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Siempre hay un lugar para la inspiración


Siempre hay un lugar para la inspiración




 Mientras paseaba inmerso en mis pensamientos alrededor de mi "templo", evocando la grandeza del Templo del Rey Salomón, contemplaba los portales. Ya sea la Kaaba durante el Hajj, la peregrinación islámica, o el templo de Bodh Gaya, cerca del árbol Bodhi, donde se dice que Siddhartha Gautama alcanzó la iluminación. Quizás entre los arcos en medio del solemne silencio de uno de los numerosos conventos, con la cabeza inclinada, acompañado por el penetrante aroma de algunas flores y el suave murmullo de una fuente, tan común en nuestra tierra. En esta ocasión, caminé despacio, y casi al finalizar mi paseo, pensé que sería apropiado completar mi reflexión en este día melancólico y sombrío, dirigiéndome al Museo Cruz Herrera.

De vez en cuando, me gusta sumergirme en las obras de otros. Esta vez, las salas estaban repletas de exposiciones. Comencé mi recorrido admirando las fotografías de los miembros de AFAL: Amparo Adans, Manolo Roca, José Manuel Maiquez y otros. De todos ellos, seleccioné una de las obras, prefiriendo no identificar a los autores.
















En la primera planta, pude contemplar la impresionante colección de José Luis Torres, quien era en su mayoría desconocido para mí hasta entonces.





Dos salas albergaban la exposición de Jesús Arceiz, con sus extraordinarias fotografías de los confines del universo, donde uno puede perderse imaginando lo diminuto que somos.




Mientras paseaba, contemplaba con admiración los variados modelos de costura que exhibían los maniquíes, cada uno con el nombre de su diseñador claramente rotulado.


Aunque he visto las obras del pintor Cruz Herrera en varias ocasiones, nuevamente recorrí sus salas, especialmente deleitándome con su período en Marruecos. Los diversos trajes de las mujeres y los hombres, y su colorido, cada uno pareciendo pertenecer a una etnia distinta, con usos para diferentes ocasiones, me fascinaron. Me detuve durante un tiempo frente a un cuadro en particular, el cual les mostraré. Habla tanto, comunica tantas cosas, que sería insuficiente escribir sobre él en solo cinco páginas. Observo los detalles con asombro, es extraordinario, al punto que juraría que es capaz de ver más allá de lo visible.



 Finalizo mi visita al museo aproximándome a ese patio acristalado que muestra lo que me parece una obra del escultor Sylvain Marc.





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