Navidad: memoria, historia y presente
| Belén montado en la Iglesia de San Isidro Labrador- Los Barrios |
Me suele ocurrir, al llegar estas fechas, que necesito detenerme un momento y escribir. No para añadir erudición a lo ya conocido, sino para que aquello que vive en el interior (recuerdos, preguntas, una forma concreta de contemplar la Navidad) pueda existir también fuera. Es una manera sencilla de abrir un espacio de calma entre el ruido y la costumbre, y volver a mirar el acontecimiento que hace dos mil años cambió la historia y, de algún modo, también la vida de cada uno de nosotros.
En estos textos intento narrar aquel suceso extraordinario aportando detalles que rara vez aparecen en las versiones habituales: matices que enriquecen la escena, referencias históricas que ayudan a comprender y también la emoción personal que, de una forma u otra, todos llevamos dentro. A veces asoma la memoria; otras, la ilusión; en ocasiones, una crítica suave a lo que hoy distrae o distorsiona el sentido. Pero siempre procuro hacerlo con empatía, con amplitud de mirada y con la serenidad de aceptar cada época como es, sin nostalgias exageradas ni juicios de peso.
Este año vuelvo a plantearme tres preguntas que considero esenciales antes de seguir escribiendo: qué celebramos en la Navidad, desde cuándo la celebramos y qué documentos sostienen este recuerdo. A ellas dedico las líneas que siguen.
1. Qué celebramos en la Navidad
La Navidad celebra un hecho concreto: el nacimiento de Jesús en Belén, en una gruta que los cristianos recordaron desde los primeros tiempos. No celebramos un símbolo abstracto ni una tradición literaria, sino la irrupción de un acontecimiento real que las fuentes antiguas custodiaron con sorprendente continuidad.
Aquel nacimiento fue entendido muy pronto como el comienzo de un tiempo nuevo. Las primeras comunidades lo relacionaron con la antigua profecía del “sol de justicia” anunciada por Malaquías y aplicada a Cristo. No es casual que, desde el principio, la Navidad se viviera como una fiesta de luz en medio de la oscuridad del invierno: no la luz del sol físico, sino la luz que inaugura un horizonte distinto para la humanidad.
Celebramos, por tanto, un nacimiento histórico, un lugar real y un sentido espiritual que ha acompañado a millones de personas a lo largo de los siglos.
2. Desde cuándo la celebramos
Aunque a menudo se piensa que la Navidad comenzó a celebrarse oficialmente en Roma en el siglo IV, las evidencias apuntan a un origen mucho más antiguo y claramente en Tierra Santa.
Los testimonios de Justino, Orígenes y Eusebio muestran que, desde los siglos II y III, los cristianos de Palestina recordaban con precisión el lugar del nacimiento de Jesús y lo mostraban a los peregrinos. La gruta se mantuvo en la memoria incluso cuando el emperador Adriano, en el año 135, ordenó ocultarla bajo un bosquecillo dedicado a Adonis. Aquel intento de borrado no hizo sino reforzar la tradición entre los creyentes.
En el siglo IV, la peregrina Egeria describe cómo en Jerusalén se celebraba la Navidad el 6 de enero, con una vigilia nocturna en Belén. Esto confirma que la festividad tenía raíces locales anteriores a su adopción en Roma.
Más tarde, cuando el emperador Aureliano fijó el 25 de diciembre como la fiesta del Sol Invictus (año 276), los cristianos no hicieron sino adoptar para sí una fecha que ya resonaba simbólicamente con la antigua tradición del “sol de justicia”. Pero la celebración como tal, su contenido y su sentido, venían de muy atrás.
3. Qué documentos la sostienen
La tradición de la Navidad no surge de un vacío, sino de un conjunto amplio y coherente de fuentes antiguas —literarias, arqueológicas y litúrgicas— que permiten reconstruir tanto el lugar como la fecha aproximada del nacimiento de Jesús.
Entre los documentos más significativos se encuentran:
Los evangelios de Mateo y Lucas, que recogen datos transmitidos en el ámbito familiar: Lucas desde el testimonio de María, y Mateo desde la tradición vinculada a José, enmarcando el nacimiento de Jesús en coordenadas temporales precisas según los calendarios judíos, griegos y romanos.
San Jerónimo y Cirilo de Jerusalén, que describen la gruta de Belén antes de la intervención de Constantino.
Orígenes, que afirma que incluso los paganos conocían el lugar del nacimiento.
Eusebio de Cesarea, que narra cómo, desde tiempos apostólicos, los habitantes de Belén mostraban las grutas a quienes las visitaban.
El Protoevangelio de Santiago, que menciona la “gran luz” en el momento del nacimiento.
La peregrina Egeria, que relata la liturgia navideña en Jerusalén en el siglo IV.
Estudios modernos de B. Botte, Manlio Simonetti, B. Bagatti y Michele Loconsole, que articulan críticamente las fuentes antiguas y la cronología.
