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Cuando los reyes le declararon la guerra al mar (y otras peleas perdidas contra la naturaleza)

 

Cuando los reyes le declararon la guerra al mar (y otras peleas perdidas contra la naturaleza)


Llegada de Iván V y Pedro I a la ceremonia de coronación de este último. Litografía de Iliá Repin. Domino Público


La historia está plagada de hechos que podríamos calificar de extravagantes. Unos lo son por sus causas, otros por las circunstancias que los rodean. Y, según parece, ninguna época ni personaje —por elevado que fuera su rango— ha estado completamente libre de caer en este tipo de “locuras” que, vistas con la distancia del tiempo y siempre que no hayan causado daños irreparables, pueden tener incluso cierta gracia.

Estas pequeñas anécdotas aparecen a veces como remansos inesperados en medio de los grandes acontecimientos históricos. Entre guerras, conquistas y tratados solemnes surgen episodios tan curiosos que resultan casi inverosímiles, pero que las crónicas han conservado.

En ese espíritu, he reunido aquí algunos de esos hechos singulares: momentos en los que reyes, emperadores o héroes de la Antigüedad reaccionaron de forma tan sorprendente frente a la naturaleza o el destino que hoy solo podemos contemplarlos con una mezcla de asombro y sonrisa.

Jerjes I castiga al mar

Uno de los episodios más conocidos de esta peculiar relación entre el poder y la naturaleza lo protagonizó el rey persa Jerjes I. Según cuenta el historiador griego Heródoto, cuando el monarca preparaba su gran expedición contra Grecia en el año 480 a. C., ordenó construir un puente de barcos sobre el Helesponto para que su enorme ejército pudiera cruzar desde Asia hacia Europa.

Pero una violenta tormenta destruyó la estructura antes de que pudiera utilizarse. La reacción del rey fue tan espectacular como insólita: Jerjes mandó castigar al mar. Las crónicas relatan que ordenó azotar las aguas con cientos de latigazos y arrojar al estrecho unos grilletes, como si el propio mar fuese un súbdito rebelde que debía ser castigado por su desobediencia.

Naturalmente, el mar no cambió de opinión, pero el episodio quedó recogido por los historiadores antiguos como ejemplo de la desmesura del poder cuando cree que incluso la naturaleza debería obedecerle.

Canuto ordenando detener la marea

Otro episodio muy citado cuando se habla de la relación entre el poder y la naturaleza lo protagonizó el rey Canuto el Grande, monarca que gobernó Inglaterra, Dinamarca y Noruega a comienzos del siglo XI.

Cuenta la tradición que, cansado de escuchar a sus cortesanos asegurar que su poder era ilimitado y que todo el mundo le obedecía, Canuto decidió darles una lección. Ordenó colocar su trono en la orilla del mar y, sentado frente a las aguas, mandó a la marea que se detuviera y no mojara sus pies.

Como era de esperar, el mar continuó avanzando lentamente hasta cubrir la orilla y alcanzar el trono del rey. Entonces Canuto se levantó y recordó a sus aduladores que ningún poder humano puede imponerse a las leyes de la naturaleza, por muy grande que sea un reino.

La escena quedó así en la tradición más como una lección de sensatez que como una extravagancia: un rey demostrando que incluso la autoridad más grande tiene límites frente al mar y el tiempo.

Calígula “declarando la guerra” al océano

Cayo Julio César Augusto Germánico, más conocido como Calígula, fue el tercer emperador romano y gobernó entre los años 37 y 41 de nuestra era. Su figura ha pasado a la historia rodeada de episodios extravagantes y de relatos que lo presentan como un gobernante caprichoso y cruel, incluso en medio de sus juegos, festines y diversiones.

Según cuenta el historiador Suetonio, en cierta ocasión marchó al frente de su ejército con abundante provisión de balistas y otras máquinas de guerra. Nadie entre los soldados conocía realmente el objetivo de aquella expedición ni sospechaba cuál era el designio del emperador.

De improviso, cuando el ejército llegó a la costa, Calígula dio una orden tan inesperada como singular: mandó a los soldados recoger conchas de la playa y llenar con ellas sus cascos y mantos, llamándolas “despojos del océano” que debían llevarse como trofeo al Capitolio y al palacio de los césares. Como testimonio de aquella curiosa victoria, ordenó además levantar una altísima torre en el lugar.

El rey que apunta a un cometa

Aunque esta historia circula en crónicas y relatos posteriores, no está sólidamente documentada en fuentes contemporáneas fiables. El protagonista sería Alfonso VI, rey de Portugal, personaje que tuvo problemas de salud física y mental y que finalmente fue apartado del poder por su propio hermano.

