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El peluche que esperaba

 

El peluche que esperaba



Hay calles hechas para brillar y otras para quedarse al margen. Unas se llenan de luz, otras guardan lo que ya nadie mira.

Y sin embargo, ambas tienen su atractivo.

Camino con frecuencia por esas calles que son como archivos del pasado. Conservan celosamente lo que fueron y solo lo muestran a quienes saben mirar. Frente a esos detalles me detengo, y observo lo aplicado a las edificaciones como a la propia vía.

Recorría una de ellas. Tenía una ligera inclinación. Estaba ornamentada con farolas fernandinas y bancos de hierro forjado. Era limpia, de casas blancas y flores. Aquel lugar me mostraba sus bellos secretos, pero el mayor de todos se encontraba a unos pasos de mí.

A mi izquierda sobre uno de los bancos, permanecía sentado un gorila de peluche.

Me quedé fijo mirándolo desde el lado opuesto, recorrí la calle con la mirada, por si alguien me veía. Era tan tierno que me acerqué, tenía sobre su pecho un pequeño papel escrito. Ocupaba el centro del banco, como si esperara a alguien. Como si aún guardara sitio a ambos lados.

Desde que me vio no dejó de seguirme con sus ojos redondos, grandes y negros. No me pude reprimir y le miré. Su cuerpecito marrón vestido de una capa de pelo gris, le hacían parecer mayor, en cambio era joven y ofrecía un aspecto cuidado.

Me senté a su derecha, y nos comunicamos con el mayor de los silencios, aunque su boca quería mostrar una cierta alegría, sus rasgos no podían ocultar una intensa tristeza. Quien había nacido para acompañar, ahora había sido abandonado, con la incertidumbre de no saber cuándo tendría otro hogar, antes de que llegara la noche.

Por un momento me pareció ver caer una pequeña lágrima y es que, por si era poco, todo apuntaba a que llovería. Mientras me preguntaba, quién y cuál era el motivo de dejar en medio de una calle a su peluche. Al menos avisó que no se trataba de un olvido, que aún sentía un cariño por ese cuerpo suave, con el que probablemente conversó y apretó tantas veces; y que seguro quiso que alguien sensible y falto de cariño lo adoptara nuevamente.

Pasados unos minutos, se acercan niños acompañados. Se detienen, uno de ellos lee en voz alta:
“Si me quieres me llevas.”




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