Quedarse con su pueblo

 

Quedarse con su pueblo





Los recientes acontecimientos de Ceuta me han hecho remontarme a muchos años atrás. Recuerdo a un militar de Tropas Nómadas del Sáhara. Su cara, morena y quemada por el sol y el viento, contrastaba con un uniforme impecable que lucía algunas medallas de cursos y condecoraciones.

Se despedía de todos con serenidad. Sus palabras eran de tono grave, mantenía una ligera sonrisa forzada que dejaba intuir una profunda tristeza; renunciaba a un esfuerzo y a un futuro. Mientras le estrechaba la mano con fuerza, le pregunté:

—¿Y ahora qué vas a hacer?

Me respondió:

—Quedarme con mi pueblo.

Han transcurrido 52 años y nunca más volví a verlo, pero siempre he recordado su cara, su voz, sus palabras, su sonrisa triste y aquella decisión de mi compañero saharaui.

Los acontecimientos posteriores son bien conocidos: enfrentamientos con Marruecos, la división de la población y el destierro de una parte de ella en medio de un desierto inhóspito. Nada salió como deseaban. Al poco tiempo comenzó la construcción del muro, de unos 2.700 kilómetros, con sus correspondientes defensas y con la pretendida utilidad de disuadir las incursiones.

Con el mismo propósito, durante la guerra se sembraron minas; quizá cientos de miles, quizá millones, a ambos lados de aquella barrera. Décadas después, otras personas, en la parte donde pueden hacerlo, dedican su vida a sembrar seguridad.

El desierto parece inmóvil. Solo el viento mueve la arena. Una mujer avanza despacio, protegida por un chaleco y un casco. Se detiene. Baja la vista. Frente a ella no hay un enemigo visible, sino un pequeño objeto enterrado que lleva décadas esperando a la siguiente víctima.

Las minas son un arma muy particular: no distinguen entre soldados y civiles, ni entre tiempos de guerra y tiempos de paz. Una mina puede permanecer enterrada durante décadas y herir a alguien que ni siquiera había nacido cuando fue colocada.

El desierto parece un paisaje vacío, pero bajo la arena permanecen miles de artefactos explosivos. Con ambas rodillas clavadas en la arena, una mujer sola se interpone entre el cielo y la tierra. Su vida, o su mutilación, depende de su precisión.

Desconozco cuáles son los pensamientos de estas desminadoras saharauis antes de acometer la misión. Pero esas minas siguen causando víctimas entre pastores, nómadas, viajeros y animales.

¿Quiénes son estas mujeres?

No son soldados ni buscan reconocimiento. Son saharauis procedentes, en su mayoría, de los campamentos de refugiados. Llegaron hasta esta profesión desde circunstancias muy diferentes.

Iauguiha Mohamed, por ejemplo, había estudiado Biología y Ecología Animal en Argelia. Cuando regresó a los campamentos de Tinduf no encontraba trabajo relacionado con sus estudios. Unas vecinas le hablaron del desminado. Se presentó, recibió formación especializada, superó las pruebas y terminó dirigiendo una brigada.

Como ella, otras mujeres se han formado para desempeñar una labor que exige una precisión absoluta. Aprenden a reconocer los distintos tipos de minas, tanto las destinadas a personas como a vehículos, además de otras municiones sin explosionar, a utilizar detectores, a seguir protocolos de seguridad y a no dar un solo paso sin haber comprobado antes el terreno. Un error de unos centímetros puede marcar la diferencia entre regresar a casa o no hacerlo.

Su trabajo no consiste únicamente en retirar explosivos. También enseñan a niños y adultos a identificar las zonas de riesgo, colaboran en la protección de pastores y viajeros y ayudan a devolver a la población espacios que durante décadas permanecieron vedados por el miedo.

Cada mina destruida significa un trozo de camino recuperado, un rebaño que puede volver a pastar o una familia que puede transitar con mayor seguridad por una tierra que nunca dejó de sentir como suya.

Y entonces vuelvo a recordar a aquel hombre.

Han pasado 52 años. Él me dijo que se quedaría con su pueblo.

Hoy, frente a aquellas minas que aún esperan bajo la arena, veo en estas mujeres algo de aquella misma decisión.

Ellas también pudieron elegir otros caminos.

Pero eligieron quedarse.

Y quizá, en medio de aquel desierto inmenso, no haya una forma más silenciosa de decir: este es mi pueblo y esta es mi tierra.


Comentarios

  1. Nunca dejo de aprender contigo, gracias 😍

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  2. Muy buen artículo...la tierra se lleva en la sangre y no importa el riesgo aunque en ello les vaya la vida y aún después del peligro decir me quedo en mi tierra.

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  3. Enhorabuena Santi.
    “Magnifico y entrañable recuerdo”. Un gran artículo.
    Tú y yo sabemos perfectamente lo que es ese sentimiento; precisamente por el abandono de nuestra tierra por parte del ejecutivo, que nos han hecho sentirnos, casi siempre, como ciudadanos de segunda.
    Pero jamás podrán evitar el sentimiento de orgullo de ser de donde somos.
    Fuerte abrazo.

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    Respuestas
    1. Muchas gracias, Miguel. Gracias también por tu solidaridad con Ceuta. Gracias a Dios, en España aún quedan gentes de bien que, al menos, han sabido mostrar la cara y dar una señal de apoyo. Lamentablemente, en estos días también he podido comprobar cómo miles de personas, y algunas instituciones, han preferido darnos la espalda a este lado del Estrecho. Y eso, sinceramente, duele. Mis mejores deseos para Melilla. Un fuerte abrazo amigo.

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