Estudiando
a Clemente de Alejandría —una figura central del cristianismo
antiguo— me encontré, casi de paso, con una relación inesperada,
en la que hasta entonces no había reparado: mujeres filósofas,
dialécticas, maestras, poetisas, pintoras e inventoras, nombres
propios asociados a prácticas intelectuales reconocibles.
Clemente
no está escribiendo un tratado sobre las mujeres. Su propósito es
defender que la virtud y la perfección no dependen del sexo, sino de
la formación, la disciplina y la gracia. En ese contexto sostiene
que deben filosofar por igual el esclavo y el libre, el hombre y la
mujer. Sin embargo, la fuerza del pasaje no reside en lo que se
afirma, sino en la naturalidad con la que estas mujeres aparecen
integradas en el mundo del saber.
I.
Filósofas y escuelas
Entre los nombres que Clemente transmite, algunos aparecen
vinculados de manera explícita a la práctica filosófica.
Teano de Crotona, asociada a la tradición
pitagórica, ocupa un lugar destacado. Según Dídimo, fue la primera
mujer en cultivar la filosofía y en componer escritos poéticos de
carácter doctrinal. Su nombre reaparece con insistencia, lo que
sugiere que no se trata de una mención decorativa, sino del recuerdo
de una figura reconocida dentro de una tradición intelectual.
A su alrededor se sitúan otras mujeres vinculadas al pitagorismo,
como Mía, hija de Teano, continuadora de la
enseñanza moral, y Arignote, autora de escritos
atribuidos a la misma escuela.
En otro horizonte filosófico aparece Temisto de Lampsaco,
hija de Zoilo y esposa de Leontes, formada en la escuela epicúrea,
lo que muestra que la participación femenina no se limitó a una
sola corriente.
La figura de Arete de Cirene, hija de Aristipo,
destaca como transmisora de una escuela: educó a su hijo Aristipo el
Joven, conocido como “el enseñado por su madre”, prolongando así
la tradición cirenaica.
Más radical es el caso de Hiparquia de Maronea,
filósofa cínica y esposa de Crates. Su vida misma fue una forma de
filosofía practicada públicamente, hasta el punto de celebrar su
matrimonio conforme a los principios de la escuela.
También se mencionan Lasthenia de Mantinea y
Axiotea de Fliunte, ambas discípulas de Platón en
la Academia, lo que testimonia la presencia femenina en uno de los
centros intelectuales más influyentes de la Antigüedad.
II.
Poetas, música y artes del saber
El saber no aparece compartimentado en el texto de Clemente. Junto
a las filósofas se mencionan mujeres vinculadas a la poesía, la
música y la educación.
Entre las poetisas destacan Safo, Corina
y Telesila, esta última recordada también por su
liderazgo cívico. Estas figuras muestran que la palabra poética
formaba parte del mismo horizonte cultural que la reflexión
filosófica.
En el ámbito musical se menciona a Olimpia de Misia,
asociada a la práctica de la armonía lidia, testimonio de una
formación técnica y artística especializada.
III.
Pintoras y creadoras visuales
Clemente recuerda igualmente a mujeres dedicadas a las artes
visuales. Entre ellas se encuentran Irene, hija de
Cratino, y Anaxandra, hija de Nealces, citadas como
pintoras reconocidas. Su presencia confirma que la actividad
intelectual femenina se extendía también al ámbito de la
representación y la imagen.
IV.
Ciencia, técnica e invención
En este punto conviene recordar que Clemente introduce estos
ejemplos dentro de una reflexión más amplia sobre el origen del
saber. En el libro I sostiene que muchas artes, técnicas y
conocimientos —como la astronomía, la escritura, la música o
ciertos oficios— proceden de los llamados "bárbaros", es
decir, de pueblos no griegos. Las mujeres que aquí aparecen no son
presentadas como una excepción dentro de ese proceso, sino
integradas de manera natural en ese vasto conjunto de transmisores
del conocimiento.
En otros pasajes, el horizonte se amplía aún más, incorporando
figuras asociadas al origen de conocimientos científicos y técnicos.
Hipona, hija del centauro, aparece como
transmisora del saber natural de su padre, en particular del
conocimiento de la física y de los astros. Eurípides la recuerda
como experta en la interpretación de los signos celestes.
A Medea, hija de Eetes, se le atribuye la
invención del teñido del cabello, mientras que en tiempos de
Semíramis, reina de los asirios, se sitúa el
origen de las prendas de lino.
Atosa, reina de los persas, es mencionada por
Helánico como la primera en componer letras escritas. En el ámbito
de la métrica, algunos atribuyen la invención del hexámetro
heroico a Fanotea, esposa de Icario; otros a Temis,
una de las titánides.
V. Virtud,
saber y naturalidad
No todas estas mujeres fueron filósofas en el sentido escolar del
término. Algunas pertenecen al ámbito del mito, otras al de la
técnica o el arte, otras encarnan formas de saber práctico o ético.
Sin embargo, todas aparecen integradas en un mismo mundo racional,
donde pensar, crear y vivir no están aún separados por fronteras
rígidas.
Lo que resulta más llamativo no es la presencia de estos nombres,
sino la ausencia de justificación. Clemente no se detiene a explicar
por qué las menciona: simplemente las nombra. Tal vez sea esa
naturalidad —más que la enumeración misma— lo que hoy provoca
mayor extrañeza.
Conclusión
Este
conjunto de eruditas no pretende constituir un catálogo exhaustivo.
Es, más bien, el resultado de un hallazgo textual: fragmentos
conservados sin intención programática, pero que permiten entrever
un paisaje intelectual en el que las mujeres participaron de
múltiples formas en la transmisión del saber.
Leídas desde la historia del cristianismo antiguo, estas páginas
de Clemente de Alejandría no solo iluminan su pensamiento sobre la
virtud, sino que abren, casi sin proponérselo, una ventana hacia un
mundo intelectual más amplio y plural de lo que a menudo se supone.
Leer estos pasajes produce una mezcla de asombro y gratitud:
asombro ante la amplitud del mundo antiguo, y gratitud por quienes,
sin proponérselo, conservaron en sus textos la memoria de un saber
compartido.
Cuánto conocimiento hay entre los pliegues de las letras de los
antiguos, cuánta sabiduría.
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