EL TEMPLO DEL REY SALOMÓN
| Maqueta en Jerusalén- CHIPPI |
El templo construido por el rey Salomón alrededor del año 960 a.C., con el objeto de servir como principal lugar de culto de los israelitas, estaba situado encima de la explanada del monte Moriá. En ese lugar se ubican actualmente el Muro de las Lamentaciones, la Cúpula de la Roca y la Mezquita de Al-Aqsa en Jerusalén. El primer santuario permaneció ejerciendo sus funciones hasta el 586 a.C., fecha de su destrucción por el rey Nabucodonosor II.
En el 535 a.C. comenzó la reconstrucción del lugar sagrado, finalizando dos décadas más tarde. Pero, cinco siglos después, Herodes el Grande inició una sustancial renovación y ampliación en el Segundo Templo, concretamente en el 23/20 a.C., según Josefo. La obra completa no se terminó hasta el año 63 d.C., siendo el templo visitado por Jesús de Nazaret.
Aquel recinto era el lugar de culto más trascendental del mundo judío, y también el centro sobre el que giraba toda la vida religiosa y política de los israelitas. En este sentido, Josefo estima que las personas presentes en Jerusalén durante la celebración de la Pascua rondaban los 2.770.000 (Guerras VI, IX, III).
El rey mandó agrandar la plataforma existente del anterior templo para disponer de una superficie pavimentada de forma aparentemente rectangular, cuyas dimensiones eran 485 x 468 m. La tapia del norte medía 315 m de largo, y la del sur, la menos extensa, solo 278 m. El monte del templo de Herodes era la estructura más colosal de su clase en el mundo antiguo, con 59 hectáreas que permitirían contener veinticuatro campos de fútbol (Sanders).
En la reconstrucción participaron mil carros para el traslado de piedras y diez mil obreros especializados. Además, consiguió mil vestiduras sacerdotales destinadas a esta clase de trabajadores, a quienes enseñó a trabajar con diversos materiales, posiblemente para la edificación de la parte más sagrada. Extraídos los antiguos fundamentos, levantó un templo de 45 m de largo y 9 m de alto, realizado en piedra blanca muy dura.
Las puertas de entrada, con sus dinteles altos, estaban adornadas con diversos colores formando flores purpúreas y columnas. Además de esto, por encima de ellas corría una vid de oro con racimos pendientes, una maravilla de grandeza y de arte, un trabajo extraordinario. Del mismo modo, rodeó el complejo de columnatas, más opulentas que las anteriores; nadie había visto jamás el lugar de culto tan bellamente ornamentado.
El recinto del Templo tenía acceso a través de cinco puertas, la más utilizada y principal estaba situada en el lado sur. Estas se llamaban Hulda: una de entrada triple y otra de salida doble. Tras penetrar al interior por el portón triple, se desembocaba en el patio de los Gentiles. El peregrino ahora veía el Templo frente a él; a su espalda quedaba el Pórtico Real, y a su derecha, el de Salomón.
Era norma que al entrar en el recinto del Templo se hiciera por la derecha, y al salir, por la izquierda. El gran atrio de los gentiles formaba la plataforma inferior o exterior del santuario, presentando un pavimento de mármol jaspeado. Este era el emplazamiento dedicado a la venta de bueyes, ovejas y palomas, y la ubicación de las mesas de los cambistas que el Señor volcó. A poca distancia, una pared de mármol de 1,40 m de altura, hermosamente adornada, exhibía inscripciones griegas y latinas prohibiendo a los gentiles ir más allá bajo pena de muerte.
El Pórtico Real era el más sensacional, consistía en un largo corredor con una nave central, cuyo techo alcanzaba los 32 metros de altura, según la reseña proporcionada por Josefo, complementada con la Midot de la Misná.
El Pórtico de Salomón era el más venerable, al disponer de restos del Primer Templo. Situado en el lado oriental, estaba construido con dobles hileras de columnas corintias, todos los monolitos cortados de un solo bloque de mármol con una altura de 11,4 m, que soportaban un techo plano, ricamente ornamentado. Entre las pilastras encontraron a Cristo sus padres, aún siendo niño, discutiendo con los doctores. Más tarde, fue el lugar elegido para enseñar, y posteriormente, los discípulos continuaron reuniéndose allí cada día (Hch 2, 46-47). Precisamente en ese lugar "Jesús andaba" en la "fiesta de la dedicación" (Jn 10:23), cuando les dijo abiertamente "Yo y el Padre uno somos". Allí también "corrió todo el pueblo quedando atónito al contemplar la 'manifiesta señal' de la curación del cojo en la Puerta Hermosa del Templo".
El santuario, el lugar más sagrado, disponía de ocho puertas cubiertas de láminas de oro y plata. Entrando por la principal, denominada “Puerta Hermosa”, se penetraba en el atrio de las Mujeres, que disponía de trece cepillos en forma de trompeta para depositar las limosnas. De este atrio se pasaba al llamado de Israel para entrar en el de los Sacerdotes. Tras él, aparecía el "Santo de los Santos" o santasanctórum.
El esplendor arquitectónico del Segundo Templo superaba al primero, pero era inferior en gloria al observar el espacio santísimo totalmente vacío. Ya no brillaban en el santuario el Arca de la Alianza con los querubines, las tablas de la ley, el libro del pacto, la vara de Aarón que reverdeció o el pote de maná. El fuego descendido del cielo sobre el altar se había extinguido, y en particular, lo más solemne estaba ausente: la presencia visible de Dios en la Shekiná. Cesó de determinarse la voluntad del Creador por medio del Urim y Tumim, y no se podía ungir al sacerdote, habida cuenta del desconocimiento de la composición del "aceite santo".
Fuente: El Cultural de La Línea agosto 2020 nº 3 Santiago Chippirraz
| Muro de las Lamentaciones |
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