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Bajo el cielo de la Montera del Torero

 

Bajo el cielo de la Montera del Torero

Desde las romerías que describieron Cervantes y Lope de Vega hasta hoy, la Romería de San Isidro en Los Barrios mantiene viva la misma esencia de devoción y fiesta. Descúbrela paso a paso.

Imagen de archivo



Mis queridos maestros, quiero hablaros de gentes, de galas, de pendones, cruces y música; de sonidos de campanas y de alegría. Quiero hablaros de devoción, de fiesta, de rezos y canciones. Quiero hablaros de la Romería de la Villa de Los Barrios.

Una primavera exuberante, hermosa, y un día casi veraniego. El cielo, de un azul limpio; el aire, suave; los prados, fragantes y cálidos; los bosques, oscuros y frondosos, con un joven verdor tras las recientes lluvias.

En Los Barrios no hace falta salir del núcleo urbano para disfrutar del paisaje. El parque botánico y otros rincones naturales se internan y combinan casi sin darse cuenta entre las casas bajas, que han conservado la sencillez y el encanto de aquellos tiempos en los que el pueblo y el campo no parecían tener frontera.

Ataviadas con ropas claras de verano, alegres y despreocupadas, las gentes se agitan entre las carrozas camino de la Montera del Torero, punto de celebración de la Romería de San Isidro, declarada de Interés Turístico Nacional.

Los vecinos y visitantes se agolpan en las calles para ver pasar la procesión de San Isidro y su comitiva. Las mesas de las cafeterías de la plaza quedan desiertas en unos segundos y todos buscan un hueco desde donde contemplar ese río de entusiasmo. Se cruzan miradas, se alzan las manos, los saludos se suceden, y en ellos se adivinan recuerdos y emociones. Tal vez algunos echen en falta cuando ellos iban; otros, porque se sienten limitados o por las imposiciones de la vida.

Si uno no ha visto nunca una romería, podría pensar que se trata simplemente de una peregrinación: un grupo de personas que acompaña a su santo por caminos y senderos. Pero basta con acercarse un día a la Romería de San Isidro en Los Barrios para entender que es algo más difícil de explicar, algo que mezcla devoción, fiesta y memoria colectiva en una misma jornada.

Amanece con el sonido de los cohetes y un aire que huele a campo y a romero. Poco a poco, el pueblo se pone en marcha. No es una salida apresurada, sino casi ritual: primero la iglesia, la oración, la bendición de los estandartes y de las espigas de trigo. Después, el murmullo se convierte en camino.

La imagen de San Isidro sale acompañada por una hilera de carretas que parece no tener fin. Hay quienes caminan por promesa, quienes lo hacen por tradición, y quienes, simplemente, no sabrían quedarse en casa ese día. No es algo nuevo: ya advertía el Arcipreste de Hita que a las romerías se iba “unos por devoción… y otros por facer folgura”. Y aquí, como entonces, ambas cosas conviven sin conflicto.

El camino avanza hacia el Parque Natural de Los Alcornocales, y la romería se convierte en un paisaje en movimiento. Se canta, se conversa, se comparte comida. La primera parada, en la Venta del Frenazo, no es solo un descanso: es un momento de encuentro, casi una pequeña fiesta dentro de la propia romería, donde el tiempo parece detenerse.

Y, sin embargo, lo importante no es solo el recorrido, sino lo que sucede entre sus pausas: la forma en que un pueblo entero se reconoce a sí mismo mientras camina.

Hay un momento, cuando la comitiva ya ha dejado atrás el pueblo, en que la romería deja de ser un acto y se convierte en un mundo propio. El camino se llena de vida y de pequeños detalles que, vistos de cerca, cuentan más que cualquier programa oficial.

Las carretas avanzan despacio, engalanadas con flores de papel, mantones y colores que compiten con el verde del campo. No hay dos iguales. Algunas parecen salidas de otro tiempo; otras, más sencillas, llevan lo justo para el camino. Todas, sin embargo, tienen algo en común: están hechas para compartir.

Entre ellas, los caballos marcan el ritmo. Van elegantes, cuidados, casi orgullosos, como si supieran que también forman parte del espectáculo. Los caballos y sus jinetes, hombres y amazonas, forman varias decenas que avanzan como un pequeño ejército de elegancia y tradición. Cada animal está adornado y peinado con esmero: crines trenzadas, colas cuidadas, monturas brillantes y ornamentos que reflejan la dedicación de quienes los preparan. La doma es escrupulosa, cada paso medido, cada movimiento preciso; nada se improvisa y todo se observa con un orden extraordinario, casi formando una formación militar de belleza. A la salida del pueblo, estos caballistas esperan agrupados a que pase San Isidro, y tras su paso lo siguen con la misma disciplina y gracia que los caracteriza.

