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Viernes Santo: El Juicio del Inocente

 

Viernes Santo: El Juicio del Inocente

Reflexión histórico-evangélica sobre la Pasión de Cristo

Cristo en Getsemaní, Heinrich Hofmann (1886), dominio público


Cada año, con motivo de la conmemoración de la Semana Santa, comparto unas líneas en recuerdo de lo acontecido, basadas en los documentos que han llegado hasta nosotros, enriquecidas con los estudios de otros autores y acompañadas de no pocas reflexiones personales.

Sin embargo, en esta ocasión se ha producido un hecho muy especial: la cofradía de la Oración en el Huerto, de La Línea de la Concepción, a través de su Hermano Mayor, me sugirió la posibilidad de colaborar con un artículo para su revista alegórica.

Una propuesta que acepté con gusto y con el sincero interés de quien se siente profundamente agradecido.

A continuación, les dejo el artículo publicado en dicha revista. Además, pueden leerlo y seguirlo en el siguiente enlace: https://www.calameo.com/books/00815648591cdb25f7ada


Getsemaní: agonía y oración

Finalizada la Última Cena, ya es viernes según el cómputo judío. Jesús se dirige al otro lado del torrente del Cedrón, hacia el Monte de los Olivos, a una propiedad llamada Getsemaní. El trayecto dura unos treinta minutos. Este era un lugar frecuentado por Él y sus discípulos, donde pasaban muchas horas reunidos y en oración. Entre ellos, Pedro, Santiago y Juan permanecen más cerca, formando un pequeño círculo de protección alrededor del Maestro, mientras los demás se mantienen a cierta distancia.

Allí, Jesús se aparta para orar con sus tres discípulos más cercanos. Comienza a manifestar angustia, afloran en Él los sentimientos propios de quien sabe que se acerca su final:

«Y sumido en agonía, insistía más en su oración. Su sudor se hizo como gotas espesas de sangre que caían en tierra» (Lc 22,44).

Es un momento consciente de transición entre la vida y el final, una situación de estrés extremo que puede dar lugar a la extraña sudación conocida como hematidrosis, o sudor de sangre.

El abandono parcial de los discípulos

Transcurrida más de una hora, Pedro, Santiago y Juan permanecen cerca de Jesús, pero Lucas, con su sensibilidad de médico, señala que los encuentra vencidos por la tensión y la tristeza, más que dormidos por descuido (Lc 22,45). Los otros discípulos, situados más lejos, permanecen sin intervenir. Por ello, algunos han afirmado que Jesús fue “abandonado”. Sin embargo, un examen atento de los Evangelios muestra que no se trató de un abandono absoluto: hubo presencia cercana y fidelidad silenciosa, aunque parcial. Más que una soledad total, se trata de un instante de tensión humana y angustia, donde la compañía de los discípulos se mantiene de manera limitada, pero significativa.

La posición de los tres discípulos

Analizando la escena, Pedro se sitúa a la izquierda de Jesús, lo que explica cómo pudo cortar la oreja derecha de Malco con su espada (Jn 18,10). Santiago ocupa la derecha, mientras Juan, más joven y respetuoso, permanece ligeramente detrás. Esta disposición refleja la lógica narrativa y la personalidad de cada discípulo: Pedro, activo y defensor; Santiago, presente y atento; Juan, testigo fiel y contemplativo. Así, el Maestro permanece siempre rodeado y protegido.

La captura de Jesús

Al finalizar su oración, Jesús es abordado por una multitud compuesta por fuerzas romanas, miembros de la guardia del Templo y representantes de los sumos sacerdotes, escribas y ancianos. Portaban espadas, palos y luminarias; al frente, Judas lo identifica con un beso.

Aunque la tensión había vencido a los discípulos, los más cercanos permanecían todavía en torno a Él, y los demás observaban desde la distancia. Previo a la detención, Jesús parece haber alcanzado un acuerdo con el tribuno, de modo que sus discípulos quedan libres pese al uso del arma por parte de Pedro.

Ante Anás, Caifás y Pilato

Es media noche. Jesús, rodeado de guardias y alumbrado con antorchas, baja la corta cuesta que une Getsemaní con el Valle del Cedrón, en dirección a la ciudad. Se dirigen a la residencia de Anás, suegro de Caifás, aunque la acusación formal es incierta. Nunca fue citado ni interrogado por tribunal alguno de manera correcta; el proceso presenta más de veinte irregularidades.

