialmente curioso. No tanto por la anécdota en sí como por lo que el propio protagonista deja entrever acerca de las relaciones de poder, las obligaciones y los favores en la corte del sultán.

Durante su recorrido por Marruecos, Ali Bey había ido ganando consideración entre personas de elevada posición. Al acercarse a Fez, un oficial del sultán le precedió con la orden de que Hadj Edris le preparase alojamiento y le proporcionase cuanto necesitara. Edris pertenecía a una familia ilustre de la ciudad y le ofreció su propia casa.

Al día siguiente de su llegada, recibió la visita de los principales scherifs de la tribu de Edris y de otras muchas personas de Fez. Su tertulia fue creciendo y, según cuenta, bajaes, scherifs y doctores o sabios se consideraban honrados al formar parte de ella.

También visitó al príncipe Muley Abdsulem, un respetable anciano que le recibió con gran afecto y le pidió repetidamente que acudiera a verle todos los días.

Algunos días después le llevaron a la mezquita de Muley Edris y a una hermosa habitación contigua, donde encontró un precioso surtido de relojes. Le explicaron que el sultán había ordenado preparar aquella estancia para que pudiera acudir allí a leer o estudiar, y que los doctores debían subir diariamente para conversar con él.

Ali Bey aceptó inicialmente la habitación y ordenó a sus criados que llevasen alfombras, almohadas, un sofá y cuanto necesitaba para su comodidad. Pero dejó claro que no acudiría todos los días.

Diez días después, apenas había estado allí dos veces.

Fue entonces cuando recibió la noticia que cambiaría completamente el sentido de aquella estancia. Hadj Edris le comunicó que su padre había recibido una orden del sultán para que Ali Bey cuidase de los relojes de Muley Edris y diese la hora para las oraciones canónicas, asignándole para ello una renta procedente de los fondos de la mezquita.

La reacción de Ali Bey fue inmediata. Consideró que aquello suponía imponerle unas obligaciones que él no había solicitado y, sobre todo, que podía degradarle ante los demás. Se negó a cumplir la orden y declaró que no volvería a la sala de los relojes. Incluso amenazó con abandonar la casa de Muley Edris si no recibía satisfacción.

Hadj Edris trató de calmarlo. Le explicó que tanto él como los demás implicados habían pensado lo mismo que Ali Bey y que, precisamente por ello, habían evitado comunicarle antes la orden. Ahora, ante la próxima llegada del sultán, temían las consecuencias de no haberla cumplido.

Ali Bey no cedió. Montó a caballo y acudió inmediatamente a ver a Muley Abdsulem, a quien expuso amargamente su queja. Le hizo saber que aquello suponía degradarle ante el público y le pidió que transmitiera al sultán sus sentimientos.

La respuesta de Muley Abdsulem fue tranquilizadora. Le aseguró que todo había sido fruto de una mala interpretación y que, de haber conocido antes el asunto, no lo habría permitido. Durante tres días continuó dándole explicaciones y satisfacciones.

Pero Ali Bey sacó su propia conclusión. Escribió que la orden relativa a los relojes había partido, sin duda, de algún ministro ambicioso que tenía interés en degradarle a los ojos de todos.

Y ocurrió justamente lo contrario de lo que, según él, se pretendía.

«En vez de humillarme este suceso, aumentó mi crédito», escribió.

Sus amigos celebraron lo sucedido como un triunfo. Su nombre se hizo célebre en Fez y, a partir de entonces, comenzó a desplegar todo el aparato correspondiente al rango que representaba. Su casa se llenó de visitantes distinguidos.

Pocos días después llegó el sultán Muley Solimán. Ali Bey salió a recibirlo acompañado de personas notables de la ciudad y se incorporó a su comitiva hasta el palacio.

El sultán llevaba a su lado a un oficial que sostenía el quitasol, distintivo reservado al soberano, sus hijos y sus hermanos.

Sin embargo, según cuenta Ali Bey, a él le correspondió también el «inestimable honor» de usarlo.


Relacionado: https://asilocuentocultural.blogspot.com/2026/09/una-lectura-inesperada-ali-bey.html


Comentarios

  1. Un mensaje para los que entiendan. Aún hay otro pasaje más evidente, y Alí ordena preparar sus pertenencias para partir de inmediato, abandonando al sultán.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Me parece que no me equivoco, siempre para adelante y guarda la espalda.

      Eliminar
  2. Viene al caso pero ni pintado...

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

Video 1704: El verdadero origen de La Línea de la Concepción

1704: El verdadero origen de La Línea

El bosque perdido de Sierra Carbonera. De la madera para galeras a la deforestación