La intuición y el corazón
Quizá los eruditos definan la intuición de muchas maneras distintas. Entre ellos hay coincidencias, pero también palabras complicadas, conceptos difíciles de entender para la mayoría de las personas.
Aun así, todos intuimos. Todos sentimos algo antes de que la razón pueda explicarlo. Nos adelantamos a lo que después confirmarán los sentidos. Hay un saber previo, callado, que no necesita demostración.
Ese sentir que la razón no alcanza a aclarar nos muestra que nuestros procesos mentales también tienen límites. A veces parece infinita, pero no lo es.
Cuando nos damos cuenta de que algo lo hemos percibido desde un lugar desconocido, solemos decir que viene del corazón. Ese lugar no nos dice cómo funciona, por qué actúa o desde dónde se adelanta. Nada sabemos, pero sentimos que lo sabemos.
No es que corazón y razón estén desconectados. Hay comunicación. Somos conscientes de lo que sentimos, lo recordamos, incluso lo razonamos después. Pero no hablamos el mismo idioma. Es como aprender una lengua tarde: entendemos palabras sueltas, captamos el tono, pero no dominamos la gramática.
La intuición habla primero. La razón traduce después. Y la traducción nunca es perfecta.
Sin embargo, no siempre se manifiesta. Solo aparece en determinados momentos, por causas que desconocemos. Y es en ese instante cuando tomamos conciencia de que se ha producido su aparición. Entonces, en nuestro interior, exclamamos: ¡lo sabía! Pero no sabemos cómo llamarla para que acuda cuando la necesitamos, ni cómo hacer que nos acompañe de forma permanente.
Por eso el amor, por ejemplo, se siente distinto cuando lo vivimos y cuando lo explicamos. Si lo razonamos, lo convertimos en compartimentos, en proyectos, en análisis. Pero el amor puro pertenece al corazón. Es ese “vivo sin vivir” que los poetas describen, y que la razón nunca alcanza a tocar.
Lo mismo ocurre con el tiempo. Lo medimos, lo contamos, lo explicamos. Pero lo sentimos antes de poder medirlo. Y en la vejez, muchas cosas se perciben y se reconocen sin necesidad de razonar.
Quizá la carencia se deba a que no aprendemos a escuchar al corazón desde pequeños porque no es necesario para sobrevivir. Para comer, estudiar o vivir en sociedad, basta la razón. La intuición no se mide, no se evalúa, no sirve para aprobar exámenes. Pero es imprescindible para comprender lo que sentimos, lo que nos pasa por dentro.
Como dijeron algunos pensadores: “Los pensamientos sin contenido son vacíos; las intuiciones sin conceptos son ciegas.” Y Blaise Pascal escribió: “El corazón tiene razones que la razón no conoce.”
Tal vez no se trate de elegir sino de escuchar. Tal vez se trate de aprender a traducir un lenguaje que llevamos dentro. Porque vivimos más de lo que comprendemos, y comprendemos menos de lo que vivimos. Y quizá en esa distancia entre lo que sentimos y lo que sabemos esté lo más humano de nosotros.

Normalmente me dejo llevar por el corazon aunque la intuicion sepa que me estoy equivocando, pero asi soy yo!!
ResponderEliminaruna definición que siempre recuerdo de intuición : velocidad punta de la inteligencia . Es de Bil Gates . A veces intuimos de una persona , por lo general próxima , las ideas que le asaltan la sesera, y esta suele contestar con un " me has leido los pensamientos " . Y no forzosamente ha de darse una gran afinidad entre ellas . Pienso que puede ser pariente del duende , ese que se presenta cuando le viene a él en gana . Si en otro tiempo disponíamos de ella a voluntad , quién sabe cómo , ese don lo hemos ido perdiendo . Lo previsible , lo que se espera de , ya me calculaba yo , son conceptos distintos , ajenos a lo intuitivo . Tal vez la exposición TELURICOS Y PREHISTORICOS en Málaga aporte posibles respuestas , aunque sean aproximadas . Ni tu yo ni el mío , intuyo , saben de su próxima visita como invitada a este grupo . Si te enteras de algo , házmelo saber , por favor .
ResponderEliminar