A su alrededor, el ir y venir de los romeros dibuja una escena cambiante: grupos que se adelantan, otros que se detienen, saludos que van y vienen como si todo el mundo se conociera.

Y en medio de todo, la vida más sencilla: alguien abre una bolsa de patatas fritas, otro reparte bocadillos, una familia improvisa su almuerzo al borde del camino. Es la hora en la que el hambre aprieta y la romería se vuelve también comida compartida, conversación y descanso.

Llaman la atención ellas, las mujeres vestidas con trajes que parecen hechos para este día y para ningún otro. Van, como diría Lope de Vega, bien compuestas, con colores y cintas, y en su forma de caminar hay algo más que estética: hay tradición, hay memoria, hay una manera de estar en el mundo que solo se entiende aquí.

Pero junto a la fiesta, también hay orden. La presencia discreta de la Guardia Civil, los vehículos de apoyo, la ambulancia que acompaña el recorrido… todo está dispuesto para que la romería sea lo que debe ser: un espacio seguro donde la alegría no se desborde, sino que fluya.

Y así, entre cantos, risas y pasos lentos, el camino avanza sin prisa, como si supiera que lo importante no es llegar, sino todo lo que ocurre mientras tanto.

Hay también una coreografía que no aparece en ningún programa, pero que se repite una y otra vez a lo largo del camino. Las carretas no se detienen del todo, avanzan despacio, lo justo para permitir que la vida continúe en movimiento. Y, sin embargo, la gente sube y baja de ellas con una naturalidad que sorprende al que lo ve por primera vez.

No hay prisa ni torpeza. Un pie, una mano, un pequeño impulso… y ya están arriba. O abajo. Como si el equilibrio formara parte del aprendizaje invisible de la romería. Se nota que no es algo improvisado, que hay años —quizá generaciones— detrás de esa destreza tranquila.

El que llega nuevo lo observa con cierta incredulidad; el que repite, apenas repara en ello. Pero en ese gesto sencillo, casi inconsciente, se esconde también la tradición: una forma de hacer las cosas que no se enseña, sino que se hereda.

Aquí no hace falta decir que acabas de llegar, porque ya lo saben. No es necesario preguntar, porque te explican. No capturas una imagen, sino que te la ofrecen.

A la llegada a la Montera del Torero, el camino parece rendirse por fin al descanso. Una brisa ligera mueve las hojas de los alcornoques, como si el propio monte quisiera inclinarse ante la presencia de San Isidro. Las carretas se detienen, pero la romería no: cambia de forma.

Se abren los manteles, se comparten viandas, se encienden las primeras luces y la tarde se desliza hacia una noche hecha de música, de palmas y de voces que no necesitan escenario. Bajo ese cielo abierto, la convivencia se vuelve más íntima. Hay quien baila, quien canta, quien simplemente observa, dejando que el tiempo pase sin prisa. Y, como si de aquellas escenas que narraba Cervantes se tratara, la fiesta y la devoción vuelven a encontrarse sin necesidad de explicarse.

Al día siguiente, el regreso no es una despedida, sino una continuación. El camino de vuelta tiene otro pulso, quizá más sereno, como si cada uno llevara consigo algo de lo vivido. La romería regresa al pueblo, pero deja en quienes la han caminado una sensación difícil de nombrar: la de haber formado parte, por unas horas, de algo que viene de lejos y que seguirá cuando ellos ya no estén.

Mis queridos maestros, bien podéis comprobar que poco ha cambiado en tantos siglos. Aquí siguen las gentes con sus galas, los pendones, la música y el rumor alegre del pueblo. Aquí siguen los que caminan por devoción y los que lo hacen por alegría. Y como en vuestro tiempo, en esta romería continúan mezclándose, sin conflicto, lo sagrado y lo humano.

Incluyo algunas fotografías del pasado año 2025. 

La Romería de San Isidro de Los Barrios, declarada como Fiesta de Interés Turístico Nacional, tendrá lugar los días 25 y 26 de abril de 2026 en la zona recreativa de La Montera del Torero.

































Comentarios

  1. Me encanta porque siempre ves y hablas de cosas distintas. No importa si es historia, deporte, libros o lo que sea. Enhorabuena y gracias por todo lo que aportas.

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    Respuestas
    1. A ti por leerlo. Un placer poder contarlo, especialmente para los que no lo conocen. Muchas gracias.

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