Minihistorias del Estrecho
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Minihistorias del Estrecho
En este escrito recopilo una serie de hechos sucedidos en este pequeño trozo de tierra. En su exposición no he obedecido a ningún orden establecido, aunque procuro conservar, en lo posible, cierta cronología. Las historias han ido apareciendo en mi memoria casi como imágenes proyectadas en una pantalla de cine.
El Campo de Gibraltar, el Estrecho y Ceuta forman uno de los lugares de Europa donde se acumulan más capas de historia: prehistoria, fenicios, romanos, mundo islámico, piratas, guerras modernas, astronomía, comercio… prácticamente de todo.
Tal vez este texto no sea más que el de un soñador despierto que desea teclear estas historias rodeado de pequeños detalles del pasado. Mientras lo hace, siente a la vez el peso y la ligereza de quien, gracias al tiempo y a la curiosidad, puede contemplar la historia como un pájaro que vuela sobre ella.
Algunas historias del Estrecho
Los primeros habitantes
Mucho antes de que fenicios y romanos llegaran a estas costas, el territorio del Campo de Gibraltar ya estaba habitado por grupos humanos prehistóricos. Cuevas, abrigos rocosos y cerros de la zona conservan restos que hablan de una presencia muy antigua.
En lugares como la Cueva de Gorham en Gibraltar, la Cueva de Benzú en Ceuta o diversos yacimientos de Los Barrios, los arqueólogos han encontrado herramientas de piedra, restos de fauna y huellas de ocupaciones humanas que se remontan a decenas de miles de años.
Aquellos primeros pobladores contemplaban ya el mismo paisaje que hoy conocemos: el Estrecho, las montañas cercanas y el paso constante de animales y aves entre dos continentes. Mucho antes de que existieran reyes, imperios o ciudades, este rincón del sur de Europa ya formaba parte de la larga historia de la humanidad.
Las pinturas de la antigua memoria
Tiempo atrás de que existieran ciudades o puertos en estas tierras, los antiguos habitantes del sur dejaron señales de su presencia en las paredes de cuevas y abrigos rocosos. En distintos lugares del Campo de Gibraltar, especialmente en el término de Los Barrios y en las sierras cercanas, se conservan pinturas rupestres que se remontan a varios miles de años.
Figuras humanas esquemáticas, animales, signos y escenas difíciles de interpretar aparecen trazados con pigmentos rojizos sobre la roca. Estos conjuntos forman parte de lo que los arqueólogos llaman el arte rupestre del sur de la península, relacionado con el llamado arte esquemático.
Uno de los lugares más conocidos es el abrigo de Bacinete, donde las paredes muestran numerosas figuras humanas y símbolos cuya interpretación sigue siendo objeto de estudio. Muy cerca, en la cueva de la Laja Alta, aparece algo aún más sorprendente: representaciones de barcos que algunos investigadores relacionan con antiguas rutas marítimas por el Estrecho.
Es difícil saber qué pensaban aquellos hombres y mujeres cuando pintaban estas figuras. Tal vez eran símbolos religiosos, recuerdos de acontecimientos importantes o simples marcas de identidad de un grupo humano.
Miles de años después, esas imágenes siguen allí, precursoras de un arte, recordándonos que mucho antes de que el Estrecho fuera frontera entre reinos o escenario de guerras, ya había personas que miraban este mismo paisaje y sentían la necesidad de dejar una huella en la piedra.
Los navegantes fenicios
El cronista Fray Gerónimo de la Concepción, al hablar de ellos en su Emporio del Orbe, los describe como los más diestros en el arte de navegar, hombres que “fiados a una tabla se hicieron moradores del mar”, y que veían en él el mejor refugio y el medio más adecuado para sus tratos y negociaciones. Su patria era Fenicia, célebre región situada en la antigua Siria.
Según recoge también el historiador Tarafa, los fenicios habrían llegado a las costas de España hacia el año 840 antes de Cristo. Fundaron factorías y enclaves comerciales a lo largo del litoral, siendo Gadir —la actual Cádiz— uno de los más importantes.
