Sombras luminosas en la Plaza de Las Marojas

 

Sombras luminosas en la Plaza de Las Marojas

Plaza de las Marojas



Paso las hojas suavemente mientras elevo la mirada hacia el tropel de flores violetas de la buganvilla. Me rodean como si formaran parte de un obsequio. Las maderas de la marquesina se sienten abrazadas con ternura y proyectan, hacia su invitado —sentado en un banco de hierro forjado negro—, una luminosa sombra.

El ensordecedor silencio de la plaza de Las Marojas, cercada por casitas de una o dos plantas, invita al sosiego y al enorme placer de la lectura en esta maravillosa tarde de primavera. Me siento completamente libre tras haber desconectado al controlador y espía telefónico, ese lobo silencioso con traje multicolor de servicio. Me abandono al paseo por las líneas de El mundo insomne, de mi admirado Stefan Zweig, que me acompaña desde la juventud y me ha enseñado tanto sobre personajes y entresijos de la historia.

Pienso en lo uniforme que se ha vuelto el mundo: en la forma de vestir, de sentir, de hablar, y hasta de divertirse. Todo parece tremendamente aburrido, como si hubieran pintado las paredes de nuestra prisión con colores diversos y falsas perspectivas de luz. Quizá solo quede la chispa de la iniciativa, esa divertida creatividad de algunos niños, como contrapeso al comportamiento soso y sin sentido de muchos adultos: imitaciones de la pequeña pantalla, pataletas, gestos forzados, payasadas y publicistas sin espíritu crítico.

A veces siento que mi mente puede dividirse y operar en dos planos: leer, mientras pienso en otra cosa. Imagino las líneas del libro como si fueran escalones, los mismos por los que, de niño, me deslizaba desde lo alto, subido en una tabla de madera, con una enorme satisfacción.

En otros momentos, como si fuera parte de una visita turística, recorro lugares y rostros de jóvenes que he conocido y que merecen mi recuerdo. Pienso, por ejemplo, en J.A. Manga, Ana Belén, Angelines, S. García, Patricia Gallardo, Marina González, Gely, Menéndez o Álvaro Mota, entre otros, durante aquellas jornadas culturales en Los Barrios. Me pregunto en qué estado estarán sus proyectos, cómo será ahora su ánimo y, sobre todo, qué ilusiones alimentan sus nuevos retos, que, sin duda, siempre merecerán la pena.

Así visito, en mi mente, a pintores, poetas, naturalistas, escultores, músicos, dibujantes… Los imagino en sus procesos de creación, de silencio, de tímida entrega. A todos ellos los invito y aliento —aunque sea desde este banco— para que sigan siendo el contrapeso de tanta mamarrachada, de tantos podios de importancia hueca, producto de que, cuando el hombre no se encuentra a sí mismo, no halla nada.

Esta tarde regreso por un paseo bordado de árboles generosos, con una disposición que me hace mirarlo todo con un colorido brillante, y con la ilusión esperanzadora de este nuevo lugar de vida. Mientras camino memorizo la Teoría de Sulzer, aplicada a una pequeña comunidad:
"La nación que, considerada en su totalidad, posea el gusto de lo bello estará siempre compuesta de personas más perfectas que las naciones en que el buen gusto aún no haya tenido ninguna influencia."

Ojalá este lugar esté cerca de mi deseo.


Comentarios

  1. mi comentario : desde la noble atalaya que le proporcionan sus ojos , Santiago mira y contempla lo que le rodea . A veces llego a pensar que es él quien se envuelve en su entorno y hace , como por encantamiento , que este hable por sí mismo . Se aparta en silencio , permitiéndole , al banco , a la plazoleta , a las bouganvillas , que expresen sus emociones personales a través de ellas . En definitiva , un placer para los sentidos del prójimo que queda , como siempre , conmovido y obligado a dar las gracias .

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  2. Brillante artículo. Enhorabuena

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