La tentación de mirar
Los clásicos siempre ofrecen nuevos motivos para ser leídos y releídos. En sus páginas aparecen conductas, situaciones y reflexiones que, pese al paso de los siglos, siguen resultando sorprendentemente actuales. Estudiarlos no solo proporciona un caudal de conocimientos históricos, sino también una comprensión más profunda de la naturaleza humana.
Con este propósito suelo recorrer las páginas de Heródoto, un autor a veces discutido por los historiadores, pero cuya obra, Historias, continúa siendo una fuente inagotable de relatos y observaciones sobre el comportamiento humano. En sus páginas, escritas hace más de veintiséis siglos, se descubren episodios que parecen acercarse hasta nosotros como si el tiempo apenas hubiera pasado.
Uno de ellos revela una tentación muy antigua: la curiosidad por mirar aquello que está prohibido.
Se trata de una de las historias más famosas que cuenta el historiador. Se conoce como la historia de Candaules y Giges y ocurre en el antiguo reino de Lidia.
El rey de Lidia, Candaules, estaba obsesionado con la belleza de su esposa. Estaba tan convencido de que era la mujer más hermosa del mundo que quería que alguien más lo comprobara. Pensó entonces en su guardaespaldas y hombre de confianza, Giges, quien escuchaba constantemente al rey hablar de la extraordinaria hermosura de la reina.
Un día, Candaules le propuso algo escandaloso: que se escondiera en el dormitorio para verla desnuda cuando se desvistiera.
Giges se negó al principio, pues en la cultura griega y oriental ver desnuda a una mujer sin su consentimiento era considerado una gran deshonra. Pero el rey insistió tanto que prácticamente lo obligó.
El plan ideado por Candaules consistía en que Giges se escondiera detrás de una puerta. La reina entraría en la habitación y se desnudaría para dormir; cuando ella se metiera en la cama, Giges saldría sin ser visto.
Así ocurrió, pero algo no salió como estaba previsto: la reina vio a Giges cuando se retiraba de la estancia. No dijo nada en ese momento, pero comprendió que su propio marido la había traicionado.
Al día siguiente mandó llamar a Giges en secreto y le dio dos opciones: morir por haberla visto desnuda o matar al rey Candaules, casarse con ella y convertirse en rey. Aunque intentó convencerla de su inocencia, finalmente eligió sobrevivir.
Aquella misma noche entró en el dormitorio del rey y lo asesinó mientras dormía, tomando el trono de Lidia y fundando una nueva dinastía.
Esta historia, narrada por Heródoto, permite reflexionar sobre varios temas: la arrogancia del poder, la violación de normas sociales y del honor femenino, y también el origen del poder político y los cambios de dinastía. Pero, además, conecta con la idea que apuntábamos al principio: es uno de los relatos más antiguos sobre mirar lo prohibido, es decir, sobre el motivo del voyeurismo en la literatura.
Este episodio narrado por Heródoto se presta a una reflexión sobre el erotismo leve o sugerido en la literatura. La escena central no describe un acto amoroso ni sexual; todo gira en torno a la mirada y al deseo de contemplar lo que no debe verse. El efecto literario nace precisamente de esa insinuación, de lo que se sugiere más que de lo que se muestra.
Siglos después, esta misma historia seguiría inspirando a artistas, como demuestra el cuadro Candaules, King of Lydia, Shows His Wife by Stealth to Gyges del pintor Jean-Léon Gérôme. La fascinación por este episodio demuestra hasta qué punto el motivo de la mirada prohibida ha acompañado a la cultura occidental durante siglos.
Tal vez ahí resida una de las razones por las que los clásicos siguen hablándonos con tanta claridad. Cambian las épocas y las costumbres, pero ciertas emociones humanas —la curiosidad, el deseo, el poder o la transgresión— permanecen. Y en relatos como este, escritos hace más de dos milenios, descubrimos que aquello que creemos tan moderno ya estaba, de algún modo, presente en los comienzos mismos de nuestra literatura.

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