Juana I de Castilla: la reina en la sombra
| Por Maestro de Geschiedenis van Jozef - own photo (by uploader, User:Viewer), 2007-02-17, Dominio público, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=1966918 |
No soy historiador, pero después de leer cartas, crónicas y documentos he descubierto una figura mucho más compleja de lo que la historia simplificada nos ha transmitido. No pretendo dictar sentencia sobre Juana I de Castilla, sino compartir la imagen que los textos han ido dibujando ante mí.
Existe una frase que afirma que cada autor nos enseña una manera distinta de vestir el mundo. Pocas veces he encontrado un ejemplo tan claro como en el caso de Juana. Durante siglos se nos ha presentado bajo una etiqueta breve y aparentemente definitiva: Juana la Loca. Una palabra que parecía explicarlo todo y que terminó simplificando una vida extraordinariamente compleja.
Sin embargo, cuando uno se acerca a los documentos de su tiempo, la imagen cambia. Aparecen matices, contradicciones, silencios y también una historia profundamente humana marcada por la soledad.
Para comprender esa historia conviene comenzar en el momento de mayor esplendor de la monarquía castellana.
Una princesa que no estaba destinada a reinar
Juana nació en 1479, hija de los Reyes Católicos, Isabel de Castilla y Fernando de Aragón. Creció en una corte donde la disciplina religiosa, el sentido del deber y la educación humanista formaban parte de la vida cotidiana.
Recibió una formación notable. Sabía latín y francés, tenía una sólida educación religiosa y una preparación intelectual poco común incluso entre las princesas de su tiempo. También sabía tocar instrumentos musicales y las cartas que se conservan de ella muestran una capacidad de expresión clara y elegante.
Nada en aquellos primeros años parecía anunciar el destino que la esperaba.
Durante mucho tiempo Juana no fue considerada heredera. Por delante de ella estaban su hermano Juan y su hermana Isabel. Su papel dentro de la política europea era el habitual para muchas princesas de su tiempo: el matrimonio y la maternidad como instrumentos de alianza entre dinastías.
En 1496 contrajo matrimonio con Felipe de Habsburgo, conocido como Felipe el Hermoso. El matrimonio formaba parte de la estrategia diplomática de los Reyes Católicos para fortalecer la alianza con la casa de Austria.
Juana se trasladó a los Países Bajos, donde la vida de corte era muy distinta a la castellana. Allí nacieron varios de sus hijos: Leonor, Carlos, Isabel, Fernando y María. Cuando Felipe murió, Juana estaba embarazada de su última hija, Catalina.
La heredera inesperada
La muerte sucesiva de su hermano Juan, de su hermana Isabel y del hijo de esta alteró por completo el orden de sucesión. De forma inesperada, Juana se convirtió en heredera de la corona de Castilla.
Isabel la Católica, consciente del carácter delicado de su hija, dejó previsto en su testamento que, si Juana no pudiera gobernar, Fernando asumiría la regencia hasta que su nieto Carlos alcanzara la mayoría de edad.
Cuando Isabel murió en 1504, la corona pasó legalmente a Juana. En Toledo fue proclamada reina propietaria de Castilla, junto a su esposo Felipe.
Pero la cuestión del gobierno real estaba lejos de resolverse.
Las Cortes de Toro
El 11 de enero de 1505 se reunieron las Cortes en la ciudad de Toro.
Allí se leyó públicamente el testamento de Isabel. Los grandes del reino, los prelados y los representantes del pueblo juraron obediencia a Juana como reina legítima y a Felipe como su esposo.
Sin embargo, al mismo tiempo se declaró que se cumplía la condición prevista en el testamento relativa a la incapacidad de la reina para ejercer plenamente el gobierno en ese momento. Por ello ofrecieron su homenaje a Fernando como gobernador del reino en nombre de su hija.
Es importante comprender este punto. Juana seguía siendo la reina legítima. La corona era suya. Pero el ejercicio efectivo del poder quedaba en manos de otros.
