¿Por qué nos gusta escuchar el mar, los arroyos y la lluvia?
![]() |
| Imagen tomada por el autor |
A veces piso el freno de mis reflexiones, como quien reduce la velocidad antes de una curva importante, y sonrío al imaginar que vivo un periodo de exámenes de final de curso. En este punto me veo sentado en un pupitre —solo—, con la luz entrando por la ventana y unos folios en blanco esperando que me atreva.
No voy a explicar lo que sigue como si fuera el secretario de Don Santiago Ramón y Cajal, ni como si acabara de regresar de un congreso mundial de neurociencia. Lo escribo como uno de esos compañeros que, de vez en cuando, levanta la vista y sonríe.
Dicen que la fortuna es la mayor aliada del principiante, y algo de verdad debe haber, porque coincide con una pregunta que me he repetido desde muy niño y a la que, dejando pasar el tiempo como con otras cuestiones, no ofrecí respuesta. Por ello resonaba como un eco:
Explica el motivo por el que a muchas personas les gusta escuchar el sonido de las olas, los arroyos, el canto de los pájaros, la nieve cayendo.
Los ejemplos propuestos y otros murmuran de sonidos suaves, sin brusquedad. No tienen picos repentinos ni sobresaltos. No dañan el oído. Son continuos, estables, como si respiraran. Incluso la nieve, cuando cae, no lo hace con estrépito, sino casi en silencio, cubriendo el paisaje con una delicadeza que parece pedir permiso. Ese comportamiento hace que el sistema nervioso no los interprete como amenaza. En cambio, los sonidos fuertes, irregulares o abruptos —crujidos secos, explosiones, gritos— suelen asociarse con peligro.
También obedecen a una cadencia: como las olas que suben, rompen y se retiran, a veces arrastrando la gravilla que parece sonreír en un juego con la espuma del agua. Esa repetición parece mecer al cerebro, que termina acompasándose a ese vaivén —lo que algunos llaman sincronización neuronal—, como si necesitara ese ritmo para descansar. Eso reduce la actividad asociada al estrés. Es parecido a lo que ocurre con la respiración profunda, la música lenta o el balanceo.
Tal vez lo que ocurre es que, ante esos sonidos, algo en nosotros se afina. Como un instrumento que, tras un pequeño giro de clavija, deja de tensarse y encuentra por fin su nota justa.
Si afinamos un poco más el oído, la lluvia o el viento actúan como un fondo continuo que amortigua otros ruidos. No invaden: envuelven. Y la nieve, de nuevo, parece confirmar esa misma intención: no golpea el suelo, lo suaviza.
Pero quizá hay algo todavía más antiguo detrás de todo esto: la sensación de seguridad. Es algo casi instintivo, lo que algunos relacionan con esa parte más primitiva del cerebro. Este puede interpretar inconscientemente estos sonidos como señales de que “todo está bien”… o de lo contrario.
Durante miles de años, el sonido del agua lo vinculamos con una fuente de vida; el canto de los pájaros, con un entorno seguro —los pájaros callan cuando hay depredadores—; y un sonido constante del entorno natural lo entendemos como estabilidad.
También está el aspecto emocional y cultural que vamos aprendiendo a lo largo de la vida: asociar la playa con vacaciones; la lluvia con descanso en casa; el bosque con tranquilidad.
Cuando termino de escribir, levanto la vista. En el aula seguimos siendo pocos y nos conocemos. Nos miramos y sonreímos. Nadie nos pone nota. Tal vez la respuesta no era para aprobar, sino para comprender por qué, al escuchar el mar, un arroyo o la nieve caer, sentimos que estamos —aunque sea por un instante— en casa.

Transmite la vida , como el latido del corazón de la tierra.
ResponderEliminarEl sonido del agua al correr por los arroyos o el del mar con sus olas o bien de la lluvia como tu dices Santiago a mí me produce paz... relajación... sosiego y muchas cosas más.
ResponderEliminarYo que frecuento mucho el mar me produce una curiosidad por saber ese misterio que me hace quedar fijo mirando en la lejanía con la mente en blanco...en los ríos ver esa agua tan cristalina correr con esa fuerza y ese rugir envuelta entre espuma me hace amar más a la naturaleza.
En cuanto a la lluvia tuve la fortuna de pequeño dormir en la barraca de mi abuela y oír la lluvia golpear en el techo de cartón de piedra...les aseguro que no hay mayor placer que éste.
Ameno tu artículo Santiago.
Yo el rio Guadiaro me relajo mucho leyendo a la orilla del rio, es superelajante
ResponderEliminar