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Recuerdos

 

Recuerdos

            Javier Montesinos García


Dicen que nací al compás de una soleá, en un lugar cualquiera, con voces de luna llena, despacito, como se suele nacer…sin na… Sobre dunas de arena fina y brisas con olor a mar. En tierra de hombres fuertes, en tierra de mujeres valientes.

Crecí al pie de una gran roca y cuentan que poco a poco me fui rodeando de gente que me abrazaba y me adoptaba como la lapa se agarra a la piedra que le sirve de sostén y de albergue. Esa gente, a la que yo veía e igualmente sentía que con el paso del tiempo sería mi gente, esa que te acompaña y que crece junto a ti a lo largo de una vida. 

A medida que pasaban los años todo cobraba vida. Brotaban casitas sencillas, juntas, compañeras. Hechas de chapa de hojalata, madera y cartón y a veces de mampostería a base de piedra y mortero de cal y arena.

Los amaneceres eran un soplo de energía que contagiaba a la chiquillería en las mañanas del mes de Julio, acompañadas por los cascabeles de las cabras de Pepe el lechero quien las paseaba por las calles, ordeñándolas en la misma puerta de la casa atendiendo a las demandas de las vecinas.

El desayuno con café de pucherete o de malta, según procediera de Gibraltar o de la península, acompañado del pan migao, era todo un acontecimiento. A veces, las menos, la rebaná se untaba con manteca del “Pato” y otras era el “pan inglés” el que se veía pringao. 

Antes de que el sol apretara, tocaba preparar los avíos para lavar la ropa. Alrededor del pozo que las presidía majestuoso en el mismo centro, las mujeres colocaban su baño de cinc, el jabón lagarto, la tabla de lavar y por supuesto…agua. Agua de ese manantial que con tanta alegría nos regalaba a través del cubo o “cantín”, como se le decía por esta tierra, tirado por una cuerda o cadena que pasaba por una carrucha a menudo procedente del arsenal de Gibraltar. Todas las vecinas se reunían en un corrillo regado por los comentarios de algunas, alegres en la mayoría de los casos y no tanto en otros, que también los había.

—María, hoy tengo “moruna” pa la comía..., decía alguna.

—Po yo voy hacer “en blanco” y jureles azaos, respondía la Pepa.

—Papas fritas y huevos pa mi Manolo y pa mí, espetaba Encarna con la alegría de quien hace su primera comida de recién casada.

En la sombra, en un rincón sentaíta, en silencio, con rostro arrugado y sereno, enjuto y cargado de historia, señora Carmen vestida de riguroso luto, descansaba sus muchos años. Con la mirada casi perdida, escuchaba atenta los diálogos de las lavanderas asintiendo con la cabeza, quizás recordando sus tiempos de mocita y disfrutando de los chascarrillos de unas y otras.

—Niña ¡¡caña pa los cordeles!!… Ahí llegaba la Angustias, la gitana que con su chavalillo enganchao a la cadera iba pregonando sus canastos y sus cañas. Como casi todos los días, se sentaba en el suelo junto a las demás mujeres para darle la teta al chiquillo y recogiéndose el refajo para descansar… ¡eran otros tiempos…!

¡¡María, Zardinaa pa la moruna!!...¡¡Jurelee pazarloo!!... Con voz potente, el Motrilico, el Caba, Los Periquenes…, proclamaban su pescado procedente de la Atunara o del Espigón… descalzos, con el pantalón remangao y mojao todavía, después de la subasta a la orilla de la mar, orgullosos del producto que siempre ofrecían, fresco, saltando…

Mientras, los chiquillos aprovechaban para dar rienda suelta a sus juegos. La rayuela, la comba, el esconder, el rescatar, los meblis, las marcas, el trompo, a la una mi mula, el palicache…y el que tenía un balón…al fútbol con los elegidos, …¡¡Madre mía qué juegos!!

Pepe "el lechero"


A la hora de preparar la comida, el anafe echaba fuego y nunca mejor dicho, avivado el rescoldo del carbón por el soplillo que alegremente abanicaban las mujeres al son de la radio. Las coplas sonaban, a la vez que cualquiera de las oyentes tomaba la iniciativa siguiéndolas a porfía con la tonadillera o el cantaor, según tocara. ¡¡Y anda que no cantaban bien!!

A las dos y cuarto en punto de la tarde y como un invitado más a la mesa, ahí sonaba, con interferencias, pero sonaba. La BBC de Londres, daba el parte en español que la mayoría escuchaba atenta, en busca de noticias por aquel entonces desconocidas en esta parte del mundo. 