El Sumo Sacerdote interroga a Jesús sobre sus discípulos y enseñanzas (Jn 18,13). Él responde que sus enseñanzas no guardan secreto, pues siempre las realizaba en la sinagoga y en el Templo. Su interés se centra más en transmitir su mensaje y sus métodos que en ocultar doctrina.

Mientras tanto, Juan y Pedro permanecen en el patio, y se produce el canto del gallo, atestiguado por los evangelistas. El dominico Marie-Joseph Lagrange, tras varias vigilias en abril, registró que el primer “kirikiki” ocurría sobre las 2:30h, lo que concuerda con el cómputo horario de los evangelios.

Jesús es trasladado ante Caifás, quien, basándose en pruebas y falsos testigos, intenta inculparlo. Finalmente, le pregunta:

“Te conjuro por Dios viviente: dinos si eres el Mesías, el Hijo de Dios.”

Jesús responde:

“Yo soy, y veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del Poder y viniendo en las nubes del cielo” (Mc 14,62).

El yerno de Anás se rasga las vestiduras, reconociendo la supuesta blasfemia.

Al amanecer, el Sanedrín sentencia a Jesús. En el código judío no existía apelación, por lo que la condena es inmediata. Luego es trasladado al pretor, único autorizado para ejecutar la pena de muerte. Los representantes judíos recurren a la acusación de “alta traición contra el imperio” por proclamarse rey, delito castigado con crucifixión.

Curiosamente, Herodes Antipas lo considera inofensivo y solo se interesa por sus milagros. Pilato lo conduce nuevamente al pretorio, preguntándole:

“¿De dónde eres tú?” (Jn 19,8)

refiriéndose a su naturaleza terrenal o divina. Jesús no responde, y señala que el poder de Pilato le viene “de lo alto” y que quienes lo entregaron tienen mayor culpa. Tras esta respuesta, Pilato está dispuesto a liberarlo.

Así, y aunque algunos perciban abandono, las tres autoridades —religiosa, política de Galilea e imperial romana— reconocen la extraordinaria naturaleza del Maestro.

En la oscuridad del Huerto, donde el Maestro sudó sangre por amor a los hombres, la Cofradía de la Oración en el Huerto invita a La Línea a entrar en silencio, a mirar a Jesús y a decir: “Aquí estamos, Señor, velamos contigo”.

Que nuestra ciudad encuentre en esta escena la fuerza para afrontar sus propias noches, sabiendo que quien oró en Getsemaní sigue siendo luz para todos.

Apertura a futuras ampliaciones

Cuando los apóstoles, familiares y primeros seguidores de Jesús de Nazaret comenzaron a transmitir —por escrito o de viva voz— los años que el Maestro vivió entre ellos, no pretendían redactar una crónica histórica ni una biografía al modo moderno. Su intención principal era conservar y comunicar sus enseñanzas, dejando constancia de lo que dijo y de los hechos que revelaban su identidad.
Se trata, por tanto, de una memoria naciente, espontánea, que no aspiraba a abarcarlo todo. Por eso, muchos detalles quedaron implícitos: formaban parte de la vida cotidiana, de las costumbres del pueblo judío y del contexto en que Jesús vivió, algo que ellos daban por sabido y que hoy nos exige una lectura más atenta.

En este sentido, el Nuevo Testamento —y de manera particular los Evangelios— debe estudiarse con esta clave interpretativa. En las páginas anteriores he señalado algunos de esos matices, pero, disponiendo de más espacio, podrían desarrollarse muchos otros presentes en este mismo pasaje:
por qué Jesús escogió precisamente a Pedro y a Juan para preparar el lugar de la Cena; el motivo por el cual Pedro portaba una espada; qué sabemos sobre las características del cáliz utilizado; cómo era el trayecto exacto entre el Cenáculo y el Huerto de Getsemaní; quiénes formaban realmente la tropa que lo apresó —e incluso la interesante hipótesis de que algunos de ellos fueran soldados procedentes de Hispania—, y un largo etcétera que ilumina el trasfondo de la Pasión.

Son aspectos que no suelen ser conocidos por el público general y que solo afloran a través del estudio paciente y la reflexión prolongada. Señalarlos aquí abre la puerta a futuras ampliaciones, para quienes deseen profundizar más en el misterio de aquellas horas decisivas.

Santiago Chippirraz Rodico

diciembre 2025


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