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Volver al Puente Grande con otros ojos

 

Volver al Puente Grande con otros ojos

Puente Grande- Imagen tomada por el autor del artículo


He decidido hacer una pequeña excursión a un lugar muy cercano, aunque conocido desde mis caminatas. Hoy quiero visitar el Puente Grande de un modo distinto: observarlo con verdadera atención, detener mi mirada en los detalles y dejarme sorprender. La sola idea me produce una ilusión contenida mientras preparo la cámara, la pequeña libreta con la imagen de don Victorio Molina y el bolígrafo azul. Me recuerda a cuando, en el colegio, nos llevaban de excursión a un monte cercano.

Parto desde la calle Clara Campoamor. En pocos pasos alcanzo el vértice más próximo de ese enorme rectángulo asfaltado que se abre ante mí. Tres hileras de árboles altos lo delimitan. En otro tiempo fue el campo de fútbol “Las Cigüeñas”; hoy es un espacio multiuso: aparcamiento gratuito, recinto de feria, mercadillo de los sábados y punto de encuentro para quienes hacen deporte, los niños que juegan y quienes simplemente se sientan a pasar un rato.

Avanzo en línea recta hacia el vértice opuesto y pienso en los beneficios de disponer de un horizonte amplio, zonas verdes y una sensación de aire libre que esta villa aún conserva. No puedo evitar relacionarlo con la salud: caminar aquí parece un regalo para el cuerpo.

Tras cruzar la calzada comienza una acera ancha, de unos tres metros, que recorre cerca de 430 metros hasta el puente. Las baldosas, rojas y azules opacas por el paso del tiempo, forman rombos ordenados. Los bordillos, grises y a ras de suelo, acompañan el trazado.

A la derecha, un manto de hojas marrones anuncia el mes en que estamos, primeros de diciembre. Caen de los plátanos de sombra, de tronco liso y color gris verdoso, ahora con la fronda menguada entre tonos verdes y marrones. A cada lado de la acera discurre un seto. El de la izquierda, de duranta erecta, se interrumpe unos metros antes del puente, sustituido por una franja de cemento; el de la derecha, de nerium oleander, muestra menos cuidado. Tras este, en el tramo final, aparecen pinos y un denso cañaveral. Bancos metálicos y de madera, en buen estado, completan la ornamentación junto a unas papeleras bien distribuidas.

Al fondo se alzan las enormes columnas ovaladas y estriadas del puente, que sostienen los cuatro carriles de la autovía Jerez–Los Barrios. El sonido del tráfico es constante, un traqueteo parecido al de un tablón de madera golpeado rítmicamente. Pasar por debajo resulta molesto.

Unos pasos más y estoy ante el objetivo de mi excursión. A la derecha hay un mural con recomendaciones frente al mosquito del Nilo; otro muestra rutas para andar o ir en bicicleta. Sin embargo, no encuentro nada que explique la historia del puente, salvo un discreto cartel en la zona del merendero que menciona el nombre “Puente Grande”.

La carretera que lo cruza parece una vía más entre tantas: barandas metálicas a ambos lados y una acera mínima de unos cuarenta centímetros por la que casi nadie camina. Antes y después del puente, unos malecones pintados de blanco lo enmarcan. Tiene unos 75 metros de longitud y 5,5 de ancho. En su lado derecho se ha incorporado una pasarela metálica del mismo largo y alrededor de un metro de ancho, sostenida por soportes metálicos fijados a la estructura principal. Los paneles laterales, de celosía gris, alcanzan aproximadamente 1,20 metros, rematados arriba por un perfil rectangular. En ambos lados discurren dos tubos de un amarillo verdoso. El suelo es de madera.

Desde arriba, quizá a cinco metros sobre el agua, se aprecia el cauce del río, flanqueado por pinos, eucaliptos y matorrales altos. Bajo mis pies, peces y alguna tortuga se desplazan sin prisa. El zumbido del tráfico de la autovía sigue presente, mezclado con el tránsito hacia y desde Algeciras.

