Nuestra Señora del Rosario
Nuestra Señora del Rosario
Una mirada a varias publicaciones me detiene en una de ámbito local: Petalá para la Virgen del Rosario de Los Barrios.
La noticia, aunque breve, anuncia una salida procesional para el día 4 de octubre de 2026. Según se informa, se pretende adornar en esta ocasión su salida con la bonita idea de regar de pétalos a la Virgen.
San Isidro Labrador es el patrón de Los Barrios y su festividad se celebra el 15 de mayo. También Nuestra Señora del Rosario es patrona de Los Barrios. Su festividad litúrgica es el 7 de octubre y su procesión se celebra normalmente el primer domingo de octubre.
Pero una advocación no aparece de repente. Detrás de un nombre, de una imagen y de una celebración existen una tradición y unos antecedentes que, con el paso del tiempo, van dando forma a una manera concreta de venerar a la Virgen.
Ese es el camino que vamos a recorrer, de la mano de los apuntes que me permitió utilizar mi querido y respetado P. Enrique Albendín Romero, (DEP)
Del Rosario a Nuestra Señora del Rosario
Hablar del Rosario es hablar de una de las grandes devociones marianas de la Iglesia. Su historia no comenzó de repente ni quedó fijada en una fecha concreta. Fue tomando forma a lo largo de varios siglos, hasta alcanzar en el siglo XVI una configuración que, en lo esencial, reconocemos todavía hoy.
Existe una tradición muy extendida que sitúa en 1208 uno de sus momentos fundacionales. Según esta tradición, la Virgen se habría aparecido a Santo Domingo de Guzmán en el monasterio de Prouilhe y le habría enseñado el Rosario, encargándole su difusión.
Pero una cosa es la tradición y otra la historia de una devoción que ya contaba con antecedentes anteriores. El Rosario no nació de un día para otro. Sus raíces se encuentran en antiguas formas de oración y, con el paso de los siglos, fue adquiriendo una forma cada vez más definida.
Los dominicos tendrían después un papel fundamental en su difusión. Entre los nombres asociados a ese proceso aparece Alano de la Roche, o Alano de Rupe, a quien se atribuye también la utilización del término «Rosario» para designar esta devoción mariana.
Y aquí empieza a aparecer algo que nos interesa especialmente.
Porque una devoción puede permanecer en el ámbito de la oración personal. Pero también puede organizarse, reunir a personas y adquirir una presencia pública. Eso es precisamente lo que sucedió con el Rosario.
Las cofradías
Durante la segunda mitad del siglo XV aparecen las cofradías vinculadas al Rosario. Los fieles se reúnen en torno a esta devoción, se comprometen a practicarla y comienzan a darle una dimensión comunitaria.
El Rosario deja así de ser solamente una oración que una persona puede rezar individualmente. Las cofradías lo llevan a las iglesias, lo incorporan a sus celebraciones y, con el tiempo, aparecen procesiones y otras manifestaciones públicas.
Y aquí encontramos una cuestión fundamental para nuestra historia.
La devoción comienza a necesitar un espacio propio.
Un altar.
Una celebración.
Una imagen.
La Virgen pasa a ser venerada bajo el título del Rosario y ese título comienza a identificar no solamente una oración, sino también una advocación mariana.
Es un proceso que debemos entender con cierta cautela: no se trata de que un día el Rosario se convierta en una imagen. Se trata de que una devoción mariana, extendida y organizada en torno a cofradías, va generando también un culto concreto a la Virgen bajo esa advocación.
Cuando llegamos al siglo XVI, esa realidad ya está suficientemente asentada como para que podamos encontrar iglesias con altares dedicados a la Virgen bajo la advocación del Rosario.
Y entonces ocurre un acontecimiento que cambiará profundamente la historia de esta advocación.
Lepanto
En 1571, la flota cristiana se enfrentó a la otomana en el golfo de Lepanto.
El Rosario llevaba ya mucho tiempo formando parte de la vida espiritual de numerosas comunidades. Había cofradías, grupos de oración y una tradición de recurrir a esta plegaria en momentos de dificultad.
