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El regalo de la mente profunda

 

El regalo de la mente profunda

Imagen tomada por el autor del escrito

Sabemos que quienes amamos no siempre están a nuestro lado. La evidencia es clara: no los vemos, no los escuchamos, no los tocamos; la vida física se ha ido. Eso es un hecho, inmutable.

Pero la mente tiene un privilegio que trasciende los sentidos: nos permite mantenerlos presentes. Podemos reproducir sus gestos, anticipar sus respuestas, sentir su energía, incluso dialogar con ellos en nuestro interior. Esto no es fantasía: es la estructura que el amor ha dejado dentro de nosotros. La mente guarda, recrea y prolonga lo que los sentidos ya no pueden captar.

Esta capacidad no es igual en todos. Algunas mentes integran profundamente lo que aman; otras apenas registran la relación y, con el tiempo, el vínculo se disuelve. Quien no alcanza esta profundidad pierde algo fundamental: la riqueza de la conexión interna, la continuidad de lo amado dentro de sí mismo. No siente dolor, pero tampoco la plenitud de lo que podría haber sido.

Quien, en cambio, alcanza esta dimensión, experimenta una paradoja sublime: sufre por la ausencia, pero recibe un regalo divino. El amor que fue real se convierte en parte de la propia mente, transformando la ausencia en presencia, el recuerdo en compañía constante. La pérdida física se encuentra con la permanencia interior.

No es autoengaño. Es conciencia plena. La mente profunda no inventa lo que ya no existe: lo integra, lo conserva, lo hace vivir dentro de nosotros. Y gracias a esto, incluso cuando todo se ha ido, la esencia de lo amado sigue caminando con nosotros, moldeando nuestra forma de sentir, pensar y vivir.

Así, la mente nos revela su mayor don: la capacidad de trascender la limitación de los sentidos, de convertir la ausencia en presencia, y de transformar el dolor en un puente hacia la felicidad más profunda. Solo quienes alcanzan esta sensibilidad conocen el valor y la grandeza de este regalo.


Comentarios

  1. Estas letras surgieron casi tal cual durante una de mis caminatas; no quise vincularlo con ideas religiosas, psicológicas u otras, solo reflejar lo que sentí.

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