EVA, el trazo del silencio
| María José Alconchel, Ana María, Cristina y Carlos |
No soy un gran entendido en arte pictórico, aunque sé distinguir unos buenos trazos de los que no lo son. Pero hay algo que trasciende la técnica, algo que se intuye cuando el alma se posa sobre el papel. En la exposición que motiva estas líneas, he visto precisamente eso —y bastante más—: la entrega callada, el dolor que se vuelve entereza, la compañía invisible que sostiene cada figura.
Las obras de Ana María Barroso Molina no se miran, se escuchan. Desde el primer retrato uno percibe que detrás de cada gesto hay una historia que respira, una emoción que apenas se atreve a decir su nombre. En esos rostros —de niñas, de mujeres, de vidas que parecen pender de un hilo— late una verdad sin artificios: la de quien ha aprendido a mirar el mundo desde dentro.
A pesar de una tarde que no invitaba, muchos amigos se acercaron hasta la Casa Urrutia- Los Barrios, queriendo acompañarla en su primera exposición, un momento que Ana María vivió con una mezcla de sorpresa y gratitud. Se notaba su ilusión al agradecer al Ayuntamiento de Los Barrios la oportunidad de mostrar lo que durante años ha guardado con pudor entre cuadernos y silencios.
Entre los asistentes estaba el ceutí Duarte, un pintor con más de cincuenta años de oficio, que me comentaba que el retrato es una de las técnicas más difíciles: “Muchos se quedan en el dibujo sobre el papel —me decía—, pero algunos pocos logran que ese dibujo tome vida.”
Y añadió con una mezcla de admiración y sorpresa: “Ana
María lo ha conseguido, aunque creo que ella todavía no se lo
cree.”
Y tenía razón. Porque en cada uno de esos
rostros hay algo que respira, que nos mira desde dentro y nos
recuerda que el arte, cuando es sincero, tiene pulso propio.
Fue un acto sencillo, pero cálido, en el que los concejales Cristina Marchante, Carlos Torres y María José Alconchel, presidenta de la Asociación de Mujeres Telethusa, compartieron con la autora miradas y palabras llenas de cercanía. Entre todos, crearon ese ambiente que hace del arte un espacio de encuentro, de reconocimiento y afecto.
La exposición, titulada “EVA”, es un homenaje a la mujer en todas sus edades: desde la inocencia de la infancia hasta la madurez que se contempla a sí misma con serenidad. Con un simple lápiz de grafito, Ana María abre un universo silencioso y hondo, donde cada línea es un latido. Autodidacta, discreta y perseverante, pinta como quien respira, como quien necesita dejar constancia de lo que la vida le susurra.
Pinta desde niña —dice que a los cuatro años ya hacía perspectivas—, pero tomó otro camino profesional: trabajó durante años en un compañía de seguros. y después como secretaria y educadora infantil, llegando incluso a dirigir su propia guardería. Hoy, sin embargo, tras vencer dificultades de salud, dedica su tiempo a lo que siempre la ha sostenido: pintar y escribir.
Sus dibujos son eso: un modo de seguir, de resistir, de transformar el dolor en belleza. Y quienes estuvimos allí, esta tarde de noviembre, lo supimos al mirarlos. Porque en ese universo de grafito, silencioso y luminoso, Ana María Barroso Molina nos recordó que el arte no se aprende: se vive.






Muchas gracias por estx maravilloso texto que me ha emocionado y llegado al alma. No me merezco tanto. Siempre agradecida. Un abrazo
ResponderEliminarAnamari te mereces esto y más nunca te has dado importancia así de humilde eres... pero los que tenemos la suerte de conocerte y disfrutar del arte que sale de tus manos nunca lo hemos puesto en duda eres una artista GENIAL y sabes impregnar a tus creaciones de EMOCION Y SENTIMIENTO...ENHORABUENA QUERIDA AMIGA...un abrazo
ResponderEliminar