Una luz entre las sombras
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| Imagen tomada por el autor del artículo |
Valoro de modo positivo mi dedicación a la cultura en el último mes. Tal vez porque la propia naturaleza, o algo más íntimo, tiende a compensar los estados emocionales sobrevenidos. Museos, libros y lugares han ido apareciendo como escenas que, sin buscarlo, resultan agradables a los sentidos y necesarias para el ánimo. De los primeros ya dejé constancia hace unos días. De los segundos, sigo construyendo una columna irregular: lecturas que se acumulan, carpetas que se ordenan y otras que permanecen abiertas. El papel, en cualquier caso, continúa atrayéndome.
Entre los libros leídos en formato físico, quiero destacar Historia de la Algeciras Medieval, del barreño José Antonio Ortega Espinosa. Una obra que busca responder a tres interrogantes persistentes en la historia de la ciudad, cuestiones que algunos historiadores han dado por cerradas, quizá con excesiva premura. El autor adopta una estrategia precisa: estrecha el cerco poco a poco, apoyándose en datos y argumentaciones hasta reducir las posibilidades a su mínima expresión. Ese rigor convierte el libro en una obra de consulta y referencia, y en mi caso, de notable utilidad.
Otro de los libros con los que he convivido ha sido El queso y los gusanos, del historiador italiano Carlo Ginzburg. Una obra ya clásica que reconstruye un proceso inquisitorial del siglo XVI, con un molinero como protagonista. Más allá de lo mucho que se ha escrito sobre el tema, lo que sigue resultando valioso es aquello que el texto no termina de cerrar. Esa zona de incertidumbre es la que invita a pensar.
Al terminar la lectura, casi de inmediato, surgió una pregunta incómoda: si hoy, salvando todas las distancias, se producen mecanismos similares. La respuesta apareció sin demasiadas vueltas. No como afirmación rotunda, sino como reconocimiento. Ya no hay un tribunal visible, ni un espacio claramente delimitado donde se juzga. Todo resulta más difuso, más opaco. Las acusaciones no siempre tienen rostro ni origen claro; circulan, se reproducen, se aceptan. No hay necesidad de argumentar ni de conocer trayectorias. Basta con que alguien encienda la mecha para que otros se alineen. Antes solo podía existir una verdad; hoy ocurre algo parecido, aunque bajo formas más amables, más veloces y quizá más eficaces.
Las visitas a lugares del entorno también han tenido su lugar en esta etapa, y la más reciente ha sido al Santuario de la Virgen de la Luz, en Tarifa. Un espacio al que siempre regreso y que, sin proponérselo, ofrece sosiego. Antes de acudir, como suelo hacer, me informé lo justo. No para acumular datos, sino para situarme.
Desde el desvío que conduce al santuario reduzco la velocidad. El paisaje se abre en extensiones de un verde intenso, prados amplios que miran al sur, hacia el mar, y al norte, hacia montañas suaves, poco escarpadas. No puedo evitar recordar las palabras del padre Labat, que en 1705 describía estos parajes como casi abandonados, aunque marcados por un pasado extraordinario. También las tropas francesas descendieron por estos mismos lugares. Hoy, sin embargo, la quietud es otra. La escasa actividad entristece ligeramente mientras el asfalto, sorprendentemente bien conservado, queda atrás.
Una entrada blanca permite acceder a un amplio patio donde se puede aparcar. El edificio, también encalado, se presenta sin estridencias, pero con una dignidad que invita a detenerse. Algunas familias ocupan bancos improvisados de troncos y mesas de piedra. Los niños corren sin prisa por el terreno que rodea el conjunto.
La humedad de los días de lluvia aún se percibe, sobre todo en el jardín cercano. Al cruzar la puerta, un patio cuadrado con un pozo central da la bienvenida. Flores de distintas variedades lo rodean, entre ellas unos pascueros de rojo intenso que destacan sin imponerse. Un pasillo perimetral conduce a varias puertas; a la derecha, la entrada a la capilla. Sencilla y armoniosa: una nave central y dos laterales más estrechas, techos abovedados, columnas, arcos. Una catedral en miniatura. Al fondo, tras el altar y un acristalamiento, la imagen de la Virgen de la Luz. Todo acompaña: cuadros, detalles, silencio.
