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El Lado Oscuro de los Banquetes Cortesanos

 

El Lado Oscuro de los Banquetes Cortesanos

En un artículo previo, exploramos la figura de Eneas Silvio Piccolomini (Pío II), analizando sus cargos y las vicisitudes vinculadas a su trayectoria de poder. En esta ocasión, me he enfocado en aspectos diferentes, incluyendo las descripciones que el propio autor ofrece y que merecen ser destacadas. 

Imagina encontrarte en un mundo donde la comida es una pesadilla. Olvídate de los suculentos filetes o los platos exquisitos que ves en las películas. Aquí, quiero compartir contigo la historia de Eneas Silvio Piccolomini, quien más tarde se convertiría en el Papa Pío II. Este hombre fue nombrado secretario imperial por Federico III de Alemania, en un período que él mismo describiría como aterrador.

En su relato, Eneas Silvio cuenta: "El primer aviso me llegó apenas después de prestar juramento como secretario. Nadie pareció dar importancia a mi nombramiento; nadie se tomó la molestia de decirme dónde estaría mi alojamiento, cuál sería mi salario y quiénes me ayudarían en la importante labor encomendada por el emperador. Incluso desconocía lo que se esperaba de mí. Para empeorar la situación, el único que podía ayudarme, Gaspar Schlick, se quedó en Nuremberg, dejando al frente de la Cancillería al peor individuo que pudieron elegir: Guillermo Tatz."

Tatz me sumió en un auténtico infierno. Me trataba como si fuera el último de los escribientes, sin ofrecerme un lugar en la mesa ni la más mínima privacidad en el dormitorio que compartíamos. Su desprecio hacia mí era constante, y los detalles eran verdaderamente impactantes. Pero centrémonos en otro aspecto.

Recopilé material para uno de mis libros más extraordinarios, al que titulé "De miseriis curialium" (Las fatigas de los cortesanos). En sus páginas, plasmé un sombrío mundo que había sido mi realidad. Uno de los pasajes más comentados, tanto por jóvenes como por adultos, se refería a las comidas de los cortesanos y a las hambrunas que experimenté mientras trabajaba para Guillermo Tatz.

Ahora, cambiemos de tema y adentrémonos en la descripción de la comida en la corte. No esperes un festín gourmet, sino más bien un auténtico desastre culinario.



No pienses que te ofrecerán carne diferente de la de bueyes viejos, cabras, cerdos y osos, y además, no será carne fresca. Los proveedores suelen adquirir la carne cuando está empezando a descomponerse y a desprender malos olores, ya que cuanto más económica sea, más ganancia obtendrán.

La carne, si te llega, estará fría, dos veces asada, sucia y sin sabor, hediendo a humo y llena de ceniza y de carbones; o guisada sin tocino ni salsa y sin especias. Las coles, podridas; los nabos, marchitos y mohosos, y las legumbres, garbanzos, habas y lentejas, mezcladas con piedras, tierra y ceniza. Pocas veces vendrás el queso delante de ti, y si viene será lleno de gusanos y suciedad, y más duro que una piedra.

Además los manjares que has de comer serán siempre los mismos: de manera que muy fácilmente podrás saber qué vas a comer todo el año, lo cual mucho disminuye el apetito y las ganas de comer, y aumentará tus sueños en variedad de comidas.

Otro cuadro era el comedor que utilizábamos, y los sirvientes que nos atendían. ¡Jamás los encontré peores que en el mundo de los cortesanos!

Acostumbran en Palacio a poner sobre la mesa diversos manjares, pero nunca te los darás por el orden que tú deseas; siempre traerán primero lo que tu querías para postre. Y cuando estés harto de pan duro y de roer un espinazo de oso, entonces te ofrecerán los manjares mejores y más sabrosos, de manera que estomagado y relleno no los comas. O si los comieses, te den ahíto del que te venga gran daño.




Uno de los sirvientes está enojado porque le pides algo, ya que él está de pie mientras tú permaneces sentado en la mesa. Si miran a la mesa para ver lo que falta, y lo ven, no lo reponen. Muchas veces te faltará pan y vino, pero no osarás pedirlo por temor. La verdad es que mayores son las penas de quienes están de pie sirviéndote, que cada vez que muerdes un bocado abren la boca contigo y solo arrebatan el aire. Y porque solamente han de comer lo que a ti te sobrare.

Mira además cuántas manos nadan en la fuente buscando un trozo de carne, cuántos cuchillos menudean:¡qué peligroso es meter allí la mano si no llevas un guante de malla! Como dicen que sucedió  aun florentino delante del arzobispo de Trigonia, que mordió un pedazo del dedo de su mano pensando fuese carne de ternera o de vaca.

Ninguna esperanza de que limpien las copas antes de que los encargados sirvan de beber, aunque la basura esté pegada al fondo, o alguien haya escupido dentro. Aquí pasa como en las iglesias con el agua bendita, las copas de vino con la que beben los cortesanos se vacían y lavan una sola vez al año. Beben otros antes en tu copa y tú bebes donde otro puso antes su barba piojosa y una boca llena de babas o unos dientes podridos y sucios.

Las mesas en las cortes estan cercadas de apresurados comedores por todas partes. Los manjares han de pasar por encima de tu cabeza y de tus hombros, de manera que alguna vez derraman todo el potaje encima de ti. El uno te aprieta, el otro eructa y aún vomita en tu propia cara. Pero nadie se mueve porque perdería el sitio.

Si por ventura los sirvientes te ofrecen algún cabezal de pluma, prepárate para sufrir piojos, pulgas mosquitos y otras infinitas bestezuelas que muerden  y apestan como el diablo. Y nunca dormirás solo sino cuando deseares tener compañía.


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