Papeles bajo la arena de La Atunara

 

Papeles bajo la arena de La Atunara






Conozco el motivo por el que escribo, pero no tengo claro por qué elijo un determinado tema.

Surge como un impulso a través de una lectura, un pensamiento o simplemente una imagen cotidiana. En ese momento los escritos parecen tomar vida propia y actúan como mejor entienden, aunque sea en dirección opuesta a las corrientes de ideas que predominan.

En este contexto, encuentro puntos de apoyo en historias pasadas, a veces de gran valor, pero que el paso del tiempo se ha encargado de dejar bajo una capa de arena, como si hubiera azotado una tempestad de levante en la barriada de La Atunara.

Otras veces esas historias ofrecen espejos incómodos del presente.

Leía un papel color arena, con un leve olor a antiguo, escrito a mano en 1901. La letra era manuscrita y el lenguaje claro. Son voces de otra época que se despiertan para contarte una historia.

Mientras leía, parecía escuchar también a aquella Corporación Municipal de La Línea de la Concepción. Era una carta de José Conejo y su mujer María Aguilar, quienes se ofrecían a impartir clases gratuitas de primera enseñanza en su barriada de La Atunara.

En cuatro días, una Comisión estudió la propuesta, elaboró una respuesta con presupuestos incluidos y fue aprobada.

Confieso que me sorprendió aquella actuación tan rápida de una administración, esa imagen poco común de una ciudad en movimiento. Pero, sobre todo, me impresionaba la idea de que se hubiera dado una respuesta inmediata a una necesidad vecinal.

Sentí admiración por aquella gestión, por la preocupación de unos y de otros y por el ofrecimiento desprendido de aquellas personas de la barriada. Pero una segunda lectura, más pausada, destacó unas líneas antes suavizadas: el descubrimiento de que el motor real no era exactamente el progreso educativo, sino frenar la influencia protestante que desde la vecina ciudad de Gibraltar había llegado para enseñar.

Y recordé que treinta años antes, cuando La Línea pidió segregarse de San Roque, una de las razones expuestas era precisamente el abandono educativo y la escasez de escuelas. Sin embargo, al comenzar el siglo XX, una barriada populosa como La Atunara seguía careciendo de ellas.

Aun así, algo me decía que todo estaba bien: que muchas veces los avances colectivos nacen de intereses imperfectos, rivalidades o miedos, y que, pese a ello, terminan dejando estructuras beneficiosas para la sociedad.

Ese conjunto de documentos me hizo comprender algo que ya había intuido en otras ocasiones: hubo un tiempo en que incluso los intereses enfrentados generaban movimiento.

Durante muchos años he visto repetirse dinámicas parecidas: personas que, desde iniciativas propias y al margen de las instituciones, trataban de cubrir necesidades básicas relacionadas con la cultura, el deporte o la vida social de la ciudad. Muchas veces aquellas iniciativas fueron recibidas con indiferencia, cuando no con desconfianza.

He visto propuestas recibidas con silencio, iniciativas detenidas por recelo y proyectos que solo fueron aceptados cuando dejaron de parecer ajenos.

Quizá antes se actuaba rápido por miedo a perder influencia; hoy muchas veces ni siquiera existe ese impulso.

Pienso entonces en aquel papel manuscrito de 1901 y en este texto escrito ahora, sobre una pantalla de mi computadora. Ambos pertenecen a tiempos distintos, aunque tal vez persigan lo mismo: dejar constancia de ciertas ausencias antes de que el tiempo vuelva a cubrirlas de arena.


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