En el exterior, algunos elementos ornamentales parecen hablar de otros tiempos: fuentes, un monolito rematado por una cruz de hierro a la entrada del recinto. El conjunto está cuidado y ofrece espacios de paseo y descanso, aunque también se intuyen posibilidades de mejora si se pensara en un mayor número de visitas, incluso en días poco propicios como el que nos ocupa.
Llega el momento de regresar. Nunca me despido del todo. Digo “hasta luego”, como si el lugar tuviera alma propia. Siempre vuelvo a estos espacios donde no se percibe competencia, donde nadie empuja ni reclama el sitio del otro.
Con las primeras sombras de la tarde emprendemos el camino de vuelta. Pienso en quienes, durante siglos, recorrieron esta misma distancia desde Tarifa para ver a su Patrona. En el trazado que ahora piso, en su historia callada. Quizá no sea relevante. Quizá no importe. Pero dejo constancia de ello, por si a alguien, en algún momento, le sirve.
Caminos vecinales
Visto informe que en 24 de diciembre del año anterior emitiera el Sr. Ingeniero de Obras y Vías Provinciales, referente a que el camino de Tarifa al Santuario de Nuestra Señora de la Luz, era de los entregados a la Diputación entre los no entregados a construir, encontrándose en condiciones legales para poderse dar comienzo a los trabajos por la entidad concesionaria, o sea el Ayuntamiento de Tarifa, con arreglo al contrato celebrado entre el Estado y dicho Ayuntamiento, según determinaba la hoja modificada de datos fundamentales de 10 de marzo de 1922, aprobada por la Dirección de Obras Públicas en 18 de abril siguiente señalando un presupuesto total de 79.278, 68 pesetas, incluidas partidas para liquidación e inspección, correspondiendo pesetas 47.567,21 el Ayuntamiento y 27.936,30 al Estado y por tanto actualmente a la Diputación Provincial, preseniendo de pesetas 3.775,17 para liquidación e inspeción; y que espera que los terrenos que han de ocuparse por el camino, están a disposición del Estado y por tanto hoy al de esta Diputación, según certificado del Ayuntamiento de 18 de febrero de 1921, y que en 28 de junio de 1923 se concedió a don Pascual Cervera Jácome, la construcción del camino por solo la subvención del estado. Sr. que fue autorizado por el Ayuntamiento el 27 de marzo de 1923 para que en su nombre y representación firmase el acta y documento referente al replanteo del camino, con el fin de comenzar la construcción, aún no empezada, encontrándose el Ayuntamiento de Tarifa con todos los elementos necesarios para comenzar el camino, y proponiendo que esta Corporación debe autorizar el comienzo de las obras, partiendo de la base de que el abono de las mismas en la parte a esta Diputación respectiva, solo se hará por kilómetros de caminos completamente terminados y en condiciones con arreglo a la hoja de datos fundamentales, aprobada como antes se ha dicho en 28 de junio de 1921, y mediante certificación del Ingeniero encargado de la inspección y vigilancia; la Diputación, teniendo en cuenta el dictamen favorable de la Ponencia de Fomento, acordó por unanimidad, autorizar al Ayuntamiento de Tarifa para la construcción del camino de que se trata, con sujeción estricta a los términos propuestos por el Ingeniero de obras y Vías Provinciales.
(Actas de Sesiones de la Diputación Provincial de 1926-12-03)

Comparto contigo la existencia y actuación del actual acoso y siempre con la misma finalidad.
ResponderEliminarPor cierto, gracias por escribir de otras personas que publican o no, y no se trata de una cita.
ResponderEliminarA ti por leer. Siempre lo hice y continuaré. Gracias
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