De la capilla del campamento a los primeros cementerios de La Línea

 

De la capilla del campamento a los primeros cementerios de La Línea



Durante los tres grandes asedios de Gibraltar, miles de soldados y civiles perdieron la vida en el istmo. Sin embargo, mientras las operaciones militares han sido estudiadas con detalle, apenas se ha prestado atención a una cuestión tan elemental como inevitable: ¿dónde fueron enterrados aquellos muertos?

Probablemente nunca lleguemos a conocer el lugar exacto donde reposaron muchos de ellos. Pero reconstruir la historia de los sucesivos lugares de enterramiento existentes en el territorio donde nacería La Línea constituye, al menos, una forma de rescatar del olvido una parte de aquella memoria.

El punto de partida de esta investigación lo constituye un diario manuscrito fechado en 1727, cuya lectura resulta en ocasiones compleja. La secuencia del relato sugiere con bastante claridad que el autor describe la organización del campamento principal establecido durante el sitio de Gibraltar. En pocas líneas menciona la instalación del hospital, una iglesia cubierta de palmas, la construcción de barracones, el denominado «Calvario» y un segundo hospital. Como el resto del manuscrito continúa describiendo las obras del sitio y las actuaciones dirigidas por Jorge Próspero de Verboom, resulta muy verosímil que este pasaje corresponda al campamento establecido en el istmo.

La referencia encuentra un importante apoyo en un plano militar levantado hacia 1730, donde aparece representada una capilla situada a vanguardia de la línea de contravalación, entre el fuerte de San Felipe y la Línea Principal, entonces todavía en construcción. Los planos posteriores de la línea defensiva muestran, además, la existencia de capillas en los fuertes de San Felipe y Santa Bárbara, una vez concluidas las fortificaciones. Sin embargo, actualmente no se conocen indicios de que junto a estas existieran espacios destinados a enterramientos.

Aunque hasta el momento no se ha localizado ningún documento que mencione expresamente un cementerio junto a la capilla del campamento, resulta razonable pensar que pudiera existir un pequeño espacio destinado a las inhumaciones. Era una práctica habitual en los hospitales y capillas militares de la época, especialmente cuando los campamentos permanecían establecidos durante largos periodos. La ausencia de referencias similares en las capillas de los fuertes parece indicar que la función de aquella primera capilla era distinta, más vinculada al campamento y al hospital que a la propia línea fortificada.  

No obstante, la cuestión permanece abierta. Tampoco puede descartarse que esta capilla fuese heredera de otra anterior, relacionada con los primeros años del campamento establecido tras la ocupación de Gibraltar en 1704. Por ahora no existen pruebas documentales suficientes para afirmarlo, pero la continuidad del asentamiento invita, al menos, a plantear esta posibilidad.

A finales del siglo XVIII y comienzos del XIX la Corona impulsó diversas disposiciones destinadas a mejorar las condiciones sanitarias de los enterramientos. Entre ellas destaca la Real Cédula de 1804, que ordenaba a corregidores y autoridades civiles promover con urgencia la construcción de cementerios en sus respectivos distritos, dando prioridad a las poblaciones que hubiesen padecido epidemias.

La siguiente referencia documental de especial interés procede de una guía de las parroquias de la Vicaría Episcopal del Campo de Gibraltar, publicada en 1996, en la que se transcribe una partida de defunción fechada en noviembre de 1813, conservada en el Archivo Parroquial de San Roque. Se trata del documento más antiguo localizado hasta la fecha que menciona expresamente la existencia en La Línea de una iglesia «a cuyas espaldas se halla señalado un cementerio». La noticia posee un extraordinario valor. Por primera vez puede acreditarse documentalmente la existencia en La Línea de un cementerio unido a un edificio religioso.

El documento, sin embargo, no permite identificar con precisión su emplazamiento. Ignoramos si se trataba de la misma capilla representada en el plano de 1730 o si, por el contrario, el edificio había sido trasladado a una posición más retrasada. Esta última posibilidad resulta verosímil si se tiene en cuenta que durante el Gran Asedio (1779-1783) las fortificaciones experimentaron importantes modificaciones para adaptarse al mayor alcance de la artillería. De haberse retrasado la línea defensiva, no sería extraño que también se hubiese modificado la ubicación de la capilla y de su cementerio, aunque por el momento esta hipótesis carece de confirmación documental.

La documentación vuelve a guardar silencio hasta 1820.

