El último suspiro de Bizancio
Origen y situación de Constantinopla
En un punto estratégico entre Europa y Asia fue fundada Bizancio. En el año 330 d. C., el emperador Constantino I la refundó como Constantinopla, convirtiéndola en capital del Imperio romano de Oriente.
Siglos después, Constantinopla escuchaba con frecuencia los sonidos y hasta el olor de la guerra. El ambiente de la ciudad se estremecía, y aun la grandeza de Santa Sofía, con sus extraordinarios mármoles y mosaicos, espejos de innumerables velas, parecía vibrar con las continuas noticias que llegaban del exterior.
La amenaza otomana y el ascenso de Mahomet II
El sultán Murad II falleció cerca de Andrinópolis el 2 de febrero de 1451. El primer acto de su heredero, Mahomet II, fue ordenar el estrangulamiento de un niño: su hermano, todavía en la lactancia, fruto de la unión de su padre con una princesa de Sinope.
El nuevo sultán, que contaba apenas veintiún años pero ya había adquirido experiencia en la guerra y en el gobierno del Estado, estaba firmemente decidido a borrar del mapa una Constantinopla cristiana. Según Ducas, esa única preocupación lo atormentaba noche y día.
Diplomacia fallida e incumplimiento de los tratados
Tras celebrar corte en Andrinópolis y poniendo en práctica las artes de la política, Mahomet decidió renovar los tratados con sus vasallos cristianos. Firmó una tregua de tres años con Juan Hunyadi, tiempo que aprovechó para recibir y estudiar proyectos de ataque.
Al mismo tiempo, Constantino XI, plenamente consciente del peligro, pedía insistentemente ayuda a Occidente.
Tal como se presagiaba, lo acordado fue incumplido. El 5 de abril de 1453, un inmenso ejército otomano, acompañado de sus aparatos de guerra, inundó el frente de Bizancio hasta llegar casi al pie de las murallas.
La gran ciudad, cada vez más debilitada, se enfrentaba no solo a la amenaza enemiga, sino también a profundos conflictos religiosos, de intereses, económicos y sociales. Abandonada por los Estados de Occidente y por todos sus aliados, se encontraba frente a la organización militar más poderosa de la Europa del siglo XV, en la más absoluta soledad.
Hasta el último momento trató Constantino XI de obtener ayuda. El sitio ya había comenzado cuando sus embajadores aún recorrían Europa, recogiendo tan solo buenas palabras. Quedó así demostrado que las potencias occidentales permitieron que los turcos se establecieran en el Bósforo.
Preparativos para el asedio
Pese al cúmulo de circunstancias desfavorables —discordias internas, agitación religiosa, carencia de recursos, de tropas y de armamento— se confió en que las antiguas murallas del recinto de Teodosio II resistirían durante un tiempo, como en efecto ocurrió, a pesar del huracán de fuego que se abatió sobre ellas durante dos meses.
Bizancio era consciente de que estaba perdida, pero al menos supo morir con dignidad.
El total de combatientes no alcanzaba los cinco mil hombres, incluidos monjes y voluntarios, a los que se sumaban entre dos mil y tres mil extranjeros. El armamento era insuficiente: la mayor parte de los griegos combatía con armas blancas y la artillería era mediocre, reducida a pequeños cañones de hierro. La defensa naval se limitaba a siete u ocho barcos alineados tras la cadena que cerraba la entrada del Cuerno de Oro. Las municiones, de mala calidad, se distribuían con extrema parcimonia.
Frente a ellos se alzaban unos ciento sesenta mil hombres del ejército turco, integrados por cuerpos selectos. La artillería ocupaba un lugar fundamental entre aquellos efectivos. Nunca hasta entonces se había empleado esta arma en proporción tan grande ni con piezas de sitio destinadas de forma sistemática a la demolición de murallas.
A causa de su peso, las enormes bombardas tuvieron que ser fabricadas en el mismo lugar de su emplazamiento, empotradas en grandes bloques de piedra. Los proyectiles, capaces de ser lanzados por encima de los muros, resultaban prácticamente irresistibles. Frantzés cuenta catorce baterías con cuatro grandes cañones cada una. Tres de aquellas piezas destacaban por sus dimensiones insólitas, pero la más célebre fue el cañón gigante fabricado en Andrinópolis por el ingeniero húngaro Orban, antiguo transfuga de Constantinopla puesto al servicio de los turcos.
El diámetro de aquella pieza era de noventa y nueve centímetros y lanzaba bolas de una circunferencia de un metro ochenta y seis. Se necesitaron dos meses para transportarla frente a Constantinopla y sesenta bueyes para arrastrarla.
El sitio
Durante un tiempo, a consecuencia de los ataques y, en especial, de los efectos del gran cañón, las murallas quedaban gravemente dañadas. Por la noche, los asediados se apresuraban a repararlas, no con la solidez de su estado original, pero sí lo suficiente para obstaculizar los asaltos que se anunciaban inminentes.
Los sitiadores podían permitirse —y según parece, esa era la estrategia— atacar de forma continua y por puntos distintos, sin conceder tregua, con el objetivo de provocar un desgaste constante, tanto psíquico como físico, entre los defensores.
