Lo que permanece

 

Lo que permanece

Procesión por la barriada


Siempre me pregunté por la cercanía entre abuelos y nietos. Desde muy niño comprendí que era distinta, un cariño especial entre quienes empiezan a recorrer la vida y quienes ya conocen buena parte del camino. Una unión entre lo recién nacido y lo que un día habrá de extinguirse, pero que, precisamente por ello, necesita prevalecer por encima de todo.

Un sonido de llamada en el teléfono basta para que, de un modo impensable en otros tiempos, cambien los planes de toda una familia. Sin discusión, sin excusas y con absoluta prioridad.

Una voz tímida y cómplice dijo:

—Abuela, el domingo salgo en la procesión de la Cruz de Mayo, en la iglesia de San José de La Línea.

No era una petición. Era el deseo de sentir cerca a todo su mundo familiar.

Mientras el murmullo de las aguas de Levante suavizaba el sofocante calor de la tarde, una riada de personas acompañaba la procesión por las calles de la barriada de Periáñez. Una hermosa Cruz de Mayo avanzaba engalanada con rosas rojas a sus pies y, colgando de su madero horizontal, el paño de pureza, conocido como sudario o perizoma.

Ese lienzo simboliza el que cubrió la desnudez de Jesucristo en la cruz y, según la tradición, también los paños que envolvieron su cuerpo al ser bajado para llevarlo al sepulcro. Quizá el mismo símbolo que aquellos adolescentes, apenas de trece años, portaban con sobriedad y respeto.

Sesenta costaleros, vestidos completamente de blanco, aún imberbes muchos de ellos, caminaban al son de una magnífica banda de cornetas y tambores. Su paso acompasado recordaba al de un ejército perfectamente disciplinado. Sin voces, sin aspavientos y apenas sin ruido, avanzaban por las calles mientras los vecinos observaban admirados. Hasta los balcones parecían querer asomarse para contemplarlos.

Bajo el paso, el calor era sofocante. Sin embargo, no había quejas ni palabras altisonantes. Solo imperaba una cosa: el auténtico protagonista de la tarde, el símbolo de la cruz.

Las paradas eran necesarias. Entonces los componentes del cortejo levantaban el faldón que cubría el paso y dejaba ver únicamente los pies de los costaleros. Los jóvenes aprovechaban para respirar y recuperar fuerzas mientras recibían, agradecidos, las innumerables botellas de agua que les ofrecían.

Nadie faltaba a la cita. Allí estaban todos. El padre Carlos encabezaba la procesión y centenares de personas la acompañaban hasta su recogida.

Después de tres horas de recorrido, la Cruz de Mayo hizo su entrada solemne en la iglesia de San José. La procesión terminaba, pero para mí quedaba algo más. Entre aquellos muchachos estaba Manuel, mi nieto. Y comprendí que aquella tarde no había acudido solamente a contemplar una tradición. Había ido a ver cómo una nueva generación tomaba el relevo de las costumbres, de la fe y de las ilusiones de quienes los precedieron. Quizá por eso el vínculo entre abuelos y nietos resulta tan especial: porque unos comienzan el camino cuando otros ya distinguen el horizonte, y ambos se necesitan para que la vida continúe avanzando.

Una de las calles de la barriafa Periañez


Carlor sofocante en el interior.


Indumentaria del costalero



Mi nieto Manuel me saluda.


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