La continuidad del edificio religioso vuelve a ponerse de manifiesto pocos años después gracias a un informe estudiado por el historiador Pedro Morgado. Al analizar los daños ocasionados por la Guerra de la Independencia, reproduce un documento de 1820-1821 en el que se señala el lamentable estado en que se encontraban los ornamentos de diversas ermitas del Campo de Gibraltar, citándose expresamente las de San Felipe, la Caridad, Puente Mayorga, Campamento y Línea de Gibraltar.

La siguiente referencia cartográfica conocida corresponde a 1847. En ella la capilla aparece ya situada en la explanada, emplazamiento donde permanecería hasta su desaparición tras la construcción de la iglesia parroquial de la Inmaculada Concepción.

Pocos años después, el 19 de mayo de 1854, el obispo de Cádiz nombró capellán de la denominada «iglesia rural de la Línea de Gibraltar» al presbítero José Mellado. El decreto le encomendaba la atención espiritual de la feligresía dispersa por La Línea, Campamento y Puente Mayorga, lo que permite identificar con bastante probabilidad esta iglesia rural con la antigua capilla documentada desde comienzos del siglo XIX.

Ese mismo año se declaró una de las epidemias de cólera más graves del siglo XIX. La epidemia permitió poner de manifiesto la extraordinaria dedicación de José Mellado desempeñando entonces una labor que fue mucho más allá de sus funciones sacerdotales, atendiendo personalmente a numerosos enfermos y elaborando medicamentos en un pequeño botiquín instalado en su propia vivienda.

La actividad parroquial de la capilla queda plenamente acreditada por los registros sacramentales. El 10 de noviembre de 1855 recibió las aguas bautismales Leonardo de Antonio de Padua José María de la Santísima Trinidad Gómez Aldana, siendo oficiante el propio José Mellado en la capilla de Nuestra Señora de la Concepción.

A mediados del siglo XIX la antigua capilla seguía siendo el principal centro religioso de aquella población que crecía al amparo de la frontera. Junto a ella continuaba utilizándose el pequeño cementerio documentado desde comienzos del siglo XIX. Sin embargo, el incremento constante de habitantes y las nuevas necesidades urbanas hicieron evidente que aquel recinto resultaba ya insuficiente. La construcción de un nuevo cementerio marcaría el comienzo de una nueva etapa en la historia de los enterramientos de La Línea.

Del cementerio de la ermita al cementerio de Huerta Fava

Las características de la antigua capilla de Nuestra Señora pueden reconstruirse, en buena medida, gracias al testimonio de Lutgardo López Zaragoza. Según su relato, se trataba de un edificio modesto, con capacidad para unas ochenta personas, cuyo estado de conservación era ya deficiente a mediados del siglo XIX. Junto a ella se extendía un pequeño atrio que servía de cementerio y que, con el paso del tiempo, hubo de ocuparse parcialmente para ampliar el templo.

Mientras tanto, la presencia militar en el istmo continuaba transformando el territorio. A comienzos de la década de 1860 se proyectó la construcción de nuevos pabellones para oficiales y de un cuartel, obras que comenzarían en 1863 y quedarían prácticamente concluidas en 1865. Aquellas obras coincidieron con un momento de fuerte crecimiento de la población civil. Aunque no existe documentación que relacione directamente ambos hechos, resulta razonable pensar que el crecimiento de las instalaciones militares, unido al deterioro de la capilla y a la insuficiencia de su pequeño cementerio, contribuyó a plantear la necesidad de crear una nueva necrópolis.

La respuesta llegó por la vía administrativa. En 1862 el Ministerio de la Guerra concedió autorización al alcalde y a varios vecinos de la Línea del Campo de Gibraltar para establecer un nuevo cementerio. Este documento constituye, además, un testimonio de notable interés para comprender los orígenes de la población. Años antes de la segregación municipal de 1870, la Línea contaba ya con autoridades locales y con vecinos capaces de promover expedientes ante la Administración del Estado para atender necesidades colectivas. Este expediente confirma, por tanto la existencia de una comunidad organizada mucho antes de adquirir personalidad municipal propia.

La creación del nuevo cementerio estuvo condicionada por la escasez de recursos económicos. Según relata Lutgardo López Zaragoza, el primer recinto era poco más que un terreno cercado con pitas, una sencilla verja de madera sostenida por dos pilares de mampostería y situado en el arenal próximo a la Huerta Fava, aproximadamente en el espacio ocupado hoy por el colegio Santiago y la actual Comisaría de la Policía Nacional.

