Contra el agua y el fuego: sostener a los suyos
La naturaleza mostró, una vez más, su fuerza frente a la fragilidad humana. Una fragilidad que hoy, al menos, encuentra amparo en protocolos, comunicaciones, pabellones habilitados y alojamientos previstos. Todo estaba dispuesto para acoger a quienes, si era necesario, tendrían que abandonar sus hogares.
Y sin embargo, no siempre fue así.
Retroceder en el tiempo ayuda a entenderlo. Hace 150 años, en este mismo entorno del Guadarranque, otras gentes perdieron también su refugio. No por el agua, sino por el fuego. Once chozas de palma ardieron en un incendio casual. Eran viviendas humildes, frágiles, fácilmente consumidas, y con ellas se desdibujó de golpe la seguridad de quienes las habitaban. Poco sabemos de aquellas personas: sus nombres no quedaron escritos, tampoco sus miedos ni sus noches a la intemperie. Solo quedó constancia del hecho en las actas oficiales.
En el año 1875, la Diputación recogía así la situación de aquellos vecinos del puente de Guadarranque, en el término de San Roque, describiéndolos sin rodeos como “infelices habitantes” que habían perdido sus moradas, once chozas valoradas en más de seis mil reales. La Asamblea acordó entonces socorrerlos con cargo al presupuesto destinado a calamidades. Un gesto que, leído hoy, habla tanto de necesidad como de responsabilidad institucional.
Meses después, otro acuerdo cerraba la herida: siete viviendas sólidas fueron construidas para siete familias, sustituyendo a las chozas que antes existían. La actuación fue posible gracias a la gestión del diputado provincial por el distrito, Francisco María Montero, cuya actividad y celo quedaron reflejados en aquellas mismas actas. La Diputación no solo autorizó el gasto, sino que dejó constancia pública del resultado y del agradecimiento.
La historia no siempre tiene finales felices, pero a veces los tiene. Y conviene recordarlos.
Hoy, cuando la lluvia vuelve a poner a prueba a pueblos y vecinos, cuando se habla de desalojos preventivos y de pabellones preparados, es inevitable pensar en aquellas gentes de 1875, sin avisos, sin medios, sin certezas. La fragilidad humana sigue siendo la misma; lo que cambia es la respuesta colectiva.
Quizá por eso merece la pena rescatar estos datos, poco conocidos y ausentes de la crónica inmediata. Porque la memoria también protege.
La naturaleza impone su fuerza; el ser humano responde con lo que sabe hacer cuando actúa bien: prever, cuidar y sostener a los suyos. Entre una y otro se escribe, desde hace siglos, la verdadera historia de estos lugares.
Santiago chippirraz Rodicio
05/01/2025

Francisco Manuel Benítez Hoy me acuesto sabiendo algo más. Gracias Santiago
ResponderEliminarEstupendas crónicas culturales que marcan la diferencia, consiguen ser un referente fiable y de primer orden. Enhorabuena por el artículo. Me alegro del sobresaliente incremento.
ResponderEliminarLa solidaridad es de este mundo . Base y apoyo , cimiento de esa RESPUESTA colectiva . Memoria protectora , y colectiva . Ambas nos libran de finales trágicos . Recordar nos defiende de los contratiempos vividos estos días y de los que queden por venir . El olvido , muy mal consejero en las actuales circunstancias . Apartado , bien lejos . No por no escrito deja nuestro pasado de existir . Por estos andurriales, si de algo andamos sobrados es de historia . De la del día a día , la del tú y yo , nosotros ellos , codo con codo . Ante las duras y contra las más duras adversidades . De nuevo , gracias por llevarnos a los tiempos pasados para entender mejor los presentes .
ResponderEliminarTanto nos han adiestrado, que el sistema reptiliano está dejando de actuar y no advertimos las señales de peligro
EliminarBuen artículo como de costumbre nos hace llegar hechos acaecidos en otros tiempos lejanos y es que contra el fuego y la lluvia lo único que el humano puede hacer es protegerse a base de tomar medidas preventivas.
ResponderEliminarCierto, son elementos muy poderosos.
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