Miradas de una vida
![]() |
Qué extraño nos resulta la vida. Nos acompaña, está integrada con nuestro ser, y parece que la conocemos; creemos ser dueños de nuestros pensamientos, de nuestros actos, de nuestra manera de comunicarnos e incluso de nuestra forma de entender.
Sin embargo, cuando disponemos de tiempo para reflexionar, o cuando el peso de la vida cambia, surgen ideas que antes pasaban desapercibidas. Mientras tanto, observamos la existencia como si fuera ajena, pero es un espejo que nos devuelve lo que no sabemos que sentimos.
Entendemos lo que entendemos. Comprendemos por qué nos comunicamos, cómo lo hacemos y para qué; sabemos cómo funcionan los medios que utilizamos. De igual manera, sentimos que las expresiones corporales —sobre todo las manos— también comunican. Las observamos, asimilamos sus gestos y movimientos, y sabemos reproducirlos.
Pero hay un tercer medio de expresión: los ojos. Y este lo entendemos bastante menos. Muchos perciben lo que los ojos comunican; otros no. La voz es poderosa y se puede modular, las manos se pueden enfatizar, pero los ojos… son una comunicación de baja intensidad aparente. Sin embargo, llevan incorporada una melodía que nada puede superar: no hay grito que penetre más que una mirada de amor, ni clamor que iguale una mirada de dolor.
¿Recuerdan aquello de las palabras que decían sin decir, palabras que ya llevaban consigo el sentimiento al pronunciarse? Algo parecido ocurre con la mirada: habla sin hablar, canta sin música, toca sin manos.
Oh, cómo me gusta la mirada, descifrar esos puentes imaginarios que conectan emociones, cruzan espacios que la voz y las manos no pueden. Si nos enseñaran desde pequeños a mirar y a interpretar, quizá sería el primer paso para comprender que todo lo interesante sucede en la sombra.
Sumido en lo más profundo de mis pensamientos, frente a mí se ha sentado una pareja de edad avanzada. El abrigo largo y azul oscuro lo hace esbelto; los rasgos y el pelo plateado dibujan una antigüedad serena. Ella, algo menos abrigada, acerca la silla libre para colocar el bolso bien cerca, como si en ese espacio llevara todas las pertenencias que desea. Desprende una fragancia fresca.
Sobre la mesa limpia, tan solo el servilletero. Sin ceniceros. El camarero ha dejado dos vasos de agua, que le sirven de aviso para abrir el bolso y, en pocos segundos, tener lo que buscaba.
Una cajita, de la que saca algunas pastillas que revisa, casi desconfiada, como si tuvieran un significado al entregarlas: probablemente no sean pastillas, sino tiempo. Es seguimos aquí, un rato más, juntos, y extiende la mano.
Como si se tratara de una coreografía sincronizada, la otra mano las recoge, dejando ver en ambas, en la derecha, las alianzas.
Después, la mano se acerca a la taza y se retira al instante. Ella lo mira solo un segundo, lo justo. Cuando el camarero regresa, la sacarina ya está sobre el plato.
Una sonrisa leve, compartida. No por el café.
Ella se lleva la mano al pelo, un gesto antiguo, casi olvidado. Él la mira con una dulzura que no pide respuesta. Ella sonríe. Ha entendido.
Presto atención, pero disimulo el enfoque. No necesitan palabras: se miran y entienden. Me pregunto cómo sería una partitura de miradas, mientras, despacio, inclinan la cabeza para dar pequeños sorbos de café y algunos trocitos de tostada impregnada con el milagroso aceite.
Solo una diminuta miga de pan ha quedado sobre el pecho. Cuidadosamente la retira con una servilleta de papel y, después, como si fuera un ritual, saca del bolsillo un pañuelo de tela blanco, perfectamente doblado, que deja entrever unos cuadrados marrón y azul. Se alcanzan a ver unas iniciales bordadas y se lo pasa por los ojos. Ella sigue la escena.
Sin prisas, mira el reloj ajustado en la muñeca izquierda.
Un simple parpadeo ha sido suficiente para entender que ambos están listos para levantarse, movimiento que él inicia con una mano apoyada en la mesa, mientras ella, aún sentada, coloca los brazos como contrapeso, previsora.
Frente a frente se miran. Sus ojos, aunque cansados, mantienen la viveza de la juventud. Ella eleva la mano y coloca con cuidado la solapa del abrigo. Él la mira sonriente.
Tras salir por la puerta, situada a su derecha, ella se coge de su brazo, como siempre.

Qué bonito envejecer juntos, entenderse con la mirada. No necesitar la palabra para saber qué necesita uno del otro, o cuál será el siguiente movimiento...estar apoyado en la otra persona, esa que conoces mejor que a ti mismo. Creo que es una época muy bonita, que el amor ha permanecido, pero que ha cambiado. Ahora es más necesario, es más tranquilo. Pide menos, pero da más.
ResponderEliminar