Poco a poco llegaba la bendita siesta, echada sobre una manta en el suelo y acompañada de los discos dedicados de “Radio Juventud”. El Dúo Dinámico, Antonio Machín, Jorge Sepúlveda, José Guardiola, Bonet de San Pedro…custodiaban el sueño reparador de un rato hasta la hora de la merienda preparada a base de té escardao con leche y pan con chocolate.

De vez en cuando era el “pescao frito de un día pa otro” el que presidía la mesa... ¡¡Y qué bueno estaba!!

Llegaba la fresca. Cada una de las vecinas, a la misma hora y como un ritual diario en las tardes del estío, sacaban sus “regaeras" hechas de hojalata y extrayendo el agua del pozo por turnos, la esparcían sobre sus macetas y arriates que agradecían el líquido elemento enseñando orgullosas sus hojas verdes. Los geranios, los claveles, las rosas, las azucenas…parían sus flores que más tarde se convertían en un festival de colores más bonitos que la “ma”. 

Al anochecer, una vez regresados los hombres del trabajo en Gibraltar la mayoría y algunos de otras partes del rededor, se sentaban en sus puertas, ya aseados, función que se desarrollaba en la palangana dispuesta en el cuarto que servía de comedor de día y de dormitorio de noche, cuando no de retrete en cualquier momento, compuesto de un cubo con una tabla. Sí, así eran. Casas humildes, chiquititas, con un cuarto o dos y cocina, pero limpias como el jaspe. Blancas por fuera y relucientes por dentro, a golpe de “jocifa”.

Eran variopintos los temas de los que se hablaba, aunque suficientes para iniciar la agradable charla nocturna. 


Mientras los contertulios hablaban, a un lado, y con la mirada atenta, Señó Gaspar liaba su cigarro con parsimonia, con papel de “La llave” y tabaco de “Monte Carlo” en picadura. Recordaba quizás, momentos inolvidables, escuchando al “Chaqueta”, o a la “Paca” –hija del “Cojo Málaga”-  nacida y criada en el Castillo España. Gitana de pura cepa que iba por las calles y tabernas, regalando sus cantes con sabor y voz preñados de duendes y misterios… 

En alguna reja que daba a la calle, las mocitas casamenteras, aprovechaban la complicidad de la noche para hacerse querer por el pretendiente que ansioso de robar un beso de su amada, hacía mil peripecias a través de los barrotes.

En otra parte, mirando pa levante, un hermano mío veía cómo en los rincones se amontonaban los artes de pesca, cómo Frasquito el “Cajaséis”, volvía de su faena en la mar, cansado y cargado del “pescao pa la casa”, donde María Morales le esperaba para aviarlo.

Poco a poco, la oscuridad se hacía fuerte y el olor a jazmín o de la dama de noche que casi siempre crecían en uno de los rincones, prendaba cada una de las casitas como señal de que tocaba descansar. A veces, algunos vecinos hablaban en voz baja hasta bien entrada la noche y la voz de la Pepa, sonaba entre los susurros cantándole una nana a su niño, al compás del lento traqueteo de una silla de enea, bajo una humilde lámpara hecha con una bombilla colgada de un cable rodeado con papel de cometa, atado a modo de embutido. 

Mi niño se va a dormir, no tiene pare ni mare…  

Las noches pasaban custodiadas por Pepe el “guarda calles”, que se le decía por aquel entonces al sereno. Armado con su porra de acebuche, acompañado por su fiel pipa, velaba el transcurso de las noches y por la mañana, no sin antes tomarse su copita de aguardiente, se marchaba susurrando y cantiñeando aquello de “que duerma el que tenga sueño, que yo no despierto a nadie”, …y a la luz del día…de nuevo Pepe el lechero.

Sin darnos cuenta el verano llegaba a su fin. Ya no pasaba El Valenciano con su carrito de helados y que hacía que los chavalillos se acercaran la mayoría para mirar, porque entonces comprarse un corte de helado…¡¡ay amigo!!…comprarse un helado, era todo un lujo. Si acaso, tras una mirada implorante, alguno sacaba una chupaíta de la caridad del más pudiente y ojo no te pasaras y que no te viera tu madre por aquello de las boqueras… ¡¡Eran otros tiempos!!

Las noches van cayendo. El frio, haciendo mella en los más mayores, era aliviado por la copa de carbón o de leña, culminadas sus ascuas con una corona de cisco acompañada de ceniza para que aguantara. 
Vientos de levante, vientos de poniente, ¡¡vendaval y agua al cielo! -grita el marinero-. 