Desde aquellos primeros asentamientos se extendieron por distintas zonas del sur, atraídos por los metales, las rutas marítimas y las posibilidades del comercio. El Estrecho de Gibraltar, paso natural entre dos mares y dos continentes, se convirtió para ellos en un lugar de especial importancia.
Así comenzó una nueva etapa en la historia de estas tierras, en la que el mar dejó de ser solo horizonte para convertirse también en camino.
Carteia, la primera colonia latina fuera de Italia
En la desembocadura del río Guadarranque, en el actual término de San Roque, se encuentran los restos de una de las ciudades más antiguas y singulares del Campo de Gibraltar: Carteia.
Según diversas fuentes, el enclave tuvo un origen fenicio y más tarde fue ocupado y desarrollado por cartagineses y romanos. Su posición, junto al Estrecho y cerca de importantes rutas marítimas, la convirtió desde muy pronto en un lugar estratégico para el comercio y la navegación.
Carteia ocupa además un lugar destacado en la historia romana. En el año 171 a. C. el Senado de Roma decidió fundar allí la que se considera la primera colonia latina establecida fuera de Italia. En ella se asentaron cerca de cuatro mil hijos de soldados romanos y mujeres hispanas, a quienes se concedió ese estatuto para darles reconocimiento jurídico dentro del mundo romano.
Hoy, el yacimiento de Carteia —declarado Bien de Interés Cultural en 1968— es uno de los enclaves arqueológicos más importantes de la comarca. Entre sus ruinas todavía pueden contemplarse restos del foro, de las termas, de un teatro y de las antiguas murallas.
Quien pasea hoy por ese lugar quizá vea solo piedras antiguas frente al mar. Sin embargo, durante siglos fue una ciudad viva, abierta al comercio del Mediterráneo y al constante ir y venir de naves por las aguas del Estrecho.
El pulpo gigante de Carteia
Las peculiaridades del Estrecho de Gibraltar, con sus profundos cañones submarinos frente a las costas de Algeciras, La Línea o el Guadiaro —que descienden bruscamente a centenares de metros a poca distancia de tierra— han sido siempre un lugar propicio para la presencia de grandes animales marinos.
Uno de los relatos más curiosos lo recoge el escritor romano Plinio el Viejo, quien menciona un episodio sucedido en las cercanías de Carteia.
Cuenta Plinio que, cuando el cónsul Lucio Licinio Lúculo se encontraba en esta región hacia el año 149 a. C., los habitantes de Carteia le mostraron la cabeza y otros restos de un enorme pulpo que habían capturado y cuyos huesos conservaban por considerarlo algo monstruoso.
Según el testimonio de Trebio Nigro, que acompañaba a Lúculo, el animal tenía la costumbre de salir por las noches para alimentarse en los corrales donde los pescadores guardaban y salaban sus capturas, causando grandes destrozos.
Los pescadores intentaron proteger sus instalaciones con cercas, pero nada parecía detenerlo. Finalmente colocaron perros de guardia. Una noche los animales dieron la alarma y los pescadores acudieron con antorchas. Encontraron al pulpo luchando con los perros, a los que azotaba con sus largos brazos mientras desprendía un fuerte olor que los espantaba.
Tras una gran dificultad lograron matarlo. Trebio afirmaba que su tamaño resultaba casi increíble: la cabeza, decía, era tan grande como una tinaja, y cada uno de sus brazos era tan grueso que un hombre no podía rodearlo con los suyos.
Historias como esta, transmitidas por autores antiguos, nos recuerdan hasta qué punto el mar del Estrecho ha estado siempre rodeado de misterio. Entre la realidad y la exageración de los relatos antiguos, el pulpo de Carteia quedó para siempre como una de las curiosidades más sorprendentes de la costa del sur.
