El pajarillo

 

El pajarillo



Siempre fui un explorador de historias. Desde muy niño, me fascinaba cuando los mayores dedicaban un tiempo a recordar acontecimientos.

Aunque entretenido en mis juegos, estaba atento al comienzo de las narraciones. La señal era cuando el murmullo bajaba y se alzaba una voz, como cuando las gotas anuncian el chaparrón.

La mayoría escuchaba acomodada en sillas de madera; al finalizar se producían los comentarios acompañados de risas, o incluso lágrimas, y siempre alguien quería conocer más detalles. Esos minutos eran propicios para llevarse la copa a los labios, hasta que el siguiente comenzaba una nueva historia.

Se recitaban poemas, comentaban novelas y se contaban historias de todo tipo: sobre hechos reales y otros posiblemente de ficción. Algunas me daban miedo, otras me producían alegría, incluso esperanza, como lo ocurrido al cabrero con la curación de un bulto.

Nunca llegué a pensar que aquel tiempo podría ser la parte literaria de la velada.

Ahora comprendo que aquella casa y aquellas horas fueron una biblioteca sin libros: conocimiento compartido, la voz de quienes carecían de títulos. Quizá sin saberlo, allí aprendí a escuchar y el valor de hacerlo.

Hoy he rememorado aquel tiempo cuando mi sobrina Gema me ha contado la historia de un pajarillo.

Todo comenzó hace algunos años, cuando sus ojos tristes amanecían cansados. Una mañana, poco después de despertar, y aún con las pestañas humedecidas, escuchó en el cristal de la ventana tres toques. Levantó la cabeza y no vio a nadie.

A la mañana siguiente estuvo atenta, pero nada ocurrió, hasta que la escena se repitió al cabo de una semana y por fin descubrió de qué se trataba. Al despertar a la hora acostumbrada, un pajarillo se posó sobre el pretil de la ventana y, dando pequeños brincos, parecía querer asomarse para ser visto.

Parecía remiso, como si sintiera temor o quizá vergüenza, hasta que, de pronto, golpeó su pico contra el cristal en una llamada clara. El sonido la sobrecogió y al mismo tiempo la alegró. Quiso que permaneciera allí, pero al incorporarse, el pájaro alzó el vuelo.

Han transcurrido muchos meses y sigue acudiendo a su ventana para repetir la misma coreografía. A veces regresa a lo largo de la mañana y, en las últimas ocasiones, acompañado. Mientras el otro espera, él se acerca y la llama.

Y desde entonces, cada vez que escucha ese leve golpeteo en el cristal, ella acude a la ventana, como quien responde a una llamada que no necesita explicación.


Y por si alguien pudiera pensar que todo esto es fruto de la imaginación…

aquí está el momento exacto.




                                                        El pajarillo, una vez más, llamando a la ventana

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