A partir de estos datos, diversos investigadores sostienen como razonable que Jesús naciera alrededor del 25 de diciembre del año 1 a. C., en correspondencia con el año 36.º de Herodes y el 42.º de Augusto.
Estas fuentes, tomadas en conjunto, permiten afirmar que la Navidad posee un soporte documental sólido, continuo y sorprendentemente coherente para tratarse de un acontecimiento tan antiguo.
4. La Navidad en los barrios
Desde mi infancia me ha fascinado recorrer los belenes. Me seduce el realismo que son capaces de transmitir y, mientras los contemplo, puedo viajar por sus calles, visitar a los artesanos, admirar los establos y animales, las huertas y todo aquello que da vida a un pequeño poblado. Pero, sobre todo, quedo eclipsado por los nacimientos, esos instantes detenidos que concentran la historia y la emoción en un solo rincón.
Este primer año en nuestra reciente residencia en Los Barrios, visitamos la iglesia de San Isidro Labrador para contemplar el belén allí construido. Inspirado en la escuela de la Polvorilla y su entorno, incluido un gran puente iluminado, me sorprendieron la vistosidad y el realismo de su composición. Sentí admiración por su autor y por todas esas personas que, con paciencia y dedicación, levantan pequeños poblados llenos de vida para el disfrute de muchos.
Al salir, la plaza estaba cubierta por un manto de luces que brillaban desde lo alto y envolvían casi toda su extensión. Un llamativo adorno en el frontón del ayuntamiento atraía la mirada, mientras una estrecha calle que conecta con la plaza se engalanaba con cadenetas formando arcos rojos. La calle principal permanecía iluminada hasta llegar a la Plaza de la Constitución, donde se alzaba un enorme cono que imitaba un gran árbol de luces. Entre aromas de café recién hecho y el murmullo de los niños, se percibía el constante movimiento de vecinos en cafeterías y paseos.
Las vías principales y la avenida de acceso estaban adornadas con vistosas composiciones navideñas, y no faltaba el ya característico reno en una de las rotondas. No se apreciaba derroche, sino cuidado y creatividad, aunque siempre quede en la mente de muchos el deseo de un poco más de luz.
A todo ello se sumaba una amplia gama de actividades propias de estas fechas: zambombas, el Roscón de San Isidro, mercados artesanales, el Loco Bingo de Navidad, representaciones teatrales, cuentacuentos y mucho más. Un conjunto que no solo ilumina las calles, sino que fortalece el sentido de comunidad y pertenencia.
5. La Navidad en estos tiempos
Me gustan las tradiciones, y especialmente la Navidad: por su historia, por su larga trayectoria, por su naturaleza religiosa y por todo lo que su celebración ha significado a lo largo de los siglos. Me interesa leerla, estudiarla, observarla. No siento tristeza al recordar tiempos pasados que fueron felices; al contrario, los conservo con cariño como parte de mi memoria.
Ahora todo ha cambiado. Nuestras conexiones familiares se han transformado: algunos no están, otros se han alejado y muchos viven más distantes. De manera particular, para nosotros la vida tomó otro ritmo hace tres años. En estas fechas solemos retirarnos, estar solos, alejarnos un poco del bullicio que antes compartíamos.
Y, sin embargo, no me duele ver a los demás celebrar. Al contrario: me gusta contemplar a la gente haciendo todo aquello que he descrito, las familias reunidas, los niños ilusionados, las calles llenas de vida. Me alegra que mis hijos continúen viviendo la Navidad con sus propias familias y que mantengan esas tradiciones que un día compartimos. Quizá nosotros, en algún momento, encontremos de nuevo el ánimo para incorporarnos; pero incluso mientras tanto, esa alegría ajena también nos alcanza.
Porque la Navidad no pertenece solo a quien la vive de una manera concreta. También es consuelo silencioso, memoria agradecida y esperanza discreta. Y a veces basta con saber que la vida sigue latiendo, incluso cuando uno la contempla desde un poco más lejos.
Conservo como un grato recuerdo las conversaciones con mi amigo Eduardo, especialmente durante los periodos de Navidad y Semana Santa. Le entusiasmaba que le relatara aspectos y detalles que nunca antes había escuchado sobre ambas celebraciones.
ResponderEliminarPaco Santos: Con esta nueva entrega logras que el Misterio del Nacimiento del Hijo de Dios sea tan entrañable como cierto . Nadie , o como mucho sólo unos pocos , es capaz de transmitir , a mí modesto entender , el sentir y el espíritu de la NATIVIDAD con tan sencillas palabras .Gracias por recordarme sin pretender con esta alusión relegar en tu lista a nadie de quienes se ocuparon , como tú hoy , de divulgar el Divino Misterio , a la maravillosa gallega Egeria . Paz a quienes , como tú , váis derramando por el mundo la esperanza en un mundo mejor .
ResponderEliminarMuchas gracias, Paco, y gracias por leer. Con pocas palabras he querido acercar el gran acontecimiento de la Navidad. Como pocos saben, es un estudio que me apasiona desde hace años; mis trabajos no llegan a todos, pero sí a quienes saben aprovecharlos.
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