Radiografías de la memoria
Radiografía histórica de la mano tomada por Wilhelm Roentgen en 1896, en una de las primeras demostraciones públicas del uso de los rayos X. Dominio público |
Durante una lectura apareció la palabra “trauma”, aplicada a una biografía. Conociendo su significado y sus efectos, busqué en el laboratorio de mi propia vida algún episodio que pudiera explicarlo. No encontré ninguno claramente definido.
Entre las situaciones que suelen provocarlo, pensé en el miedo a los ascensores, a los aviones, a la oscuridad… Incluso recordé a alguien que no soportaba la idea de hacerse una radiografía.
Esa última referencia, sin embargo, siempre la he sentido como propia. En mi infancia no gocé de buena salud; mi aspecto, desde luego, no era el de un niño fuerte. En casa convivían el temor al contagio de una enfermedad —que mantuvo a mi padre seis meses en reposo— y algo mucho más simple: las ganas de comer, porque no siempre había.
Aquel niño largo y flaco, con manchas blancas en la cara, acudía cada cierto tiempo a revisión. Con pantalón corto —probablemente remendado— y sandalias de goma, pero muy blancas, entraba en una sala iluminada por una luz roja. Mientras mi madre me descubría el torso, escuchaba el ruido de la máquina preparándose.
El corazón se me aceleraba. Las primeras veces, cuando me dejaban solo dentro del aparato, con la espalda pegada a una chapa muy fría, veía cómo el mecanismo se acercaba lentamente. Pensaba que no se detendría, que acabaría aplastándome allí dentro. Con el tiempo, todas esas huellas se han ido suavizando.
Aprendí pronto el nombre de Wilhelm Roentgen, y cada vez que aparece en mis lecturas regreso con cierta ternura a aquellos momentos. Sin embargo, pasó bastante tiempo hasta que comprendí realmente el alcance de su descubrimiento. Tal vez por esa inclinación a observar y a preguntarme por las cosas, siempre me ha fascinado cómo, a veces, lo extraordinario surge casi por casualidad.
Ese asombro tiene un origen muy concreto. El descubrimiento de los rayos X no debe situarse únicamente en el 8 de noviembre de 1895, sino entenderse como el inicio de un proceso de investigación. Aquel día, Roentgen observó un fenómeno inesperado mientras experimentaba con un tubo de rayos catódicos cubierto: una placa recubierta de platinocianuro de bario emitía luz pese a estar protegida. Intrigado, comprobó que el efecto desaparecía al apagar el dispositivo y reaparecía al encenderlo, lo que le llevó a identificar un tipo de radiación desconocida, a la que llamó “rayos X”.
En las semanas siguientes, el físico alemán estudió sistemáticamente sus propiedades y presentó sus resultados a finales de diciembre de 1895. Poco después, en una demostración pública, logró impresionar a la comunidad científica al mostrar la imagen radiográfica de la mano del anatomista Albert von Kölliker, donde podían verse claramente los huesos.
El descubrimiento tuvo un impacto inmediato y mundial, tanto por su carácter sorprendente como por la facilidad para comprender sus principios básicos. Sus aplicaciones prácticas se hicieron evidentes de forma casi instantánea: en pocos días ya se utilizaban los rayos X, por ejemplo, para localizar una bala en el cuerpo humano.
Quizá por eso nunca he dejado de pensar que aquel miedo infantil tenía algo de revelación anticipada. No tanto por lo que yo sentía dentro de aquella máquina, sino por lo que ocurría fuera de ella. Porque el hallazgo de Wilhelm Roentgen no fue solo fruto del azar, sino de una mirada capaz de detenerse, de dudar y de comprobar. Tal vez ahí resida la verdadera lección: lo extraordinario sucede a menudo, pero solo se convierte en descubrimiento cuando alguien está dispuesto a verlo.
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