Lepanto no creó el Rosario. El Rosario ya estaba allí.
Pero la victoria del 7 de octubre de 1571 iba a proporcionar a aquella devoción una nueva dimensión histórica y, con ella, una extraordinaria proyección a la advocación de Nuestra Señora del Rosario.
El papa Pío V había ordenado que las Cofradías del Rosario de Roma celebrasen una procesión, mientras en la flota cristiana los combatientes se preparaban para la batalla con oración y penitencia.
La tradición cuenta también que Pío V tuvo conocimiento de la victoria antes de que pudiera llegar la noticia a Roma. Este episodio procede de la tradición vinculada posteriormente a su proceso de canonización, por lo que conviene distinguir el relato piadoso de aquello que podemos documentar históricamente.
Lo que sí podemos seguir documentalmente es lo que sucedió después.
El 17 de marzo de 1572, Pío V estableció para aquel año una conmemoración de la victoria del 7 de octubre bajo el título de Santa María de la Victoria.
Pero aquella denominación no sería la que acabaría prevaleciendo.
En 1573, Gregorio XIII instituyó la fiesta del Rosario en aquellas iglesias que contasen con un altar dedicado a la Virgen bajo la advocación del Rosario.
Y aquí aparece con claridad la unión de las dos historias que hemos venido siguiendo.
La devoción del Rosario ya existía.
La advocación de la Virgen del Rosario también.
Lepanto no las creó, pero dio a ambas una nueva dimensión y contribuyó decisivamente a que la celebración quedara ligada al 7 de octubre.
No es casual tampoco que en muchas representaciones de Nuestra Señora del Rosario aparezca la media luna bajo sus pies. Este elemento procede de una tradición iconográfica mariana anterior a Lepanto, pero después de la victoria de 1571 adquirió también una lectura simbólica: la del triunfo de la Cruz sobre la Media Luna otomana.
Con el paso del tiempo, la fiesta se extendería a otros territorios. En España lo haría posteriormente y, más adelante, la celebración acabaría extendiéndose a toda la Iglesia.
Así, una devoción que había nacido y crecido lentamente durante siglos terminó adquiriendo una fecha propia, una celebración litúrgica y una advocación mariana que conocemos hoy como Nuestra Señora del Rosario.
Y de aquel largo recorrido volvemos finalmente al lugar desde donde comenzamos.
Hay, además, un detalle en el propio nombre que resulta especialmente sugerente ahora que se prepara una Petalá para la Virgen.
A Alano de la Roche, o Alano de Rupe, se atribuye la difusión del término «Rosario» aplicado a esta devoción mariana, en sustitución de expresiones anteriores como «salterio de las aves». La palabra hace referencia a la rosa y, en la tradición espiritual, las oraciones ofrecidas a la Virgen fueron comparadas con un puñado de rosas.
De ahí esa antigua imagen del Rosario como una ofrenda de rosas a María.
Y quizá por eso resulta especialmente apropiado volver al principio: dentro de unos días serán precisamente los pétalos los que acompañen a la Virgen del Rosario en su salida procesional.
Una imagen sencilla que, sin pretenderlo, nos devuelve al
significado más antiguo y poético del nombre que lleva esta
advocación.

Aprovecho este momento para dedicar también mi reconocimiento y mi recuerdo al padre Enrique Albendín, un sacerdote muy vinculado a la cultura y a la enseñanza, cuyo recuerdo ha vuelto a mí al escribir sobre Nuestra Señora del Rosario.
ResponderEliminarY, con él, me vienen otros nombres: Victorio Molina Pastoriza; el salesiano Ernesto Salgado, profesor en los Salesianos y párroco de Santiago Apóstol; Juan Manuel Benítez; Juan Enrique Sánchez Moreno y Rafael Navarro Acuña, junto a otros que estuvieron y están y que, de una u otra forma, han unido su labor sacerdotal a la enseñanza, el estudio y la cultura.
No pretendo hacer una relación ni establecer categorías. Es solamente un recuerdo y un pequeño homenaje a quienes también forman parte de la memoria de La Línea.