La situación distaba de ser tranquilizadora. Mientras los turcos recibían refuerzos procedentes de Asia, las fuerzas griegas se debilitaban día tras día. Se hicieron esfuerzos para mantener la disciplina y fue necesario establecer rondas nocturnas para impedir la deserción. El estado moral de la población empeoraba visiblemente: se injuriaba abiertamente al emperador y a los caudillos, y no eran raros los motines.
La escasez de víveres comenzaba a sentirse. Entre los jefes surgieron discordias, especialmente entre griegos y latinos, agravadas por antiguas desconfianzas y por la tensión extrema del asedio.
La guerra naval y el Cuerno de Oro
El 20 de abril, después de haber rechazado el día anterior un ataque naval, llegaron al Propóntide tres galeras genovesas y un transporte griego cargado de víveres y soldados. No era la ayuda esperada, pero bastaba para prolongar la resistencia durante algún tiempo más.
Mahomet II ordenó de inmediato a Baltoglu que se apoderara de aquellas naves y las hundiera. El propio sultán asistió al encarnizado combate que se libró entre la Punta del Serrallo y la entrada del Cuerno de Oro. Los numerosos barcos turcos, de menor envergadura, intentaron impedir la entrada en puerto recurriendo a toda clase de maniobras, sobre todo al abordaje.
Los ataques fueron rechazados con enorme esfuerzo. Gracias a su superioridad de velamen y de tiro, los navíos genoveses lograron atravesar la flota otomana sin sufrir daños graves y penetraron en el puerto, para desesperación del sultán, que, fuera de sí, descargó su maza de armas sobre su almirante.
El golpe fue duro, pero Mahomet no se resignó. Decidió introducir su flota en el Cuerno de Oro por un procedimiento audaz: mandar arrastrar los navíos por tierra, desde el Bósforo hasta la cima de la colina de Pera, para hacerlos descender después al puerto y atacar por la retaguardia a la flota cristiana que defendía la cadena.
En la noche del 22 al 23 de abril, setenta barcos, de entre diecisiete y veinte metros de eslora, fueron arrastrados por tiros de búfalos y por un considerable número de hombres, a lo largo de una distancia aproximada de un kilómetro y salvando un desnivel de más de trescientos metros.
A la mañana siguiente, la población contempló consternada la presencia de los navíos enemigos dentro del Cuerno de Oro. Una parte de los combatientes hubo de quedar inmovilizada en los muros marítimos para contener esta nueva amenaza. Sin embargo, la maniobra no produjo los efectos esperados por el sultán: los barcos turcos quedaron en gran medida prisioneros, incapaces de forzar la cadena y expuestos a los ataques de los navíos cristianos.
El 28 de abril, Jacopo Coco, comandante de una galera veneciana de Trebisonda, intentó incendiar la flota otomana. El plan habría tenido éxito de no mediar la traición de los genoveses de Gálata, que informaron a Mahomet II. Los navíos destinados a propagar el incendio fueron hundidos antes de cumplir su objetivo.
Ultimátum y desesperación
El 23 de abril, sintiéndose agotada la defensa, con las murallas seriamente dañadas y crecientes conflictos entre genoveses y venecianos, Constantino XI ofreció la paz al sultán mediante el pago de un tributo. Mahomet no respondió.
Dos semanas más tarde, ordenó dos ataques sobre las brechas abiertas entre la puerta de Caligaria y la de Andrinópolis, que fueron rechazados, repitiéndose asaltos similares en otros puntos.
El día 14, todos los efectivos otomanos se concentraron frente a la Puerta de San Romano, considerada el punto más débil del sistema defensivo. Los cañones fueron colocados en posición, incluidos los más devastadores.
Tras cuarenta días de bombardeos, se habían abierto tres grandes brechas en las murallas terrestres: entre Tekfur-Seray y la puerta de Andrinópolis; en la Caligaria, en el valle del Licos; y en la puerta de San Romano, así como en la tercera puerta militar, al noroeste de Selymbria. El sultán las llamó “tres caminos para entrar en la ciudad”.
Como en ocasiones anteriores, los sitiados se dedicaron a repararlas con medios improvisados, amontonando materiales y levantando empalizadas protegidas con sacos de tierra y algodón.
Había llegado el momento del asalto general. Corría el rumor de que en Occidente se organizaba una gran cruzada, lo que explica que, antes del ataque final, Mahomet intentara obtener la rendición de la ciudad por capitulación. Ofreció a Constantino XI el dominio de la Morea bajo soberanía turca si abandonaba la defensa. En caso contrario, amenazó con pasar a cuchillo a todos los habitantes o reducirlos a esclavitud.
El emperador respondió que tanto él como los habitantes estaban dispuestos a sacrificar sus vidas antes que entregar la ciudad.
El 3 de mayo se logró hacer salir un navío hacia el Archipiélago en busca de la flota de socorro prometida por Venecia. Regresó sin noticias el 23 de mayo, el mismo día en que Mahomet envió su ultimátum. Entonces los caudillos comprendieron que todo estaba perdido y que solo quedaba morir.