Muchos nobles castellanos no estaban conformes con esta situación. Antes incluso de la muerte de Isabel ya habían enviado mensajes a Felipe en Flandes invitándole a venir a Castilla para asumir el gobierno.
Juana quedaba así en medio de una lucha política entre su padre y su marido.
El conflicto por el poder
Felipe fue ganando cada vez más apoyos entre la nobleza castellana. Incluso personas cercanas a Fernando comenzaron a inclinarse hacia él.
En medio de esas intrigas ocurrió un episodio significativo. Un secretario llamado Conchillos obtuvo una carta firmada por Juana en la que ella manifestaba su conformidad con que su padre continuara administrando el reino.
Cuando la carta llegó a manos de Felipe, el secretario fue arrestado y Juana sometida a una vigilancia más estricta.
El conflicto entre Fernando y Felipe se prolongó durante meses.
El viaje a Castilla
En enero de 1506 Juana y Felipe embarcaron en los Países Bajos rumbo a Castilla.
El viaje estuvo lleno de dificultades. Una tormenta dispersó la flota y el barco de Felipe sufrió incluso un incendio. Finalmente tuvieron que refugiarse en Inglaterra antes de poder continuar hasta Galicia.
En abril de 1506 desembarcaron en La Coruña.
El encuentro entre Fernando y Felipe fue tenso. Tras largas negociaciones se alcanzó un acuerdo por el cual Fernando cedía el gobierno efectivo de Castilla a Felipe y Juana.
Sin embargo, el equilibrio político era extremadamente frágil.
Valladolid
Cuando la corte llegó a Valladolid, la ciudad había preparado grandes celebraciones para recibir a los nuevos reyes.
Pero Juana apareció vestida de negro y rechazó participar en las fiestas.
Felipe, cuya relación con ella se había deteriorado, intentó convencer a las Cortes de que Juana padecía enajenación mental para poder gobernar él solo.
Sin embargo, algunos testimonios contemporáneos muestran una imagen distinta.
El médico que atendió a Felipe durante su enfermedad final dejó escrito que Juana permaneció durante horas junto a su esposo hablando con los médicos, dando instrucciones y cuidándolo con serenidad.
La muerte de Felipe
Felipe murió en Burgos en septiembre de 1506.
La muerte del rey dejó a Juana profundamente afectada. Insistió en acompañar el féretro de su esposo en el traslado que debía conducir finalmente sus restos hacia Granada.
Durante aquel largo y errante recorrido por tierras castellanas, el 14 de enero de 1507 dio a luz a su última hija, Catalina, en la localidad palentina de Torquemada. Aquella niña sería durante muchos años su única compañía. Cuando tiempo después Fernando volvió a encontrarse con su hija, la impresión fue profunda. Las crónicas hablan de una mujer muy distinta a la princesa que había conocido años antes: delgada, ojerosa, vestida con gran sencillez y con una tristeza evidente en el rostro. El rey, acostumbrado a la firmeza política, no pudo ocultar la conmoción al verla.
Juana no actuaba por capricho, sino con una lógica clara frente a situaciones extraordinarias. Su insistencia en acompañar el cadáver de Felipe respondía al temor de que lo trasladaran a Flandes, algo completamente comprensible desde su posición de esposa y heredera. El viaje nocturno y con discreción, lejos de cualquier extravagancia, se explicaba por la necesidad de evitar miradas y conflictos durante el traslado de un cuerpo real y de su propia persona, embarazada y vulnerable. Incluso en situaciones de tensión con la tropa, como ocurrió al llegar a un convento, Juana supo imponer el orden de manera firme: cuando los soldados se negaron a cumplir sus indicaciones, los hizo salir a la calle, dando ejemplo y dejando claro que el respeto a las normas era imprescindible. Lejos de improcedencia, estos actos muestran a una reina que sabía decidir y actuar con racionalidad bajo presión, aun cuando su autoridad estaba limitada por quienes la rodeaban.
