Una lectura inesperada: Ali Bey
Una lectura inesperada: Ali Bey
Después del esfuerzo de indagar sobre algunos artículos, que me ha mantenido ocupado buena parte del verano, incluso con algún perjuicio para mi visión, decidí dosificar la intensidad y emprender lecturas más entretenidas y suaves, aunque no por ello carentes de cierta intencionalidad.
Algunas me han resultado especialmente gratas, como los dos primeros tomos de los Viajes de Ali Bey el Abbasi por África y Asia.
Don Domingo Badía y Leblich, que así se llamaba realmente Ali Bey, nació en Barcelona. No tuvo otra universidad que su propia habitación, donde se entregó al estudio de las matemáticas, la delineación y el dibujo. Después vendrían la geografía, la astronomía, la física, la música y, con especial atención, las lenguas orientales.
Su ingenio y capacidad le llevaron desde muy joven a ocupar distintos cargos al servicio de la Corona. Pero en Badía había también una inquietud que terminaría imponiéndose: su proyecto de realizar un viaje por África. Lo que inicialmente se planteó como una expedición científica acabaría adquiriendo un carácter muy diferente.
Había contraído amistad con Rojas Clemente, que regentaba una cátedra de árabe y que le proporcionó conocimientos fundamentales de esta lengua. Ambos comenzaron a prepararse para la expedición y adoptaron las costumbres y apariencia necesarias para hacerse pasar por verdaderos musulmanes.
Sin embargo, mientras aquella preparación avanzaba, el Gobierno español decidió modificar el propósito inicial del viaje. Lo que había nacido como un proyecto científico pasó a convertirse también en una misión política, proporcionando a Badía abundantes recursos y asegurando incluso la subsistencia de su mujer y de su hija mediante una pensión.
Después de una larga convalecencia, llegó el momento de partir. Badía tomó el nombre de Alí Bey el Abbasi, presentándose como príncipe de la familia de los Abasidas; Rojas Clemente adoptó el de Muhamed Ben Alí.
Ambos pasaron por Cádiz, donde su apariencia y su habilidad para hacerse pasar por príncipes orientales llegaron a convencer incluso a algunos moros allí residentes. Pero Badía quiso adelantar su viaje y decidió embarcarse solo hacia África. Rojas Clemente deseaba seguirle, aunque Badía se lo disuadió.
En consecuencia, Badía regresó a España y, en abril de 1803, llegó hasta Tarifa. Allí embarcó en una pequeña lancha y, después de atravesar el Estrecho de Gibraltar en apenas cuatro horas, entró en el puerto de Tánger a las diez de la mañana del 29 de junio de 1803.
De este modo comenzaba el viaje de Ali Bey, que se prolongaría hasta 1807.
Y es precisamente en una de esas páginas, casi de pasada, donde he encontrado algo que me ha llamado especialmente la atención. Ali Bey atraviesa el Estrecho y, desde el mar, contempla las costas que tiene delante de Gibraltar.
Lo que describe puede parecer una simple observación de viajero. Pero la fecha —1805— convierte aquellas pocas líneas en un testimonio que, a mi juicio, merece detenerse en él.
Dice el relato:
Miércoles, 16 de octubre de 1805: «A medio día nos hallábamos en el estrecho de Gibraltar, y después de dos horas y media entre Gibraltar y Ceuta: desde allí se descubrían ambas ciudades, ofreciendo un aspecto pintoresco. El campo de los españoles delante de Gibraltar, formado de tiendas y barracas; la ciudad de San Roque sobre una eminencia, y Algeciras que se descubre detrás de una punta de tierra, forman un cuadro soberbio. En el puerto de Gibraltar se veía una escuadra inglesa y un convoy».
Lo que para Ali Bey fue simplemente la descripción de cuanto contemplaba desde el mar, para mí adquiere hoy otro interés. En mi propia reconstrucción de los primeros tiempos de La Línea, la referencia más antigua que había localizado era la de 1813, cuando una partida de defunción conservada en el Archivo Parroquial de San Roque menciona una iglesia «a cuyas espaldas se halla señalado un cementerio». Estas pocas líneas de Ali Bey, escritas el 16 de octubre de 1805, permiten adelantar ocho años esa referencia y, sobre todo, nos dejan ver cómo era aquel espacio en ese momento: un campo delante de Gibraltar, ocupado por tiendas y barracas.
Nada más. Una pequeña anotación de un viajero que, dos siglos después, quizá nos permite mirar durante un instante hacia aquel lugar.
Una maravillosa información que nos lleva a la veracidad de lo publicado por tí Santiago.
ResponderEliminarUn abrazo
La descripción de Alí Bey, puede se una de las primeras visiones directas del urbanismo de La Línea. Gracias, abrazos.
EliminarEs muy interesante. Deberías de contar algunas de sus historias. Gracias.
ResponderEliminarLo haré, había seleccionado dos de ellas, pensando en que puede ser un indicador de una forma de pensamiento y de actuación. Gracias por leer.
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