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La literatura: ventana a la imaginación

 

La literatura: ventana a la imaginación


Lucia, Minerva y Europa Anguissola jugando al ajedrez, 1555, Museo Nacional, Poznan, Polonia. Dominio público



Durante siglos, la enseñanza en España no estuvo al alcance de todos. Quedaron privados de este enorme beneficio los de condición humilde, tanto de la ciudad como del campo, que solo adquirían los conocimientos propios de la función ejercida para su subsistencia.

No obstante, en los contextos urbanos —cuando las circunstancias lo permitían— las clases medias y altas, y de manera especial las mujeres, recibían algo más que la mera instrucción doméstica. Para que fuesen consideradas atractivas y deseables, se les exigía no solo docilidad y destreza en las labores del hogar, sino también una formación elemental: leer, escribir o tocar algún instrumento como el arpa, a lo que se añadían habilidades consideradas un “complemento social”.

Los documentos de la época muestran que la enseñanza estaba encaminada principalmente a consolidar una moral religiosa. Se pretendía realzar virtudes como la modestia, la castidad, la prudencia, la sumisión y la piedad cristiana. Para ello, algunos autores ofrecían una amplia relación de lecturas apropiadas: los Evangelios, los Hechos de los Apóstoles, las Epístolas, los Padres de la Iglesia y determinados clásicos.

En este contexto quedaban al margen las novelas de caballería, las obras de tema amoroso y las comedias.

Los moralistas rechazaban estas lecturas por temor a que actuaran como estímulo para la mujer y comenzara a cuestionar el papel que otros le habían asignado. En aquellos libros se narraban aventuras irrealizables, desligadas del cometido cotidiano que se esperaba de ellas. Así, que las jóvenes no aprendieran a leer o a contar podía parecer, desde esa perspectiva, una postura coherente: el verdadero temor no era el adulterio ni la fantasía, sino la imaginación.

Sin embargo, tales impedimentos no lograron limitar la difusión de las novelas de caballería que muchas mujeres leían con pasión, a menudo con la tinta aún fresca gracias a la reproducción masiva que la entonces moderna imprenta permitía. Ello provocó el ataque reiterado de los moralistas e incluso la crítica literaria de Miguel de Cervantes en Don Quijote de la Mancha, obra que contribuyó al descrédito de los ideales caballerescos.

Pero Cervantes no se limita a destruir ese ideal; también lo humaniza y lo problematiza. Y, sobre todo, concede voz a mujeres que dejan de ser simples objetos de adoración para convertirse en sujetos con palabra propia.

Dulcinea, más que personaje real, es la construcción idealizada de un caballero que necesita ennoblecer su empresa. Frente a ella, aparece Marcela, defendiendo con firmeza su libertad y su inocencia ante la muerte de Crisóstomo; o Dorotea, la labradora engañada por don Fernando, que lejos de resignarse, actúa con inteligencia y decisión para recuperar su honra. La pluma cervantina presenta así a la mujer en un modo activo, capaz de argumentar, decidir y resistir.

En contraste surge Maritornes, la criada asturiana de la venta: figura alejada del ideal cortesano, encarna la desmitificación del modelo caballeresco aplicado a la mujer. No responde al canon de belleza ni a la imagen sublimada de las damas andantes, pero se muestra caritativa y compasiva ante las calamidades ajenas. Con ella, el ideal se enfrenta a la realidad concreta y humana.

Incluso la hija del ventero, en un diálogo con el cura tras escuchar la lectura de un libro de caballerías, confiesa: “No sé, señor, en mi ánima —respondió ella—; también yo lo escucho, y en verdad que, aunque no lo entiendo, recibo gusto en oírlo; pero no gusto yo de los golpes de que mi padre gusta, sino de las lamentaciones que los caballeros hacen cuando están ausentes de sus señoras, que en verdad que algunas veces me hacen llorar, de compasión que les tengo”.

Son palabras extraordinarias: la joven no comprende del todo lo que oye, pero siente placer y compasión. La emoción precede al entendimiento. La literatura ha abierto ya su resquicio.

Los moralistas querían impedir que la mujer leyera —e incluso que escuchara— para evitar que soñara. Sin embargo, la literatura, aun cuando pretendía ridiculizar ciertos excesos, terminó otorgándole voz.

Si en el siglo XVII se desconfiaba del libro porque podía desbordar el orden establecido, hoy asistimos a un fenómeno distinto: una proliferación incesante de imágenes y mensajes que, lejos de ampliar horizontes, con frecuencia los simplifican. Entonces se temía el exceso de imaginación; ahora quizá el riesgo consista en su empobrecimiento.

Ayer se vigilaba la palabra escrita por su poder transformador. Hoy, en medio de la abundancia, la verdadera dificultad puede residir en detenerse, escuchar y pensar. La ventana que la literatura abrió cuando se intentaba mantenerla cerrada sigue ahí. Tal vez nuestra tarea no sea cerrar nuevas formas de expresión, sino aprender a leer con la misma profundidad.  




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