El quinqué se convertía en el rey de las noches de invierno, cuando no, la vela o la mariposa en aceite, eran quienes alumbraban tenuemente la habitación, dadas las continuas idas de luz que por entonces se producían. Alrededor de la mesa redonda, era la lotería, la tablita, las cartas o simplemente la conversación y las historias contadas por los más mayores, lo que hacía de la reunión un auténtico placer. La abuela en una esquina, rastreaba los granos de arroz o de lentejas, en busca de algún intruso que formara parte del potaje en forma de piedra o gusano.

Llegaba el mes de diciembre y todo resurgía en una algarabía de panderos y sonajas, como preludio de la Navidad.

Los borrachuelos, hechos con todo el amor por los miembros de la familia y al son de la matriarca o de la abuela por campanilleros, adornaban las mesas dentro de los lebrillos que los exponían ante la mirada ansiosa de los más pequeños. Los polvorones también formaban parte de la fiesta, aunque no siempre… Era un jolgorio cuando un padre de familia, aparecía por la puerta con su cajita de mantecados bajo el brazo y los chavales se apresuraban a abrirla para ver el almanaque del próximo año que venía en forma de regalo…Y qué ilusión.

Los coros recorrían las calles ataviados de sus trajes de pastores con voces acompañadas del almirez, las zambombas, las sonajas, los panderos, el triángulo… con un compás digno de las mejores orquestas. 

No era época nueva la que se avecinaba. Nada menos que la primavera. 

Flores al viento. El gorrión anidando y los volantones piando en busca de su madre, reclamando lo que les tocaba como preludio del verano que de nuevo se avecinaba.

Como todos habréis adivinado, soy un “patio de vecinos”.

Lejos quedan las miradas hacia arriba para ver mis flores y mis macetas colgadas de la blanca pared… Ya no escucho los gritos de los chavalillos. Ya no oigo a la abuela Carmen…ni a Gaspar, ni a María Morales ni siquiera a la Pepa…ni veo a su marido “Pepe el chófer”, llegar exhausto y callado pensando en su nueva jornada. Ya no veo puestas de sol con la melancolía del otoño ni con la belleza de las tardes de verano.

No soy ni sombra de lo que fui.
He disfrutado, he sufrido…pero ya toca irse…

Me voy a hacer un viaje. En volver echaré tiempo. Tal vez no vuelva nunca. En todo caso, dicen que fui un referente…no lo sé… Alguno me comentó bajito en algún momento…”has sido el universo de mi niñez”. ¡¡Qué orgullo!! Otros comentan que fui el inicio de la comunidad de vecinos, pero sin tantos remilgos.

Algunos amigos se fueron para siempre, otros se refugian en la nostalgia y en la añoranza, echando de menos tiempos lejanos y resistiéndose con sus últimas fuerzas a la mano del hombre.

Eran tiempos en los que todo era más sencillo. En los que para hablar sólo había que sentarse en cualquier momento y en cualquier lugar. Tiempos en los que con una sonrisa ganabas un amigo y en los que un apretón de manos, sellaba un trato como si se jurase encima de la misma biblia. 



No pretendo hacer comparaciones, pero el rescoldo de mis recuerdos me lleva a lo más hondo de la nostalgia.
Alguien dijo alguna vez que: “No hay muerte. La gente muere solo cuando la olvidamos. Si puedes recordarme, estaré contigo siempre”.

Por eso, día a día me ilusiono, aunque día a día me entristezco y me decepciono porque…

Quiero ser carne de sus carnes.
Quiero vivir en sus adentros.
Quiero escuchar el canto de sus nanas.
Quiero sentir la inocencia de los diez años.
Quiero rememorar la nostalgia del amor que se fue para no volver.
Quiero vivir la pasión desenfrenada.
Quiero recuperar lo pasado…
Pero no puedo. No es posible … aunque … me niego.
Me niego, porque ahora soy carne de sus carnes.
Porque sí, porque vivo en sus adentros.
Porque un canto de amor me duerme todas las noches.
Porque empiezo a notar mi ingenuidad frente a la hipocresía.
Porque el amor de juventud, me lo ha devuelto el paso del tiempo.
Mis arrebatos se siguen adueñando de mí, aunque a veces me gana el 
agotamiento.
Me niego a irme porque no es lo mismo ver que mirar.

Aunque oigo el silencio, no me engaño, porque no es lo mismo hablar que callar.
Pero si es el alma quién ve, habla, calla, oye, siente…
Conseguirás vivir y en definitiva …soñar".

Comentarios

  1. Me alegraría mucho si pudiera hacer clic en el botón SEGUIR ubicado en la esquina superior derecha. Estoy ansioso por recibir sus trabajos y explorar la posibilidad de publicarlos.

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