El desierto humano: Campo de Gibraltar

 

 El desierto humano: Campo de Gibraltar


Largo está siendo el sufrimiento de los ceutís, tanto de quienes residen en la ciudad como de quienes, por razones de origen y vinculación, nos encontramos al otro lado del Estrecho.

Unos y otros seguimos desde que comenzara, a finales de julio, la invasión, con enorme atención cuanto sucede en Ceuta. Y después de numerosas visitas de quienes podrían revertir la situación, poco o nada parece haberse hecho. Queda el desconsuelo, la impotencia y una sensación de abandono difícil de imaginar para quien no lo está viviendo.

Mientras las mentiras parecen viajar de un lugar a otro, las reivindicaciones se suceden y los días pasan sin soluciones que permitan recuperar una vida con normalidad. Pero difícil resulta hacerlo desde aquel primer momento, cuando cerca de 80.000 almas llegaron a deambular por las calles de una ciudad que, después del regreso de unos miles, continúa soportando la presencia de un número todavía indeterminado de personas.

Miedo. Mucho miedo. Sobre todo entre menores y ancianos. A los enfrentamientos, robos y demás situaciones que han ido alterando la convivencia se suman las continuas reivindicaciones y amenazas procedentes de Marruecos, expresadas por distintos miembros de su Gobierno. Y mientras tanto, siguen sin llegar actuaciones claras que permitan a los vecinos recuperar aquella sensación de seguridad y normalidad que tenían antes del asalto.

Los medios, de forma desigual, han ido describiendo los acontecimientos. Mientras tanto, los ceutís pedían algo que parecía sencillo: que no se les olvidara. Que alguien mirara hacia ellos. Que se mostrara apoyo. A veces, cuando todo lo demás falta, saber que otros están contigo es lo único que permite mantener la fortaleza y conservar una esperanza.

Una ciudad española sufría una situación extraordinaria.

Y a pocos kilómetros, al otro lado del Estrecho, otra parte de España continuaba con su vida.

Las fiestas seguían. Las terrazas permanecían llenas. Se anunciaban comidas, bebidas, conciertos y actividades. La música continuaba sonando. Las calles se llenaban de gente y de velas. Todo parecía seguir su curso.

Mientras en Ceuta se pedía que no se olvidara a quienes estaban sufriendo, aquí apenas parecía escucharse aquel grito.

Apenas.

Porque hubo un lugar donde sí se escuchó.

Algeciras.

Desde las primeras horas, su Ayuntamiento hizo público su apoyo a Ceuta y a los ceutíes. Después llegó un gesto todavía más visible: la bandera de Ceuta comenzó a ondear junto a la Casa Consistorial. Desde aquella otra orilla del Estrecho se quiso hacer saber que, al menos allí, no se había olvidado a los vecinos de la ciudad hermana.

Un oasis.

Pequeño, quizá, pero oasis al fin.

No fue mucho, quizá. Pero en medio de tanta indiferencia, cualquier gesto adquiere otra dimensión.

Y fue entonces cuando empecé a pensar en el desierto.

No en el de arena, ni en el de dunas que el viento mueve de un lugar a otro.

En otro mucho más cercano.

En un desierto humano.

Un desierto en el que no faltaban personas, ni ruido, ni fiestas, ni movimiento. Faltaba, quizá, algo mucho más sencillo: mirar al otro lado del Estrecho y sentir que aquello también nos estaba ocurriendo a nosotros.

Si un vídeo nos mostraba a una policía nacional con lágrimas en los ojos y a un motorista incapaz de contener la emoción, a mí se me caen también al contemplar, desde esta orilla, este desierto humano, tan desolado y ajeno.




Comentarios

  1. Yo el martes acudiré a las concentración a las puertas del ayuntamiento para aportar mi granito de arena para todas esas personas que tan mal lo están pasando en Ceuta.
    La situación se alarga y ésto va a peor...pienso que esta situación le está viniendo grande al gobierno.

    ResponderEliminar
  2. Lo has descrito como si fuese una fotografía. Gracias. Quedará por mucho tiempo.

    ResponderEliminar
  3. Queda bien claro. Gracias por informar desde otro lado.

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

La Línea: entre comercio y ocio

1704: El verdadero origen de La Línea

El bosque perdido de Sierra Carbonera. De la madera para galeras a la deforestación