Una candelita y a esperar la mañana
Una candelita y a esperar la mañana
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| Ada. del Tercer Centenario |
En los últimos años, los dispositivos de rescate son activados tras llamadas de angustia que piden ayuda desde nuestros montes.
Las noticias hablan de desorientación, extravíos, accidentes o incluso de la crecida de arroyos que impiden el regreso a un punto conocido. A veces se trata de grupos numerosos, incluso con niños.
Buscando antecedentes en épocas anteriores, no encontré resultados que permitieran construir un historial más allá de estos últimos años. Pero esa ausencia no parece responder a una falta de datos. Más bien apunta a otra cosa: a una transformación del paisaje y de la relación humana con el territorio.
Los casos recientes, por sí solos, no me parecían suficientes. Faltaba algo más.
Con esa idea en la cabeza, tras varios kilómetros de camino, regresaba a la villa por el puente Grande. La sombra de los plátanos de paseo aliviaba el cansancio. Al final del recorrido, un hombre mayor se sentó en un banco cercano. Me miró y dijo en voz baja: “aquí me voy a sentar”.
Le saludé. “Buen sitio —le respondí—, yo también estoy cansado”.
Sin mucho rodeo le pregunté
su nombre, si era de Los Barrios y su edad.
—Alberto —dijo—.
Sí, de aquí. Ochenta y siete años.
La pregunta llegó casi sola:
—¿Conoció usted, en su niñez o juventud, algún caso de personas perdidas en el monte?
Se tomó un momento. Negó con la cabeza. Pero no se quedó ahí.
Antes —explicó— era difícil perderse. En todas direcciones, y a bastantes kilómetros, había cortijos, chozas, casas. La mayoría de la gente vivía en el campo. Todos conocían las veredas. Se trabajaba con el corcho, en el carboneo, con el ganado, en la siembra. El monte estaba limpio de matojos: la leña era necesaria y los animales aprovechaban los rastrojos.
Y añadió algo más:
—Si se te hacía tarde, buscabas un resguardo, encendías una candelita… y a esperar la mañana.
Las actividades tradicionales no evitaban los incendios, pero mantenían un paisaje abierto y gestionado, donde tanto el fuego como la desorientación tenían menos margen.
Hoy basta con que caiga la tarde para que suene el teléfono de emergencias.

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