Tordesillas
En 1509 Juana fue instalada definitivamente en el palacio real de Tordesillas.
El edificio era sencillo y austero. Tenía dos patios interiores y un corredor que comunicaba con la iglesia cercana. Las habitaciones donde vivía la reina daban al río Duero.
Allí comenzaría el periodo más largo y silencioso de su vida.
Juana llegó acompañada por un séquito considerable y por su hija Catalina. Durante años la niña fue su principal compañía.
Sin embargo, con el paso del tiempo la vigilancia sobre la reina se hizo cada vez más estricta.
El encargado de su custodia fue el marqués de Denia, más tarde duque. Su misión era clara: controlar todo lo que ocurría alrededor de la reina.
Se registraba quién la visitaba, qué decía, cómo se comportaba e incluso qué comentarios hacía en privado. Los informes sobre su conducta eran enviados regularmente a la corte.
Incluso los confesores, cardenales y prelados que la visitaban transmitían noticias sobre su estado y sus palabras.
Nada quedaba fuera de vigilancia.
Con los años el régimen dentro del palacio se fue endureciendo. Algunas puertas fueron tabicadas y también se cerró un pasillo interior para limitar los movimientos dentro del edificio. Las salidas al exterior eran cada vez más escasas.
Las crónicas mencionan que Juana apenas cambiaba de vestimenta y que durante largos periodos vestía siempre de negro.
No sabemos con certeza si tenía libros o instrumentos musicales a su disposición. Resulta difícil imaginar que aquella mujer culta, formada en lenguas y música, pudiera mantener esas actividades en un entorno tan controlado.
Con el paso del tiempo incluso se le restringió el acceso a la iglesia donde estaba enterrado su esposo.
Catalina
Juana vivió en Tordesillas acompañada por su hija Catalina hasta 1524.
Ese año su hijo Carlos decidió sacarla del palacio para casarla con el rey Juan III de Portugal.
La tradición cuenta que Juana dijo entonces a su hijo:
“No tienes bastante con quitarme mi trono y mis joyas, sino que también quieres llevarte a mi Catalina”.
Con la marcha de la joven, la soledad de la reina se hizo aún mayor.
Los comuneros
En 1520 estalló en Castilla la revuelta de los comuneros contra el poder de Carlos I.
Los rebeldes sabían que Juana seguía siendo la reina legítima de Castilla. Si conseguían que firmara un documento apoyando su causa, el movimiento obtendría una enorme legitimidad.
Por ello acudieron a Tordesillas para pedir su respaldo.
Durante unos días Juana volvió a estar en el centro de la política castellana. Sin embargo, se negó a firmar ningún documento. Insistía en que las decisiones debían tomarse con el Consejo del reino.
Aquella negativa dejó a los comuneros sin el apoyo que buscaban.
Fue uno de los últimos momentos en que la reina pudo ejercer, aunque sólo simbólicamente, la autoridad que legalmente le correspondía.
El silencio final
Con el paso de los años la corte que había acompañado a Juana fue desapareciendo.
Muchos familiares acudían movidos por intereses políticos o económicos. Poco a poco las riquezas que había llevado consigo se fueron perdiendo.
Al final de su vida apenas conservaba un pequeño cofre con algunas joyas.
Juana no dejó escritos personales que nos permitan conocer directamente sus sentimientos durante aquellos años. Todo lo que sabemos procede de los informes de quienes la vigilaban.
Por eso su voz apenas nos llega directamente.
Reflexión
La historia de Juana I de Castilla es difícil de resumir en pocas palabras.
Fue reina legítima durante casi medio siglo. Sin embargo, pasó gran parte de su vida apartada del poder que legalmente le pertenecía.
Fue hija de los Reyes Católicos, madre de un emperador y protagonista involuntaria de una compleja lucha política.
Pero también fue una mujer que vivió durante décadas en un silencio casi absoluto.
Quizá por eso su figura sigue despertando preguntas.