La falta de apoyo económico por parte de la Administración obligó a recurrir a la iniciativa vecinal. El párroco Miguel Jiménez y el alcalde pedáneo Lutgardo López promovieron una suscripción popular y obtuvieron autorización para instalar un cepillo en la Aduana, donde quienes atravesaban la frontera podían depositar una limosna de dos cuartos. Gracias a aquella iniciativa fue posible sustituir el precario cercado inicial por tapias de mampostería y dotar al recinto de una verja principal con su correspondiente cancela de hierro.

La organización del nuevo cementerio fue mejorando progresivamente. En sus primeros años los nichos eran construidos por los propios particulares, circunstancia que dio lugar a numerosos problemas de conservación y seguridad. Con el tiempo el Ayuntamiento asumió directamente esta responsabilidad, fijando una tasa de tres reales por su construcción.

Un documento fechado el 11 de junio de 1865 confirma que el nuevo cementerio se encontraba ya en funcionamiento. Ese día el párroco Juan Heredia García dirigió una instancia a la Reina solicitando autorización para construir una choza destinada al guarda y sepulturero. En ella explicaba que el recinto carecía de cualquier edificio donde el empleado pudiera resguardarse de la intemperie, lo que demuestra que el cementerio contaba ya con un guarda y sepulturero encargado de su custodia y mantenimiento

La apertura del nuevo recinto no supuso, sin embargo, el abandono inmediato del antiguo cementerio de la ermita. Todo indica que ambos espacios coexistieron durante algún tiempo. Una referencia publicada en el Boletín Oficial de la Provincia en 1872 menciona expresamente la «cuestión de inhumación de cadáveres del Cementerio Viejo», evidencia de que todavía permanecían pendientes diversas actuaciones relacionadas con aquel antiguo camposanto. Todo ello sugiere que el traslado de los restos se produjo de forma gradual y no mediante una única exhumación general.

Las dificultades no terminaron con la apertura del nuevo cementerio. Las actas municipales de 1872 ya describen la situación precaria del recinto, reflejo del extraordinario crecimiento demográfico que experimentaba la población. Tres años después se regularon los derechos de enterramiento y se aprobaron nuevos espacios destinados a las comunidades evangélica y hebrea, muestra de la diversidad religiosa que comenzaba a caracterizar a La Línea.

El crecimiento de la población hacía que las soluciones adoptadas resultaran insuficientes en muy pocos años.

El problema de la capacidad, sin embargo, continuó agravándose. En julio de 1879 el Ayuntamiento acordó promover la construcción de una nueva necrópolis. El constante aumento de la población, la proximidad de las viviendas al cementerio y la falta de espacio para nuevas inhumaciones hacían imprescindible buscar un nuevo emplazamiento. Para ello se encargó el correspondiente proyecto al arquitecto provincial Adolfo del Castillo, iniciándose así el largo proceso que culminaría, años después, con la construcción del cementerio de San José, cuya apertura pondría fin a casi medio siglo de utilización del cementerio de Huerta Fava."

Del cementerio de Huerta Fava al cementerio de San José

El cementerio de Huerta Fava, concebido inicialmente como solución al reducido camposanto de la antigua ermita, comenzó pronto a padecer los mismos problemas que había venido a resolver. El extraordinario crecimiento de la población hizo que, en apenas dos décadas, su capacidad resultara claramente insuficiente.

Las actas municipales reflejan con claridad el progresivo deterioro de la situación. En 1883 ya no existía espacio para nuevas inhumaciones y fue necesario reutilizar antiguas sepulturas. Dos años más tarde tampoco quedaba terreno para construir nuevos nichos, llegando incluso a aprovecharse los espacios próximos a las verjas del recinto. La saturación era ya evidente y las condiciones sanitarias obligaron incluso a restringir el acceso al cementerio.

En 1886 el problema alcanzó tal gravedad que el gobernador civil reunió al Ayuntamiento y a la Junta Municipal de Sanidad para acordar la construcción de una nueva necrópolis. El proyecto debía responder, ante todo, a criterios higiénicos: eliminar focos de infección, evitar filtraciones de aguas, derribar los barracones existentes y adoptar medidas preventivas respecto a las ropas procedentes de enfermedades contagiosas. Como ayuda inmediata, el gobernador entregó al alcalde quinientas pesetas destinadas a aliviar la situación de las familias más necesitadas.

Lejos de mejorar, las dificultades continuaron acumulándose. A comienzos de 1899 el Ayuntamiento declaró en estado ruinoso ciento cincuenta y tres nichos y concedió un plazo de treinta días para que los familiares retirasen los restos de sus difuntos.

