Europa: Cuna de cultura… y de guerras mundiales
| Redl Alfred (1864-1913) Dominio público commons.wikimedia. |
Curiosamente —o quizás no tanto— las dos guerras mundiales comenzaron en Europa. Un continente que se jactaba de ser el faro de la civilización, del arte, la ciencia y la política ilustrada, pero que también supo incubar las peores catástrofes bélicas de la historia moderna. Hoy, mirando el mapa global y escuchando el eco de los tambores de guerra, muchos se preguntan si no estaremos, otra vez, caminando dormidos hacia un tercer gran conflicto.
En medio de ese clima enrarecido, vale la pena recordar cómo, mucho antes de que estallara la Primera Guerra Mundial, ya existían signos claros de fracturas internas, de espionaje, traición y decadencia moral en los grandes imperios europeos. Uno de esos signos fue Alfred Redl.
El asunto “Redl” es poco conocido, como todos los episodios que ocurren en un segundo plano de la historia. De él escribe Stefan Zweig con detalle, precisamente porque llegó a conocer al coronel Redl, héroe de uno de los dramas más complicados del espionaje. El coronel, de aspecto parecido al de cualquier buen oficial austriaco, era el hombre de confianza del heredero del trono; le habían encomendado la importante tarea de dirigir el servicio secreto del ejército, con la tarea de contrarrestar el del enemigo. Pues bien, resulta que se filtró la noticia de que en 1912, durante la crisis de la guerra de los Balcanes, cuando Rusia y Austria se movilizaron la una contra la otra, el secreto más importante del ejército austriaco, “el plan de operaciones”, había sido vendido a Rusia, algo que, en caso de guerra, habría provocado una catástrofe sin precedentes, pues de ese modo los rusos habrían conocido de antemano, paso a paso, todos los movimientos tácticos de la ofensiva austriaca. El pánico que provocó esta traición en los círculos del estado mayor fue terrible; al coronel Redl, como experto máximo, le incumbía la misión de descubrir al traidor, que solo podía hallarse entre los oficiales de mayor graduación. A su vez, el Ministerio de Asuntos Exteriores, que no confiaba del todo en la capacidad de las autoridades militares, dio la orden, sin informar antes al estado mayor, de investigar el caso por separado y, a tal fin, encargó a la policía, entre otras medidas, que abriera todas las cartas que llegaban del extranjero a las listas de correos, sin respetar el secreto postal.
Un buen día llegó a una estafeta de correos, a la dirección cifrada Opernball, una carta procedente de la estación fronteriza rusa de Podwoloczyska que, una vez abierta, contenía seis o siete billetes de mil coronas austriacas. Este sospechoso hallazgo fue inmediatamente enviado a la jefatura de policía, la cual dio la orden de apostar un detective al lado de la ventanilla a fin de detener en el acto a la persona que reclamase la sospechosa carta.
A eso de las doce del mediodía un hombre se personó en la estafeta para pedir la carta a nombre de Opernball. El funcionario de correos hizo de inmediato la señal convenida al detective. Pero el detective había salido a tomar un aperitivo y, cuando regresó, solo pudo comprobar que el desconocido había subido a un coche de punto y se había marchado en dirección desconocida. En aquella época de coches de punto, recibían asistencia de aguadores y personas que los limpiaban, y enfrente había uno que se había fijado en el número del coche. Se informó a todas las comisarías y encontraron al coche. El cochero ofreció la descripción de la persona que viajaba y que lo trasladó al café Kaiserhof, lugar que frecuentaba y donde lo conoció Zweig. En el coche encontraron la navaja con la que se abrió el sobre. Cuando la policía llegó al café, el individuo había salido, pero los camareros le identificaron como el coronel Redl, y que acababa de regresar al hotel Klomser.
El coronel Redl, jefe supremo del servicio de espionaje del ejército austriaco, era al mismo tiempo un espía pagado por el estado mayor ruso. No solo había vendido secretos y el plan de operaciones, sino que ahora, de repente, por fin quedaba claro por qué durante los últimos años todos los espías austriacos que él enviaba a Rusia habían sido detenidos y condenados.
Después de numerosas gestiones, se logró contactar con Franz Conrad, jefe del estado mayor austriaco, quien informó y finalmente se comunicó al palacio imperial. ¿Qué hacer para que no pudiera escapar? Cuando iba a salir del hotel, y en el momento de dar un encargo al portero, un detective se le acercó con disimulo, le mostró la navaja y le preguntó amablemente: “¿Por casualidad el coronel se ha dejado olvidada esta navaja en el coche?”
En aquel instante el coronel supo que estaba perdido. Cuando volvió al hotel, dos de ellos lo siguieron hasta su habitación y le dejaron allí un revólver. Pasadas las dos de la madrugada se escuchó un disparo en la habitación del Hotel Klomser.
Al día siguiente apareció en los periódicos de la noche una breve nota cronológica en honor del benemérito coronel Redl, muerto de repente. Después se supo que el coronel tenía inclinaciones homosexuales, y había estado en manos de chantajistas.
Una sola persona había puesto en jaque la seguridad de todo un imperio, y podría haber causado miles de bajas en caso de guerra.
Este suceso puso al descubierto lo cerca que había estado el estallido de la Guerra Mundial.
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