El poder de una buena charla
Me reconforta mantener una buena conversación, de esas que se dan sin miedo, porque el miedo es la puerta que oculta lo que aún no estamos listos para ver. Me basta con que esa charla me arranque una suave sonrisa, esa que hace que mis pequeños ojos se entornen, como si temieran un ataque de rayos de sol. Me gusta escuchar lo que comentan los demás: son proyecciones de sus ideas y, en el fondo, de su propia persona. A veces me preguntan de dónde saco lo que escribo. Y la verdad es que muchas veces surge de ahí, de ese intercambio silencioso y poderoso que se da al hablar y escuchar.
Un sitio propicio para que surjan ideas es la cafetería de Jerónimo, a la que llamo, con cierta complicidad, mi cuartel general del conocimiento. Es uno de esos lugares que me inspiran y donde las ideas brotan una tras otra, como luces de coches dirigiéndose a un supermercado en plena víspera de Navidad. Llegan movidas por razones diversas, muchas veces sin una causa clara que las justifique. Aparecen sin previo aviso, sin ser invitadas, y simplemente se suman a la conversación interior.
Puede que para algunos una conversación no signifique gran cosa. Se muestran huidizos, con prisas, como si aceleraran el paso para llegar a ninguna parte. Sin embargo, para mí, una sola frase o palabra bien dicha merece todo el tiempo que haga falta. En este sentido, no se trata de elegir a los interlocutores por los beneficios que puedan ofrecernos, sino de estar atentos al consejo de Goethe: “Él ha aprendido, él puede enseñarnos”. Negar que cualquiera puede enseñarte algo es, simplemente, de necios.
Como en otras ocasiones, desayuné con mi amigo Paco. Ese día acudió especialmente elegante: chaqueta clara a juego con el pantalón, bien rasurado, aseado, y con su pelo frondoso, plateado y brillante. Sus gafas colgaban del cuello con un cordoncillo marrón que le daba un punto de distinción serena. Mientras me compartía unos datos necesarios para uno de mis próximos proyectos —como si los desenvolviera con delicadeza de un papel de seda—, llegó Rita y se unió a nuestra mesa.
Entonces la conversación giró en torno a Nacho: la dureza de vivir con su ausencia, su amor por la escultura, su dedicación, y los proyectos que emprendía como artista y junto a su familia. Fue un momento mágico, que me hizo imaginarme bajo el dintel de su taller, observando en silencio el movimiento ágil de sus manos. Entre tanta emoción, también hubo espacio para una anécdota simpática, de esas que, con los años, permiten decir: valió la pena. Pasamos un buen rato entre amigos, y lo mejor fue ver a Rita sonreír al recordar aquellos buenos momentos.
Más tarde, Paco me acompañó a recoger los periódicos que le guardo. Poco después entró Paula, que venía a consultar un trabajo que había elaborado con todo el cariño. Tiene una forma de comunicar clara y directa, con una voz de terciopelo negro, que me ayudó a entender bien lo que buscaba transmitir. Su proyecto, colmado de imaginación, refleja a una persona creativa e inteligente. Además, su naturalidad y ausencia de complejos facilitaron una breve conversación en la que expresó un punto de vista muy acertado.
Antes de que Paco se despidiera, comentamos —quizá con cierta sorpresa— lo interesante que había resultado la mañana, algo poco habitual. Pero, como se suele decir, no hay dos sin tres, y esta vez fue para bien. A las pocas horas, el local se llenó con un “buenos días” claro y directo, pronunciado por mi amigo Félix: un saludo sincero, sin ropajes ni formalidades.
Nuestros temas suelen abordar cuestiones de actualidad. A veces son sencillos, como pequeños arroyos que transcurren de forma apacible. Pero en otras ocasiones, desembocan en un río turbulento, que arrastra demasiada maleza y resulta difícil de vadear.
En cualquier caso, casi siempre surge alguna referencia a los artículos que suelo publicar. A Félix le interesó especialmente el que dediqué al ajedrez, por su cercanía al tema durante su etapa como docente. Aprovechando la conversación, le planteé una curiosidad: quería saber la altura de un eucalipto que crece junto al edificio donde vivo. Recordamos juntos algunos métodos posibles para calcularla.
Mencionamos el uso de un medidor láser, apuntando a la cima del árbol; también la opción, más rudimentaria, de usar una grúa y dejar caer una plomada para después medir la cuerda. Descartamos aplicar el teorema de Pitágoras —esa hipotenusa que tantas veces aparece—, porque solo conocíamos un lado: la distancia horizontal al árbol.
Finalmente, Félix propuso una solución más accesible: aplicar el teorema de Tales. Consiste en colocar un objeto de altura conocida al mismo tiempo que se proyecta su sombra. Se mide su sombra y la del árbol en ese mismo momento, y con una simple regla de tres, se calcula la altura del eucalipto.
¿Lo hacemos?
- Tengo una altura de: 1,80 m
- Mi sombra ha medido: 2,20 m
- La sombra del árbol ha medido: 50 m
- Queremos calcular la altura del árbol
Cálculo con regla directa de tres (proporción directa, como establece Tales:
La altura del árbol sería aproximadamente 40,91 metros
Al final del día, lo que más valoro no son las grandes gestas ni los reconocimientos, sino haber estado presente. Escuchar con atención, sentarme a la altura de los demás y compartir el momento. Desear que los que ahora no pueden, pronto se restablezcan y retomen sus actividades cotidianas. No hace falta estar en la tribuna para sentirse pleno; basta con mirar a los ojos, sin prisa ni orgullo, y dejar que la conversación haga su trabajo.


¡Qué bonito conversar y aprender al mismo tiempo! Me ha encantado - como siempre - tu manera de desarrollar y narrar las historias de tu alrededor. ¡Un abrazo para tí y tus lectores!
ResponderEliminarMuchas gracias. Otro para ti.
EliminarQue bonitooo
ResponderEliminarGracias x estar ahí todas las mañanas
Gracias por leerlo. Es un placer estar, además no estoy dispuesto a renunciar.
Eliminarno hay hora del día de la pueda prescindir . De estas , las primeras , al aproximarme y una vez en el Café de Jerónimo , siento que quienes me rodean van a darme los ánimos suficientes para disfrutar del resto de la jornada . El encuentro del lunes , narrado por Santiago con el calor y sensibilidad que siempre le pone a sus palabras , no lo olvidaremos nunca por haber sido tan especial . Jerónimo , tu local es un vivero de emociones agradables . Gracias , a ti por abrirnos tus puertas con una sonrisa y a Chippi por hacer visibles tantas vidas y afanes .
ResponderEliminarCada momento es irrepetible, y algunos son especiales, este lo fue. Me encantó porque me inundó de normalidad.
EliminarMe ha encantado.
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