¿Fue realmente una reina incapaz de gobernar?
¿O una mujer
apartada por las circunstancias y los intereses políticos de su
tiempo?
Lo único seguro es que, durante cuarenta y siete años, Juana vivió en la sombra de un reino que oficialmente seguía gobernando en su nombre.
Murió en Tordesillas en 1555, después de casi medio siglo de reclusión, mientras su nombre seguía figurando en los documentos de un reino que ya no podía gobernar.
Solo pretendía escribir unas líneas sobre la reina a la que llamaban “la loca”, pero, a medida que avanzaba en mi estudio, mi asombro no hacía más que crecer. Al concluir, me invadió un profundo silencio y decidí nombrarla simplemente como la reina Juana I de Castilla.
ResponderEliminarDe loca no tenia nada, lo único que padeció fueron los desprecios y malas
ResponderEliminaractuaciones propias de su época.
Cierto, con el resultado de los intereses de Fernando, Felipe, de su hijo Carlos, y hasta de su nieto Felipe. Una historia que cuesta hasta de respirar. Probablemente tuvo algunas excentricidades que se encargaron de magnificar. Lamentablemente, no nos ha llegado ningún documento que exprese sus sentimientos. Una mujer que fue preparada para ser madre, y que pienso que no deseaba ser reina, con un amplio sentido de reinado en medio de unos locos. Gracias, May, por tu acertado comentario.
EliminarMe ha encantado leer tus líneas sobre Juana, has logrado hacer interesante y de forma muy bien sintetizada las circunstancias que rodearon la sucesión. Como bien dices, gran parte corresponde a la política exterior de Fernando, que con el objetivo de aislar a Francia unió a unos con Inglaterra y a otros, Juan (heredero) y a Juana con los de la casa real del Imperio Habsburgo. Juan murió a los seis meses de matrimonio, también como dices murió Isabel y su hijo que eran los siguientes, esto hizo que de forma inesperada pasase a Juana y por consiguiente a su hijo Carlos (futuro Carlos V emperador)
ResponderEliminarCuando la reina Isabel falleció era consciente de que el gobierno de Castilla pasaría a manos de una hija cuyas facultades parecían perturbadas y un yerno que nada sabía del país y sus costumbres.
Cuando mencionas la revuelta de las comunidades (Comuneros) por añadir, éstos intentaron ganar para su causa el favor de Juana, que ya se encontraba recluida, pero ésta finalmente no se posicionó contra su hijo, el cual fue a visitarla en cuanto puso un pie en España para obtener su consentimiento.
Un saludo!!
Es tal y como lo cuentas: tuvo en sus manos liberarse, pero siempre se remitía al Consejo y no lograron arrancarle la firma, por mucho que lo intentaron. Pienso que tenía un profundo sentido de ‘Estado’ —aprendido en su casa— y lo llevó hasta el extremo de pasar 47 años encerrada. Y no olvidemos que intentaron desposeerla de su lugar como reina, y ella respondió: ‘primero la reina Juana y después mi nieto Carlos’. Es decir, sabía lo que hacía y decía. Gracias, Antonio, por tu acertado comentario.
EliminarNada de loca y menos de tonta, era brillante!.
ResponderEliminarManuel Fernández Álvarez tiene una novela histórica muy bien documentada, “Juana La Loca”, La cautiva de Tordesillas, me quedo con las últimas palabras de esta desgraciada Reina: “Jesucristo crucificado, sea conmigo “.
Eran las seis de la mañana del Viernes Santo, 12 de abril de 1555.
Al fin, la desventurada Reina, aquella triste cautiva de Tordesillas había escapado a su cautiverio.
Al fin, la mal llamada Juana la Loca era libre.
Para mí también es, la Reina Juana I de Castilla.
Muchas gracias por la aportación de bibliográfica. Algunos han escrito en ese sentido. El mismo B. Pérez Galdós, en 1918, escribió una obra de teatro que titulaba Santa Juana de Castilla. Gracias por el comentario.
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