SEMANA SANTA - Domingo de Ramos
| Talla en la Iglesia de San Isidro el Labrador- Los Barrios |
El Domingo de Ramos marca el inicio de la Semana Santa, una jornada de júbilo y fervor en la que se conmemora la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén. En muchas ciudades, la procesión de La Borriquita llena las calles de niños y familias portando palmas, reviviendo aquel momento histórico con el mismo entusiasmo de los habitantes de la Jerusalén de entonces.
San Juan, en su evangelio, nos da un punto de partida para esta reflexión: «Seis días antes de la Pascua, Jesús se fue a Betania, donde estaba Lázaro, a quien Jesús había resucitado de entre los muertos.» (Jn 12,1). El Maestro y sus discípulos llegaban desde Jericó, probablemente a través del wadi Qetl, también conocido como «camino de sangre» debido a los frecuentes ataques de bandidos. A su llegada, «una gran muchedumbre de judíos supo que se hallaba allí, y vinieron, no solo por Jesús, sino por observar a Lázaro, a quien había resucitado de entre los muertos...» (Jn 12,9-11). Querían ver al Señor, pero también al que había sido resucitado tras cuatro días en el sepulcro, un matiz que a menudo pasa desapercibido.
Los evangelios relatan con precisión cómo Jesús preparó su entrada en Jerusalén, eligiendo el camino más corto para visitar el Templo y regresar, sin dejar nada al azar. Instruyó a sus discípulos con claridad: «Id al pueblo que está enfrente de vosotros, y no bien entréis en él, encontraréis un pollino atado, sobre el que no ha montado todavía ningún hombre. Desatadlo y traedlo. Y si alguien os dice: “¿Por qué hacéis eso?”, decid: “El Señor lo necesita, y que lo devolverá enseguida”». Sus seguidores cumplieron sus instrucciones y llevaron el animal, sobre el cual Jesús montó tras colocarle mantos.
Jesús se aproximó a Jerusalén montado en un asno, cumpliendo la profecía de Zacarías (9,9-10), que anunciaba un Mesías pacífico: «Él proclamará la paz a las naciones...». En aquel día de primavera, cercano a la Pascua judía, miles de peregrinos llegaban a la ciudad. Muchos se alojaban en tiendas improvisadas en los alrededores. Un grupo de seguidores extendía sus mantos en el suelo, como una alfombra roja, mientras otros agitaban ramas cortadas de los campos cercanos y entonaban alabanzas. Quienes habían escuchado sobre la resurrección de Lázaro se acercaban para conocer a Jesús.
Así como en Jerusalén la multitud agitaba ramas de olivo y palmas, hoy en nuestras calles vemos cómo niños y mayores acompañan al paso de La Borriquita con palmas en alto, repitiendo aquel mismo gesto de alabanza.
El evangelio de Juan menciona que la multitud tomó ramas de palmeras y salió a recibirlo. Estas palmas crecían en la parte oriental del Monte de los Olivos, cerca del Huerto de Getsemaní. Esto sugiere que una multitud venía desde la ciudad, cortando ramas y subiendo la colina para encontrarse con quienes descendían con Jesús. Es posible que los evangelistas se hayan centrado en distintos grupos y recorridos, y que el «discípulo amado» tuviera un papel organizador en este recibimiento, lo que explicaría su conocimiento sobre las inquietudes de algunos griegos por hablar con Jesús y la intervención de los fariseos que le recriminaban.
Las manifestaciones de aquel día simbolizaban el triunfo. En Roma, los generales victoriosos eran recibidos con palmas tras sus conquistas. El olivo, por su parte, tiene un significado aún más antiguo: en el Génesis, la paloma enviada por Noé regresa con una rama de olivo en el pico como señal del fin del diluvio. También se usaba para coronar a los vencedores en los Juegos Olímpicos.
Cada Domingo de Ramos, las calles se convierten en una nueva Jerusalén, donde revivimos con fe y alegría la entrada del Mesías, recordándonos que su mensaje sigue más vigente que nunca.
Desde nuestra perspectiva, vemos una escena cargada de simbolismo, pero en aquel momento ni siquiera los discípulos comprendieron su significado. Jesús, aclamado como Rey y Mesías, entró en Jerusalén no en un imponente caballo como los conquistadores, sino en un humilde pollino. Su mensaje era claro: no buscaba someter por la espada, sino conquistar los corazones con palabras de amor y conversión.
Atravesó el Monte de los Olivos, posiblemente cruzó el valle del Cedrón y, entre paisajes floridos de blancos, verdes, azulados, amarillos y escarlatas, divisó la ciudad. Fue entonces cuando lloró. Sabía el destino de sus construcciones y su gente. Finalmente, «entró en Jerusalén y penetró en el Templo, donde después de observar todo a su alrededor, siendo ya tarde, salió con los doce para Betania» (Mc 11,11).
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