Apoyado en la baranda tomo algunas notas mientras pasa un flujo continuo de personas de todas las edades. El aire fresco envuelve la pasarela y abundan los saludos: “buenas tardes”, “hola”, “hasta luego”. Me llama la atención que casi todos miran a la cara al saludar. Los más jóvenes llevan ropa deportiva; los mayores, vestimenta cómoda; otros, atuendos cotidianos.

Al final del puente comienzan unas barandillas de madera que conducen a un merendero acogedor. Entre eucaliptos se distribuyen varias mesas con sus bancos. El gris de la tarde queda difuminado bajo las hojas; la humedad que sentí sobre el puente desaparece aquí, como si esa flora quisiera que me sintiera cómodo bajo su compañía.

Apenas me acerco al río, un grupo de unos cincuenta patos se aproxima con sus andares graciosos y un coro de graznidos, quizás esperando alimento. Hay blancos, negros, marrones, grises y bicolores. De pronto, como si recibieran una orden invisible, el silencio se instala y el entorno entero,el agua, la brisa, los matorrales, una piragua que avanza suavemente, el chapoteo de las palas, el canto tímido de algún pájaro, forma una melodía inesperada.

Desde abajo observo la estructura del puente: los soportes de mampostería, rectangulares y anchos como la carretera que sostienen, quizá de un metro de espesor. Son tres pilares intermedios y dos en los extremos, creando cuatro amplios vanos. El de la derecha parece habitado por los patos; forma una pequeña poza donde el río penetra.

Por los vanos centrales circulan piraguas procedentes de un punto más arriba, donde hay un club o asociación. Unas escalerillas permiten acercarse al agua; el fondo parece limpio, con algunas piedras y restos de pesca. Junto a la orilla no habrá más de veinte centímetros de agua; imagino que en el centro del cauce llegará al metro. En este punto el río tendrá unos treinta y cinco metros de anchura. El agua se muestra verdosa, tornándose más clara cuando aparece el sol.

Después de revisar los soportes metálicos de la pasarela, permanezco un rato simplemente observando y sintiendo. Una brisa ligera trae olor a pino, a eucalipto y, en momentos, solo a verdor. La tierra mojada, tras la lluvia de ayer y las gotas de esta mañana, exhala un aroma que se percibe en cada pisada.

El entorno cautiva. Aunque la tarde no ofrece claridad ni sol, apetece contemplarlo todo y quedarse. No hay prisas: lo que rodea aquí es sincero, te habla de tú a tú, y uno se siente protegido.

Antes de regresar camino unos cincuenta metros más. Quiero comprobar el crecimiento de los aguacates que en enero apenas asomaban: sólo se veía el tubo blanco que los protegía. Seis meses después sobresalían; ahora, casi un año después, rondarán los cuarenta centímetros.

Me alejo despacio, con la sensación de haber descubierto por primera vez un lugar que siempre tuve delante, y con la certeza de haber escuchado una de las melodías más maravillosas del entorno. Sé que regresaré pronto.









Santiago Chippirraz Rodico

Comentarios

  1. Para este primer día del año 2026, les propongo una lectura suave y placentera: un breve paseo hasta el puente grande de Los Barrios, observando el camino, el río, los vados y la vida tranquila que lo rodea.

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  2. Carmen Lavado: Pues si que ha sido una lectura suave y placentera, hace días que sabía que tenía algo tuyo para leer, pero lo he dejado para más tarde: después, está noche, mañana...Mejor hubiera sido leerte al momento. Como tú escrito anterior de la lluvia y el barniz, que por cierto, me ha parecido magnifico.
    Y está noche cojo el teléfono y he podido disfrutar de algo tranquilo, un paseo por el puente he visto como han crecido los aguacates. Gracias, por la paz que aportas.
    me faltaba

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