Aplauso para el civismo
Aplauso para el civismo
La intensidad del sol, las elevadas temperaturas y la disminución de proyectos hacen parecer que los días de verano son iguales. Sin embargo, dentro de las limitaciones de las escenas, siempre aparecen detalles que los hacen distintos.
En este contexto, domingo, primeros de agosto, el día ha despertado con algo de bruma, apetecible por el fresco de las primeras horas, hasta que desaparezca y dé paso a un intenso calor. Es propio de un levante en calma que en el mar apenas genera una línea de blancas burbujas al entrar en contacto con la orilla. Dentro de pocas horas, en Estepona comenzará el transporte de toallas, sillas y sombrillas, y las arenas doradas y limpias del litoral recibirán a miles de cuerpos desnudos, sedientos de sol y agua salada.
El paisaje luminoso, colorido y fresco invita a participar y motiva a los artistas, como hizo Sorolla, a perpetuar las múltiples escenas, mientras centenares de personas poco a poco van cubriendo los espacios menos densos.
Los chapuzones y las gotas sobrevuelan entre los cuerpos, al compás de algún griterío. El movimiento se sucede durante todo el día y la escena se repite entre los que llegan y los que se van.
También están los más tranquilos, los situados a mayor distancia del jolgorio, los que parecen vivir una obra sin prisas. Incluso quienes prefieren llegar a última hora de la tarde, cuando el sol ha suavizado su ímpetu y muchos han comenzado su regreso, dejando todo más despejado.
Comienzo mi paseo diario y la playa del Cristo presenta un panorama extraordinario. Miles de personas disfrutan de sus beneficios y, aunque han sobrepasado las ocho de la tarde, todos parecen anclados en esa franja de tierra y mar. Camino despacio y observo durante kilómetros una misma imagen. Pero mientras avanzo, no puedo evitar que el pensamiento viaje hasta mi ciudad, Ceuta, y hasta los acontecimientos que en estos días vuelven a ponerla en el centro de mis preocupaciones.
De regreso, el sol ha desaparecido y la gente camina en dirección contraria. Hasta el día siguiente, le dan la espalda al mar. Los elementos parecen pesarles más que cuando llegaron.
Me llama la atención que, en las zonas ya despejadas de personas, la playa permanece limpia. Sigo caminando y me centro en este aspecto.
Unos contenedores de basura, situados en el centro del espacio de recreo y a cierta distancia unos de otros, se muestran llenos de residuos. Distingo bolsas blancas que sobresalen de alguno de ellos, aunque mantienen la tapa echada. En otros, aparecen bolsas en el suelo, pero junto a estos contenedores. Están agrupadas como si quisieran indicar: «Me hubiera gustado depositarlo dentro, pero no puedo». Así, uno tras otro.
Alrededor y en toda la extensión, pese a mis ojos ya deteriorados, alcanzo a distinguir que no hay ni un solo papel, ni una bolsa ni un resto que delate una presencia humana. Solo un balón, olvidado, muestra el símbolo de ese cuidado, de ese respeto por el aseo que merece un espacio de uso común.
Cuando llego al punto donde comencé, ya casi oscurecido, la playa se muestra prácticamente vacía. Solo alguna persona disfruta también de unos momentos de soledad, quizá escuchando el murmullo de esa diminuta ola.
Mientras tanto, el panorama ofrece una imagen cívica de esas que gusta aplaudir.


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