Hacia el puente

 

Hacia el puente



En otros tiempos, las entradas de los pueblos eran lugares de
entretenimiento. A la sombra de algún árbol, la gente se sentaba a dejar pasar la tarde, a conversar o simplemente a mirar el camino. Era un modo de habitar el tiempo sin prisas, sin necesidad de más justificación que la propia sombra.

En cambio, en una ocasión, hace más de cincuenta años, en El Bosque, un precioso pueblo de la provincia de Cádiz, pregunté a un grupo de amigas por el motivo. Se miraron entre ellas: María, Dolores, Isabel, Ana y otra María, y respondieron que les ilusionaba ver la llegada de algún forastero.

Hoy, sin embargo, buscamos a menudo el pasado en lo lejano, como si lo cercano no tuviera suficiente valor. Recogemos datos, fechas, referencias, mientras dejamos pasar aquello que sigue ocurriendo delante de nosotros, sin darnos cuenta de que el presente es ya una forma inmediata de pasado.

En el camino hacia Puente Grande, la percepción cambia. A un lado del sendero enlosado, veintinueve árboles de plátano oriental —o quizá plátano de sombra— acompañan el recorrido durante más de cuatrocientos metros, ofreciendo un corredor fresco y verde que conduce hasta el puente.

La frondosidad protege gran parte del día, y los bancos repartidos a lo largo del camino cubren las necesidades de los paseantes. Normalmente son frecuentados por personas de cierta edad que descansan, disfrutan y se distraen con alguna conversación de conocidos que avanzan hacia un punto algo más lejano.

Sus ramas caídas y tupidas ofrecen una sensación de refugio. Sus troncos altos, robustos y lisos, de color gris verdoso, parecen ejercer de vigilantes. Sus hojas grandes y de un intenso verde, palmeadas, se mueven con una ligera brisa como si fueran abanicos. No tengo dudas sobre quiénes son los protagonistas del camino.

Me gusta la imagen y a veces participo tomando asiento, no porque mi condición física me lo pida, sino por el placer de permanecer allí, cómodamente, con los brazos recostados sobre el respaldo del banco.

Entonces siento que formo parte de aquel entorno. Miro hacia un lado y otro, de forma reposada, saludo, respiro suavemente. Como hicieron otros, en otro momento. Miro hacia el cielo como si quisiera encontrar algo perdido.

Eso sí, pienso en cómo escribir sobre esta experiencia con palabras sencillas. Para que quede como una escena entre otras muchas que se producen en este tiempo en Los Barrios. Quizá algunos no encuentren valor en lo dicho y, sin embargo, son unos instantes de ensueño.

Imagino estos momentos de mi vida como un tendedero de ropa, unido por una cuerda raída y curvada, con una sola pinza de madera. El viento lo balancea; el muelle ya no ejerce presión, vencido por el uso. Ahí queda colgada una vida, aunque no se vea.

Cuando termino uno de estos trabajos, lo sujeto con la misma pinza. Así parece resistir un poco más. Siempre es movido por una ligera brisa.

Escribo y vuelvo a escribir. A veces pienso que dentro de unos años estas palabras podrán interesar a alguien, como ahora me interesa lo que otros dejaron sin saber a quién.

No tengo grandes proyectos. Apenas el presente, que ya empieza a parecer pasado.






Comentarios

  1. Ana María MOya Más21 de junio de 2026 a las 3:43

    Tus palabras siempre son interesantes

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  2. Es justo lo que me contaba mi abuela María, recordaba como con unas amigas, por las tardes, se iban a la entrada de Casares. Qué alegría leer estas cosas. Gracias

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  3. Sentarte y ver pasar el presente.Que verdad. Mientras miras y ves todo lo que hay a tu alrededor, estás viendo pasar el presente.Aunque no esté ese viento ni esa pinza que te sujeta....
    Todo está igual .pero el tiempo ha pasado. Qué bonito lo que escribes.

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