A bordo de la imaginación

 

A bordo de la imaginación


Imagen de archivo

Hace una mañana de domingo soleado. Sin pensarlo mucho, he bajado a la playa del Cristo y, sentado en un banco, rodeado de margaritas silvestres, malvas y otras flores, he tomado el sol. Las abejas se posaban en el corazón de las flores, libando su dulce néctar.

A escasos pasos, el mar, con un leve balanceo, generaba un murmullo suave que delataba su presencia incluso con los ojos cerrados. Mientras tanto, una interminable fila de visitantes, extranjeros y nacionales, recorría esa hermosa parte del Sendero Litoral.

Al pasar, inevitablemente, escucho fragmentos de conversaciones: de estudios, de trabajo, de tribunales, incluso de amor. Es fascinante la variedad de indumentarias coloridas, aunque todas coinciden en algo: prendas veraniegas y deportivas, buscando el sol, dejando poco a poco la piel más morena.

Un velero en la lejanía despierta mi atención; se desplaza muy lentamente. Se me ocurre entonces divagar sobre la cantidad de historias que ha generado el mar: descubridores, soñadores de lugares recónditos, artesanos de la navegación… Sin embargo, lo que realmente me atrae es pensar en aquellos primeros hombres que lo utilizaron como vía de comunicación.

Posiblemente todo comenzara con una observación sencilla: un tronco flotando a la deriva, arrancado por uno de esos temporales, dejándose llevar por la corriente, mostrando sin querer que el agua también podía ser camino.

Tanto si fue en un río como en el mar, debieron de llegar a la misma conclusión. Se subirían, primero con cautela, y después casi como un juego.

Y en ese equilibrio torpe, entre risas y pequeños intentos, descubrirían algo sencillo: que podían sostenerse sobre el agua. Que no todo era hundirse o nadar.

Quizá así comenzaron a quedarse un poco más de tiempo, a alejarse unos metros, a probar. Después vendría lo demás: pescar, desplazarse… pero al principio solo fue eso, un juego.

Casi sin darse cuenta, empezarían a mover las manos para avanzar. Avanzarían despacio, pero lo suficiente como para notar que aquello respondía. Que podían ir un poco más allá.

Después vendrían los intentos de dirigir el rumbo, quizá con un palo, o con el propio cuerpo. Y también la necesidad de estar más cómodos: un hueco, una forma, algo donde acomodarse mejor.

Con el tiempo, y a base de pruebas, todo iría cambiando poco a poco, como cambian las cosas que se repiten muchas veces, casi sin que nadie se dé cuenta.

Y mientras pienso en todo eso, el velero sigue ahí, avanzando despacio, como si aún recordara aquel primer tronco a la deriva. Su desplazamiento tal vez muestre el regreso a su puerto de origen o al que visita. Probablemente, a esa distancia, escuchen a los bañistas, distingan el chapoteo del agua en la orilla y observen el colorido de las sombrillas colocadas sobre la arena, como si fueran las alas extendidas de mariposas.

Pronto intentarían llegar a algún lugar cercano a la vista. Tal vez fuese todo un acontecimiento: despedidas y recibimientos, risas y exclamaciones, el ruido de las olas mezclado con voces sorprendidas. Quizá aplaudieran, gritaran de alegría o abrazaran a quienes habían esperado la primera travesía. Para ellos, ese invento que se sostenía sobre el agua no solo significaba movimiento: era la posibilidad de pescar más lejos, de enviar mensajes de isla a isla, de acercarse sin esfuerzo a lo que antes parecía distante.

Seguramente pasaría tiempo antes de que entendieran todas sus ventajas. Sin embargo, cada intento, cada prueba torpe, ya estaba cambiando la vida. Un tronco que flota, un cuerpo que se equilibra, un palo que dirige el rumbo… todo era nuevo, todo era un descubrimiento. Y a la vez, todo era tan natural que nadie se daba cuenta de que acababan de inventar algo que haría la vida más fácil y más rica.

Quién sabe si aquel primer viaje fue contado junto al fuego, con gestos y risas, o dibujado en piedras y tablillas. Quizá se celebró con canciones, con danzas improvisadas, con el simple placer de ver cómo un invento pequeño podía abrir mundos. Y así, de manera silenciosa y constante, se fue perpetuando, pasando de mano en mano, de generación en generación, hasta llegar, de alguna manera, hasta nosotros.

Ha transcurrido el tiempo y he realizado un maravilloso viaje a bordo de ese poderoso y sutil mecanismo que es nuestra mente. Habita entre nosotros, y ni siquiera sabemos desde cuándo. Es capaz de darnos respuestas y no sabemos desde dónde. Es capaz de reproducir imágenes del pasado, y no sabemos cómo…

El sol ha ido subiendo y calentando lentamente la piel; el murmullo del mar sigue acompañando cada pensamiento, constante y suave. Cierro los ojos por un instante y dejo que el viento y la luz me lleven, como lo hicieron aquellos primeros hombres sobre el agua, como me ha llevado el velero y mi propia imaginación.

Siento que todo está conectado: las flores a mi alrededor, el agua que respira, el viaje de los hombres y el mío a través de la mente. Y mientras abro los ojos de nuevo, percibo que la tarde apenas comienza, que la luz sigue danzando sobre la arena y sobre la memoria de lo que fue y de lo que imaginamos.

Es un instante breve, pero suficiente. Una pequeña eternidad donde el tiempo se diluye, donde el mar, el sol y la mente viajan juntos, y donde descubro que los viajes más maravillosos pueden ocurrir sin movernos de un banco, simplemente dejando que la imaginación haga su magia.



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