Quince minutos
Viajo en autobús hacia Algeciras. Disfruto de la comodidad y dejo que los pensamientos vaguen hacia el libro de Teo Marcos, El misterioso influjo del azar.
En pocos minutos me apeé y me dirigí hacia mi destino.
Atravesé el Parque María Cristina, donde numerosas tiendas blancas, semejantes a jaimas rematadas en prisma, daban al entorno un aspecto limpio, colorido y fresco.
A la salida me detuve ante la estatua de Alfonso XI de Castilla. A su altura, casi incliné la cabeza, como si hubiese estado a sus órdenes en la toma de la ciudad o en los sitios de Gibraltar.
Minutos después, ya terminada la gestión, volví a mirarlo. Pensé en lo que su gesta significó para el Campo de Gibraltar. Me quedaba algo de tiempo y caminé por calles familiares, algunas muy inclinadas. Había arquitecturas cambiadas: me llamó la atención un arco y un cartel donde se leía “Medina”. Otras resistían, como la fachada llamativa de la farmacia o la mercería antigua, aunque con menos tránsito.
Uno de aquellos tramos me dejó frente al Museo Municipal de Algeciras. La hora se acercaba al cierre, pero no pude resistirme y entré.
Un patio rectangular me recibió: amplio, luminoso, sereno. Comencé el recorrido por la derecha, despacio. Me detuve en una sala pulcra de reuniones o charlas; a mi espalda, un arco con escalera me invitaba a subir.
A la izquierda comenzaba la exposición: fragmentos de historia en vitrinas empotradas, huellas de tiempos remotos que asomaban entre paredes blancas. Fui atravesando salas comunicadas, casi en silencio, hasta llegar a la última: la sacra.
Al entrar, comenzó a sonar una saeta, pero no cantada, sino llevada por instrumentos… . Mientras contemplaba las piezas, la música me envolvía. Siempre me emociona; siento que no estoy solo. Hay recuerdos que llegan sin avisar. Miré la hora: debía marcharme.
Pero mis pasos se hicieron más lentos. Como si el tiempo, allí dentro, no obedeciera del todo.
Quizá vuelva pronto. O quizá la próxima vez no vaya solo.
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