Asalto final
El asalto final fue decidido el 26 de mayo, tras un consejo de guerra cuyas deliberaciones se prolongaron durante horas y en el que cada jefe de cuerpo hubo de emitir su opinión. Mahomet II resolvió lanzar el ataque general. Al día siguiente pasó revista a sus tropas, asignó a cada cual su puesto y prometió a los soldados todos los tesoros de Constantinopla, reservándose para sí únicamente las murallas.
Sin demora dispuso el plan del ataque. El asalto a los muros se realizaría por oleadas sucesivas, de modo que fuese ininterrumpido y sostenido siempre por tropas frescas. Al caer la noche se encendieron grandes hogueras en los vivaques; todos los navíos que bloqueaban Constantinopla fueron iluminados y, entre el estruendo de trompetas y otros instrumentos ruidosos, los turcos lanzaron clamores inmensos que llenaron de sobresalto a los sitiados.
La jornada del 28 de mayo fue especialmente intensa. En la ciudad, Giustiniani trataba de reparar a toda prisa, y como podía, las enormes brechas abiertas en las murallas. Al mismo tiempo, Constantino XI ordenó que se celebraran grandes procesiones con rogativas solemnes: los iconos más venerados fueron llevados sobre los muros y hasta el interior de las brechas, y Frantzés atribuye al basileus un discurso cargado de solemnidad, acorde con el gusto de la época.
Después, el emperador se dirigió a Santa Sofía, abandonada desde la proclamación de la Unión. Tras él acudieron los grandes dignatarios y los caudillos, sin distinción de nacionalidades. Allí recibieron la eucaristía, se abrazaron mutuamente y se perdonaron sus faltas. A continuación regresaron todos a las murallas y, una vez en ellas, se cerraron con cerrojos y candados las puertas de las torres que daban a la ciudad, para impedir toda posibilidad de huida.
El asalto comenzó en la noche del 28 al 29 de mayo, hacia la una y media de la madrugada. Se realizó simultáneamente sobre los tres lados del triángulo que formaba la ciudad, aunque solo fue verdaderamente intenso frente a las murallas terrestres, entre Tekfur-Seray y la puerta de San Romano. La primera oleada, compuesta en su mayoría por irregulares baquibuzuks, muchos de ellos cristianos, avanzó lentamente, alzando escalas y tratando de franquear el foso. Abrumados por los proyectiles, retrocedieron tras dos horas de combate.
Les siguieron contingentes de Anatolia, disciplinados y bien armados, que atacaron por el mismo punto e iniciaron la escalada, pero también fueron rechazados. Fue entonces cuando el gran cañón abrió fuego sobre la brecha. Exasperado, Mahomet II lanzó a la lucha sus reservas. El día comenzaba a despuntar. Los defensores, exhaustos, resistían aún cuando los jenízaros, lanzando terribles gritos, se precipitaron contra la puerta de San Romano, mientras resonaban por toda la ciudad las campanadas y los simandros.
En aquel momento fue herido Giustiniani en el esternón y hubo de ser retirado del combate. La lucha se volvió todavía más encarnizada tras su marcha, quizá tanto por el dolor de la herida como por la certeza de no poder ya contener las grietas que el enemigo abría en la defensa.
Aun así, en lucha desigual, los sitiados continuaban resistiendo cuando, de pronto, vieron ondear el estandarte del sultán dentro de la ciudad.
Caída y significado histórico
Los turcos habían logrado penetrar por la Cercaporta, poterna situada no lejos de la puerta de Andrinópolis, en el punto donde el muro de Teodosio enlazaba con el recinto de Heraclio. Los defensores de la puerta de San Romano, con el emperador a su cabeza, siguieron combatiendo, pero atacados por la espalda se vieron cubiertos materialmente por la oleada otomana. La brecha fue forzada en el preciso instante en que salía el sol.
Entonces, Constantino XI, seguido de dos o tres fieles, se lanzó en medio de la pelea, repartiendo tajos y estocadas, y halló la muerte gloriosa que convenía al último emperador de Bizancio.
El sacrificio estaba consumado. Los turcos penetraron en la ciudad por todas partes, cumpliendo lo anunciado y sembrando el terror entre cuantos encontraban a su paso. Más tarde, calmado aquel primer furor, organizaron metódicamente el saqueo de casas, palacios y monasterios. El pueblo, enloquecido, se refugió en Santa Sofía, donde, según las predicciones que habían circulado durante el sitio, debía producirse un milagro; pero los turcos, rompiendo las puertas a hachazos, irrumpieron también allí, saquearon la iglesia y redujeron a la esclavitud a todos los que cayeron en sus manos.
Cuando toda resistencia se hubo extinguido, Mahomet II hizo su entrada en la ciudad y se dirigió directamente a la Gran Iglesia. Desde el ambón, acompañado de un imán, recitó la plegaria; luego penetró en el santuario, subió al altar y lo pisoteó. Aquellos dos gestos simbólicos cerraban una historia más que milenaria e inauguraban una nueva era. El Estado de Bizancio sucumbía, y con él naufragaba mucho más que una ciudad.

¡Fantástico relato! Enhorabuena. Gracias por compartirlo.
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