Pero quizá el documento más revelador de aquellos años no sea un acuerdo de obras, sino un informe sanitario de 1901 relativo a la conducción de los cadáveres. En él se denunciaba como un «abuso inveterado» la costumbre de trasladar los cadáveres de los adultos a hombros, con los féretros descubiertos, mientras que los de los párvulos eran conducidos, en la inmensa mayoría de los casos, por otros niños. Las autoridades consideraban aquellas prácticas incompatibles con las más elementales normas de higiene y con el respeto debido a los difuntos, ordenando su supresión e impulsando un servicio municipal de transporte mediante carruajes especialmente adaptados.

La construcción del nuevo cementerio de San José comenzó oficialmente en abril de 1903 con la colocación de la primera piedra. Dos años más tarde, ante la imposibilidad material de continuar realizando enterramientos en Huerta Fava, el Ayuntamiento solicitó la apertura oficial de la nueva necrópolis. La autorización fue concedida ese mismo año y el 14 de mayo de 1906 tuvo lugar su bendición, quedando clausurado definitivamente el antiguo cementerio.

Sin embargo, una vez construido el nuevo recinto apareció un problema tan inesperado como significativo: era mucho más fácil levantar un cementerio que llegar hasta él.

Entre la población y San José se extendían cerca de dos kilómetros de arenas sueltas que, durante los días de lluvia, se transformaban en auténticos lodazales. El traslado de los cadáveres resultaba lento, penoso y extraordinariamente costoso. Mientras se encontraba una solución definitiva, el Ayuntamiento organizó un servicio provisional mediante carros construidos expresamente para este cometido, dotados de ruedas especiales destinadas a evitar que se hundieran en la arena.

Las actas municipales de 1908 describen con extraordinaria claridad aquella situación. En ellas se afirma que la ausencia de un camino practicable hacía que la conducción de los cadáveres se realizara con una lentitud contraria a la higiene y perjudicial para la salud pública. Añaden, además, que el elevado coste del transporte terminaba recayendo sobre el propio Ayuntamiento, ya que la mayoría de las familias carecía de recursos para sufragarlo.

Estas circunstancias llevaron a declarar de utilidad pública la construcción de un camino vecinal desde la calle del Ángel hasta el cementerio de San José. Tras la aprobación del proyecto y la correspondiente dotación presupuestaria, las obras avanzaron hasta quedar concluidas en 1912. El 5 de junio se dio cuenta de la finalización de la carretera y el 3 de julio tuvo lugar su recepción provisional, ascendiendo su coste a 42.206,57 pesetas.

Con la apertura del camino quedaba resuelto el último gran obstáculo planteado por la nueva necrópolis. Se cerraba así un proceso iniciado medio siglo antes, cuando el pequeño cementerio del atrio de la antigua capilla dejó de ser suficiente para atender a una población en constante crecimiento.

La investigación no permite responder todavía a todas las preguntas. Probablemente nunca sabremos con certeza dónde fueron enterrados muchos de los hombres que murieron durante los asedios de Gibraltar, ni cuándo desapareció exactamente el primer lugar de enterramiento asociado a la primitiva capilla del campamento. Sin embargo, los documentos hoy conocidos permiten reconstruir, por primera vez de forma continua, la evolución de los espacios funerarios existentes en el territorio donde nació La Línea. Tal vez ese sea el mejor homenaje que hoy puede rendirse a quienes, conocidos o anónimos, encontraron aquí su último destino.

A la memoria de los hombres de España y de otros países que perdieron la vida en el istmo de Gibraltar durante los asedios del siglo XVIII. Muchos descansan hoy en lugares desconocidos. Este trabajo quiere ser un sencillo homenaje a todos ellos y a sus familias. Que descansen en paz.

Comentarios

  1. Coincidiendo con la conmemoración del 20 de julio, comparto este trabajo de investigación sobre los primeros lugares de enterramiento del territorio donde nació La Línea. Más allá de las fechas administrativas, la historia de una población también se construye a través de la vida —y de la muerte— de quienes la habitaron. Este artículo pretende ser, sobre todo, un recuerdo para ellos. Que descansen en paz.

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  2. Es otro excelente artículo. Siempre aportando datos nuevos, ciertos y con una narrativa fácil. Enhorabuena y gracias.

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  3. Es interesantísimo. Hasta conseguiste la fecha que había olvidado Lutgardo López Muñoz. Una nueva lección de respeto con la historia y con aquellos que la construyeron, hoy totalmente olvidados. Enhorabuena y gracias por el esfuerzo. Que descansen en paz.

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