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Mujeres de saber en Clemente de Alejandría

 

Mujeres de saber en Clemente de Alejandría


Por André Thevet - Internet Archive scan of Les vrais pourtraits et vies des hommes illustres grecz, latins et payens, Dominio público, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=6885509

Estudiando a Clemente de Alejandría —una figura central del cristianismo antiguo— me encontré, casi de paso, con una relación inesperada, en la que hasta entonces no había reparado: mujeres filósofas, dialécticas, maestras, poetisas, pintoras e inventoras, nombres propios asociados a prácticas intelectuales reconocibles.

Clemente no está escribiendo un tratado sobre las mujeres. Su propósito es defender que la virtud y la perfección no dependen del sexo, sino de la formación, la disciplina y la gracia. En ese contexto sostiene que deben filosofar por igual el esclavo y el libre, el hombre y la mujer. Sin embargo, la fuerza del pasaje no reside en lo que se afirma, sino en la naturalidad con la que estas mujeres aparecen integradas en el mundo del saber. 

I. Filósofas y escuelas

Entre los nombres que Clemente transmite, algunos aparecen vinculados de manera explícita a la práctica filosófica.

Teano de Crotona, asociada a la tradición pitagórica, ocupa un lugar destacado. Según Dídimo, fue la primera mujer en cultivar la filosofía y en componer escritos poéticos de carácter doctrinal. Su nombre reaparece con insistencia, lo que sugiere que no se trata de una mención decorativa, sino del recuerdo de una figura reconocida dentro de una tradición intelectual.

A su alrededor se sitúan otras mujeres vinculadas al pitagorismo, como Mía, hija de Teano, continuadora de la enseñanza moral, y Arignote, autora de escritos atribuidos a la misma escuela.

En otro horizonte filosófico aparece Temisto de Lampsaco, hija de Zoilo y esposa de Leontes, formada en la escuela epicúrea, lo que muestra que la participación femenina no se limitó a una sola corriente.

La figura de Arete de Cirene, hija de Aristipo, destaca como transmisora de una escuela: educó a su hijo Aristipo el Joven, conocido como “el enseñado por su madre”, prolongando así la tradición cirenaica.

Más radical es el caso de Hiparquia de Maronea, filósofa cínica y esposa de Crates. Su vida misma fue una forma de filosofía practicada públicamente, hasta el punto de celebrar su matrimonio conforme a los principios de la escuela.

También se mencionan Lasthenia de Mantinea y Axiotea de Fliunte, ambas discípulas de Platón en la Academia, lo que testimonia la presencia femenina en uno de los centros intelectuales más influyentes de la Antigüedad.

II. Poetas, música y artes del saber

El saber no aparece compartimentado en el texto de Clemente. Junto a las filósofas se mencionan mujeres vinculadas a la poesía, la música y la educación.

Entre las poetisas destacan Safo, Corina y Telesila, esta última recordada también por su liderazgo cívico. Estas figuras muestran que la palabra poética formaba parte del mismo horizonte cultural que la reflexión filosófica.

En el ámbito musical se menciona a Olimpia de Misia, asociada a la práctica de la armonía lidia, testimonio de una formación técnica y artística especializada.

III. Pintoras y creadoras visuales

Clemente recuerda igualmente a mujeres dedicadas a las artes visuales. Entre ellas se encuentran Irene, hija de Cratino, y Anaxandra, hija de Nealces, citadas como pintoras reconocidas. Su presencia confirma que la actividad intelectual femenina se extendía también al ámbito de la representación y la imagen.

IV. Ciencia, técnica e invención

En este punto conviene recordar que Clemente introduce estos ejemplos dentro de una reflexión más amplia sobre el origen del saber. En el libro I sostiene que muchas artes, técnicas y conocimientos —como la astronomía, la escritura, la música o ciertos oficios— proceden de los llamados "bárbaros", es decir, de pueblos no griegos. Las mujeres que aquí aparecen no son presentadas como una excepción dentro de ese proceso, sino integradas de manera natural en ese vasto conjunto de transmisores del conocimiento.

En otros pasajes, el horizonte se amplía aún más, incorporando figuras asociadas al origen de conocimientos científicos y técnicos.

Hipona, hija del centauro, aparece como transmisora del saber natural de su padre, en particular del conocimiento de la física y de los astros. Eurípides la recuerda como experta en la interpretación de los signos celestes.

A Medea, hija de Eetes, se le atribuye la invención del teñido del cabello, mientras que en tiempos de Semíramis, reina de los asirios, se sitúa el origen de las prendas de lino.

Atosa, reina de los persas, es mencionada por Helánico como la primera en componer letras escritas. En el ámbito de la métrica, algunos atribuyen la invención del hexámetro heroico a Fanotea, esposa de Icario; otros a Temis, una de las titánides.

V. Virtud, saber y naturalidad

No todas estas mujeres fueron filósofas en el sentido escolar del término. Algunas pertenecen al ámbito del mito, otras al de la técnica o el arte, otras encarnan formas de saber práctico o ético. Sin embargo, todas aparecen integradas en un mismo mundo racional, donde pensar, crear y vivir no están aún separados por fronteras rígidas.

Lo que resulta más llamativo no es la presencia de estos nombres, sino la ausencia de justificación. Clemente no se detiene a explicar por qué las menciona: simplemente las nombra. Tal vez sea esa naturalidad —más que la enumeración misma— lo que hoy provoca mayor extrañeza.

Conclusión

Este conjunto de eruditas no pretende constituir un catálogo exhaustivo. Es, más bien, el resultado de un hallazgo textual: fragmentos conservados sin intención programática, pero que permiten entrever un paisaje intelectual en el que las mujeres participaron de múltiples formas en la transmisión del saber.

Leídas desde la historia del cristianismo antiguo, estas páginas de Clemente de Alejandría no solo iluminan su pensamiento sobre la virtud, sino que abren, casi sin proponérselo, una ventana hacia un mundo intelectual más amplio y plural de lo que a menudo se supone.

Leer estos pasajes produce una mezcla de asombro y gratitud: asombro ante la amplitud del mundo antiguo, y gratitud por quienes, sin proponérselo, conservaron en sus textos la memoria de un saber compartido.

Cuánto conocimiento hay entre los pliegues de las letras de los antiguos, cuánta sabiduría.



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