Las preocupaciones y temores que provocaban los cometas en los cielos han quedado bien registradas en la literatura de la época, sobre todo cuando los personajes implicados eran figuras relevantes. Según una tradición muy difundida, cuando apareció un gran cometa en el año 1664 —probablemente el célebre cometa Halley— el rey portugués habría reaccionado de manera tan inesperada como teatral: apuntó hacia el cielo con una pistola y amenazó al astro, como si pudiera obligarlo a retirarse.

Naturalmente, el cometa continuó su curso indiferente, siguiendo la trayectoria que las leyes de la física le imponían desde mucho antes de que los reyes pretendieran discutir con el firmamento.

Ciro castiga un río

Otro episodio curioso procede del relato de Heródoto sobre las campañas de Ciro el Grande, fundador del imperio persa. Cuando el monarca marchaba con su ejército hacia Babilonia, uno de sus caballos sagrados murió ahogado al intentar cruzar el río Gyndes.

La pérdida enfureció de tal modo al rey que decidió castigar al propio río por lo ocurrido. Según cuenta el historiador griego, Ciro ordenó a su ejército dividir el cauce en numerosos canales, de modo que sus aguas quedaran repartidas y su corriente perdiera fuerza.

Heródoto afirma que se excavaron hasta trescientos sesenta canales, uno por cada día del año, con el propósito de reducir el caudal del río y hacerlo fácilmente vadeable. Verdadero o exagerado por la tradición, el episodio quedó como otro ejemplo de aquellos gobernantes antiguos que creyeron poder imponer su voluntad incluso a las fuerzas de la naturaleza.

Adriano y el Nilo

La trágica muerte del joven Antinoo, favorito del emperador Adriano, ahogado en el río Nilo en octubre del año 130 durante un viaje por Egipto, marcó profundamente al emperador. Adriano, desolado, divinizó a Antinoo, fundó la ciudad de Antinópolis cerca del lugar del suceso y extendió su culto por todo el Imperio.

Mandó erigir numerosos bustos, estatuas y monedas con su rostro, idealizándolo hasta convertirlo en uno de los iconos más reconocibles de la escultura romana.

En tiempos más recientes, varios escritores se han ocupado de esta historia, entre ellos la autora belga Marguerite Yourcenar, cuya novela histórica Memorias de Adriano recrea con gran sensibilidad los recuerdos del emperador y el profundo afecto que sintió por el joven Antinoo.

Pedro el Grande frente al clima

Pedro I de Rusia fue uno de los gobernantes más destacados de la historia de su país. No azotó tormentas ni castigó mares, pero sí desafió a la geografía y al clima al fundar San Petersburgo en las inhóspitas tierras pantanosas del delta del Neva, junto al mar Báltico.

La construcción de la nueva capital se realizó en condiciones extremadamente duras, entre pantanos, frío y enfermedades, lo que causó innumerables muertes entre los trabajadores. Aun así, el proyecto siguió adelante, como si el zar hubiese decidido imponer su voluntad incluso al clima y al paisaje.

El cometa y el papa Calixto III

Pero el signo celeste que realmente llenó de temor a Europa fue la reaparición del Cometa Halley en el año 1456. Su brillo y su larga cola debieron de resultar impresionantes para quienes lo contemplaban en una época en la que estos fenómenos se interpretaban con frecuencia como presagios de guerras, pestes o grandes desgracias.

Por entonces ocupaba el trono pontificio el papa Calixto III, de origen valenciano. Según una tradición muy difundida en siglos posteriores, el pontífice habría ordenado incluir en las oraciones una súplica para librar a la cristiandad del demonio, de los turcos… y del cometa. Algunas versiones más pintorescas incluso afirmaban que llegó a excomulgar al astro.

Probablemente la historia fue exagerándose con el tiempo, pero refleja bien el clima mental de la época: los cometas se interpretaban casi siempre como señales inquietantes enviadas desde el cielo, por lo que reacciones tan dramáticas no resultaban tan extrañas como hoy podrían parecernos.

Estas historias, situadas a medio camino entre la crónica y la leyenda, nos recuerdan hasta qué punto el poder humano ha intentado imponerse incluso a aquello que no puede dominar: reyes que azotan mares, emperadores que parecen declarar la guerra al océano, monarcas que amenazan a los cometas o gobernantes que pretenden castigar a los ríos.

Con el paso del tiempo, sin embargo, la naturaleza sigue su curso imperturbable, y estas escenas quedan reducidas a curiosidades históricas. Quizá por eso hoy las contemplamos con una mezcla de sorpresa y sonrisa: porque nos recuerdan que, por grande que sea el poder de los hombres, el mar, los ríos o las estrellas rara vez atienden a órdenes humanas.


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