Los que no abandonaron Ceuta de rodillas

 

Los que no abandonaron Ceuta de rodillas




Qué cierto es que la historia —al menos la que llega hasta nosotros— suele tratar mal a los mesurados y fijarse demasiado en los exaltados y en los oscuros.

Magnifica la obra de los mediocres hasta darle una importancia que quizá nunca tuvo y, en cambio, deja en segundo plano a quienes permanecieron en su sitio cuando hacerlo dejó de resultar cómodo.

A pocos kilómetros de aquí hay una ciudad que lleva semanas viviendo una situación que merece ser mirada con atención.

Ceuta.

Y no hablo de todos los ceutíes. Hablo de una parte de ellos. De esos hombres y mujeres que han salido a la calle, que han mostrado su pertenencia y que han decidido defender aquello que consideran su tierra y su forma de vida.

Lo extraordinario no es solamente aquello contra lo que protestan.

Es la sensación de estar haciéndolo con la oposición de muchos: frente a Marruecos, que mantiene su reivindicación sobre la ciudad; frente a un problema migratorio, convertido en invasión, que ha colocado sobre Ceuta una presión extraordinaria; frente a instituciones y organizaciones que, desde fuera, llegan con sus propias interpretaciones de lo que allí sucede.

Pero también, frente a personas que escriben y hablan de los ceutís sin conocer necesariamente lo que significa vivir allí; frente a medios que, en ocasiones, parecen interesados antes en interpretar la protesta que en comprenderla.

Y hasta frente a quienes, desde la distancia, toman el comentario desafortunado de una persona y lo convierten en arma contra toda una comunidad. Dando forma a un relato construido desde fuera sobre los ceutíes. Una persona habló; otros decidieron que aquellas palabras podían servir para juzgar a todos.

Parece y son episodios diferentes, de distinta importancia. No todos persiguen lo mismo, pero juntos dibujan un paisaje, y, en esa panorámica hay unos ciudadanos que han decidido no callarse, incluso cuando se les acusa de intolerantes. Incluso cuando se les atribuyen etiquetas.

Incluso cuando a algunos que acuden a contar lo que ocurre son recibidos con hostilidad. Eso último tampoco lo justifico: la hostilidad contra quien intenta contar lo que está sucediendo está mal. Pero tampoco creo que resulte aceptable contar solamente ese instante y hacer desaparecer todo lo que había ocurrido antes, como si una protesta naciera de la nada.

Quizá eso sea lo que más me llama la atención cuando observo Ceuta desde este otro lado del Estrecho.

Sus habitantes desarrollaban su vida cotidiana con normalidad. No habían ido a ningún sitio a alterar la vida de otros, ni habían abandonado su ciudad para irrumpir en la de nadie. Y, sin embargo, se han visto obligados a salir a la calle para defender aquello que consideran suyo.

No sé cómo terminará esta historia, pero sí sé que esos ceutíes no estaban buscando esta situación. Se encontraron en ella.

Y quizá sea precisamente eso lo que me lleva a recordar una historia muy antigua. Una historia de hombres que, llegado el momento, permanecieron en su puesto.

El Batallón Sagrado de Tebas.

No eran invencibles. Habían combatido en distintas ocasiones y conocían la derrota y la muerte. Pero en Queronea, cuando la derrota era evidente, permanecieron juntos.

No eran trescientos héroes porque supieran que iban a vencer.

Eran trescientos hombres que siguieron allí cuando ya no podían saber si vencerían.

Los trescientos murieron.

Y, sin embargo, su derrota no consiguió borrar su nombre.

Quizá esa sea la verdadera razón por la que vuelven a mi memoria. Porque el heroísmo no consiste necesariamente en ganar, a veces, consiste simplemente en permanecer. El no abandonar el lugar que se ocupa cuando todo a su alrededor aconseja marcharse. En mantener la cabeza alta cuando son muchos los que han decidido señalarte.

No sé qué ocurrirá con Ceuta. Como si se tratara de una partida de ajedrez, son muchas las variantes que se abren con cada jugada, y nosotros estamos jugando con negras.

Muchos han mostrado su apoyo, unos con sus visitas y otros desde la distancia, durante estos más de dos meses de resistencia. El rey Felipe VI también visitó Ceuta y permaneció allí durante una jornada. Su presencia tuvo un significado que iba más allá de la propia visita: recordar que Ceuta no está al margen de España, ni sus ciudadanos fuera de la atención del país al que pertenecen.

Pero quizá dentro de muchos años, cuando todo esto haya quedado atrás y alguien vuelva a mirar las fotografías y leer algunos textos de estas semanas, no recuerde solamente las cifras, las declaraciones, las polémicas o los enfrentamientos.

Quizá recuerde también a aquellos ceutíes que, en medio de todo aquello, decidieron permanecer en pie y no abandonar Ceuta de rodillas.


Comentarios

  1. Ceuta es un pueblo curtido en la adversidad. Muy bueno.

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  2. Me has puesto los vellos de punta , magnífico , como siempre Santiago.

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  3. Escritos como este hacen honor a nuestra tierra y a los ceutís. Es buenísimo. Gracias.

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  4. Muy bueno, es lo que suele ocurrir siempre. Solo buscan el sensacionalimo del momento.

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