Las caracolas del tinte púrpura (industria fenicia y romana)
Entre las riquezas naturales que atrajeron a los pueblos antiguos al Estrecho se encontraba un pequeño animal marino que tuvo una enorme importancia en el mundo antiguo: el múrice, un caracol del que se obtenía el famoso tinte púrpura.
Autores clásicos como Estrabón y Plinio mencionan la presencia de estos moluscos en las aguas cercanas a Carteia, señalando que de ellos se extraía el licor purpurino utilizado para teñir telas. La púrpura era uno de los colores más apreciados en la Antigüedad y su producción exigía grandes cantidades de caracoles y un proceso largo y laborioso.
Las telas teñidas con este pigmento estaban reservadas casi siempre para personas de alto rango: magistrados, reyes o miembros destacados de la sociedad. Por ello, el comercio de la púrpura llegó a convertirse en una actividad muy valiosa en distintos puntos del Mediterráneo.
Las costas del Estrecho, ricas en estos moluscos, participaron también de ese comercio antiguo. No es difícil imaginar a los habitantes de estas tierras recogiendo los caracoles entre las rocas y preparando en la orilla los tintes que después viajarían hacia otros puertos del Mediterráneo.
Hoy apenas queda rastro visible de aquella actividad. Sin embargo, cada vez que el mar deja en la playa alguna de estas caracolas, quizá esté recordando una pequeña parte de la antigua industria que durante siglos dio fama y riqueza a estas costas.
Argantonio, el rey de estas tierras
Mucho antes de romanos o cartagineses, las tierras del sur de la península estuvieron vinculadas a un antiguo reino del que hoy sabemos muy poco: Tartessos. Entre sus gobernantes destaca una figura que ha llegado hasta nosotros a través de los autores clásicos: el rey Argantonio.
El historiador griego Heródoto habla de él como de un monarca rico y poderoso que mantuvo relaciones amistosas con los griegos de Focea, navegantes que comerciaban por las costas del sur de Hispania. Según su relato, Argantonio los recibió con generosidad y llegó incluso a ofrecerles dinero para fortificar su ciudad frente al peligro persa.
Su nombre parece relacionado con la palabra arganton, “plata”, lo que algunos han interpretado como un reflejo de la riqueza minera de aquellas tierras.
Las tradiciones antiguas añadían además un detalle sorprendente: decían que Argantonio había reinado durante ochenta años y que llegó a vivir más de ciento veinte. Tal vez haya algo de exageración en estas cifras, pero revelan la imagen que los antiguos tenían de él: un rey próspero, respetado y de larga memoria.
Aunque el tiempo ha borrado casi todo rastro de su reino, no resulta difícil imaginar que aquellas tierras cercanas al Estrecho, ricas en comercio y contacto entre pueblos, formaran parte de su ámbito de poder.
Así, mucho antes de que surgieran ciudades como Carteia o de que Roma extendiera su dominio por estas costas, las tradiciones hablaban ya de un rey poderoso que gobernaba en el extremo occidental del mundo conocido.
Estas son solo algunas de las muchas historias que se esconden en las tierras del Estrecho. A lo largo de los siglos, este pequeño rincón del sur ha sido escenario de encuentros entre pueblos, navegaciones lejanas, curiosidades naturales y episodios sorprendentes que a veces han quedado dispersos en crónicas antiguas o en la memoria de los lugares.
En el Campo de Gibraltar y Ceuta todavía quedan innumerables relatos por rescatar: asedios, torres vigía frente a los piratas, antiguas rutas comerciales, fenómenos naturales o personajes olvidados que también forman parte de esta larga historia.
Seguiremos reuniendo nuevas minihistorias del Estrecho, pequeñas escenas del pasado que, contempladas juntas, nos permiten mirar desde cierta altura las múltiples capas de historia que se han ido depositando en esta tierra.

Precioso, Santi. Además de una idea que rompe con lo usual. Enhorabuena.
ResponderEliminarQué bien lo cuentas. Siempre te gustó contar historias.
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