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Utilización de perros en el contrabando desde Gibraltar

 

Utilización de perros en el contrabando desde Gibraltar


Juan Manuel Ballesta Gómez




 Entre las numerosas formas de tratar de evitar la vigilancia del tráfico ilícito de ciertos artículos provenientes de la colonia británica, el uso de perros transportistas tuvo un marcado protagonismo en épocas pasadas.

Este informe hecho por encargo de la Administración británica es muy ilustrativo. Viene a decir en un párrafo introductorio: Los traen por la mañana y los tienen sin comer. Reunidos en el Nortb Front, ya enjalmados con 20 0 30 libras de tabaco, corren hacia La Línea en busca de sus perreras donde los liberan de la carga y son bien alimentados. Uno de los firmantes del escrito recoge lo que vivió la noche del 14 de enero de 1888: “ Conté 21 animales en media hora. Pregunté a un hombre por qué le colocaban tan poco peso (unas 14 libras) a cada uno. Contestó que últimamente había ganado poco dinero y no podía invertir más en la compra de mercancía”. (“The Civil Population and Smuggling in reltion to Defense”, Colonial Office, 7 mayo 1889).

Más sabroso aún es el siguiente relato publicado en Gibraltar el 13/03/1891 por El Anunciador. Diario independiente. En su primera páginase lee: “Escuché varios disparos, próximo a la fonda donde me hospedaba en La Línea. Al levantarme pregunté por las causas de aquel tiroteo. Me contestaron que eran agentes de la Tabacalera, los blanquillos, que disparaban a los perros y no perros que sospechaban pudieran llevar tabaco. Lo mismo se repitió en las noches siguientes. Se da el caso de que una bala penetró, no hace mucho, en el dormitorio del súbdito británico Sr. Parodi, causando el pánico consiguiente”.

La Ordenanza sobre Tabaco (Tbe tobacco Ordinance), promulgada el 1 de septiembre de 1896, siendo gobernador Sir Robert Biddulph, advertía que “ no se permitirá la entrada y salida de Gibraltar, por tierra o por mar, de perros utilizados o que se sospeche puedan ser utilizados para el contrabando, y cualquier persona que introduzca o trslade o atente introducir o trasladar tales perros habrá de enfrentarse a lo establecido en esta Ordenanza”. Pocos días después, comerciantes, industriales y propietarios elevaban sus quejas al secretario de Estado para las Colonias, al considerar el texto legal en su totalidad más bien dirigido a proteger el monopolio privado de un país extranjero y a restringir el libre comercio. (Gibraltar Chronicle, 1 y 9 septiembre 1896).

La norma no parece que fuera respetada, a la vista de los continuos memorandos de la Policía y Capitanía del Puerto. A lo largo de 1897, mediante práctica que venía de antiguo, los contrabandistas desembarcaban con sus perros en las cuevas situadas en la costa oriental y aprovechaban las noches oscuras y el viento de poniente para introducir sus mercancías en España. A veces, en la playa dando a la bahía acudían hasta 50 perros dirigidos por españoles, cuyos botes los esperaban a corta distancia de la orilla. En una de las escaramuzas, en la madrugada del 22 de mayo, los carabineros detuvieron cerca del Espigón de San Felipe a un individuo conocido como El Jorobado quien, a bordo de uno de los botes con perros, había amenazado con un cuchillo a la patrulla marítima inglesa. Al verse cercado, arrojó a los canes al agua. (Gibraltar National Archives, C.S.O., n.º 874). En las operaciones participaban también mujeres que, desde la ciudad, escondían el tabaco bajo sus ropas. Uno de los partes de la Policía informaba que, a las 4:30 del 10/01/1897, 25 perros, cargados con tabaco alrededor del cuerpo, estaban esperando en el Campo Neutral el momento para correr hacia La Línea (GNA,C.S.O., n.º 255).

Los llamados perreros son los que se encargaban de ir por los pueblos cercanos para enlazar a todos los que pudieran. Reunida una buena cuerda (serie de ellos amarrados por el cuello), en número no inferior a 50 ejemplares, se encaminaban a La Línea y, en pequeños grupos y por distintas calles para no hacerse notar, los conducían a los corrales donde era escasa la alimentación, pero no las palizas.

Allí los compraban los educadores, quienes como examen preliminar los arrojaban al agua llevando el arné y la carga. Los que no sabían nadar sin hacer ruido eran desechados. La primera lección era aprender el camino a casa. Como “la letra con sangre entra”, a base de palos superaban la prueba. El siguiente curso comprendía cogerle miedo a los carabineros y tabacaleros. Para ello, sus dueños se disfrazaban con uniformes de tales cuerpos y, apostados en el camino de vuelta a la perrera, la emprendían a estacazos con los alumnos hasta que cogieran aversión a esos funcionarios.

Pero, como todo es pasajero, a esta actividad también le llegó su fin. “Quedan, arrastrando una absurda vida sin horizontes, los míseros contrabandistas que utilizan perros amaestrados para transportar el alijo, unos pocos cuarterones de tabaco de picadura de venta cada vez más problemática, porque se ha impuesto el uso de los cigarrillos hechos. (Isidoro Montero de Cózar: “El fenómeno lingüístico de Gibraltar”, Area, 4 octubre 1963).



Publicado en el Cultural de La Línea abril 2021 nº 11

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