Las manos también hablan
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| Por Miguel Ángel - See below., Dominio público, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=71427942 |
Las nubes se alzan con aspecto endemoniado y cubren un amplio espacio. El frío húmedo desciende desde la sierra con paso lento, calando los cuerpos a pesar de las prendas de abrigo. El viento racheado arrastra por las callejuelas del centro de la ciudad diminutas gotas de agua que alteran los hábitos y empujan a buscar refugio en los locales públicos.
Es ocasión propicia para un lugar que reconforte, resguarde y, al mismo tiempo, ofrezca comodidad en estas primeras horas de la mañana. En este contexto, la aglomeración es habitual y, al poco tiempo, el espacio queda ocupado y reducido. El calor corporal comienza a invadirlo todo, mientras los saludos y las conversaciones, en distintas vertientes, se suceden y quedan al alcance incluso de los oídos más débiles.
Detrás de cada diálogo, de cada rostro, gesto, peinado o vestimenta, hay una persona distinta, con pensamiento y comportamiento únicos; con una historia vivida y quizá con deseos de contar; con una edad, una voz, un modo de andar; incluso con una manera de vestir —más clásica, más actual o siguiendo una moda determinada—, pero conocida, al fin y al cabo, solo por un nombre o por un diminutivo de este.
En este sentido, cuando deseamos traer al presente a alguien ausente, solemos servirnos de cualquiera de esas características. A veces es necesario reunir varias para recomponer y hacer visible su imagen en nuestra mente, pero en la mayoría de los casos, finalmente, lo conseguimos.
Llegados a esta escena, en mi caso, además de emplear los recursos anteriores, utilizo otro algo menos conocido, pero probablemente con menor margen de error en la identificación. Reconozco que, en esta primera experiencia que acometemos, se pueda errar; aun así, lo más probable es acertar antes de concluir los detalles aportados.
Continúa mi discreta mirada barriendo el lugar. Predomina el movimiento, salvo el de las manos, que, tras tomar asiento, pocas veces se distraen. La mayoría adoptan una actitud de espera, como si supieran que ese es su papel. Algunas, desprovistas de abrigo, se abandonan al frío de la mesa; otras encuentran refugio en mangas alargadas, rematadas con suave pelo, que las esconden hasta los nudillos. Las hay inquietas, de dedos delgados y prolongados, incapaces de permanecer en reposo; y también manos quietas, pesadas, que parecen haber llegado mucho antes que el cuerpo que las acompaña.
Entre tantas, las hay blancas y algo morenas, conservando aún la pigmentación de los meses de verano; desnudas o embellecidas con anillos —algunos como símbolo de unión matrimonial—; otras adornadas con pulseras y, las menos, con reloj, venido a menos desde la incorporación del teléfono móvil.
Es difícil encontrar las velludas, en otro tiempo tan habituales, o las húmedas y retorcidas. Predominan, en cambio, las manos delicadas, suaves, de uñas recortadas, redondeadas y pulidas, casi sin arrugas propias del tiempo o de la función desempeñada.
Durante la interlocución quedan más expuestas, liberadas del control inicial. Es entonces cuando se distingue al calculador por la firmeza de la muñeca; al nervioso, por el temblor; al abatido, dejando caer la mano inerte, con las uñas pálidas. Y, entre todas, las más evidentes son siempre las manos torpes y vacilantes, las inseguras, cada una expresando una forma de ser.
Casualmente, mi mirada se detiene ante unas manos de singular belleza: extraordinariamente alargadas, no excesivamente estrechas, provistas de una musculatura suave. Algunas venas quedan marcadas bajo una ligera capa de crema incolora, similar al brillo de las uñas que se esfuerzan en ocultar cierta palidez.
Quizá mi silencio se deba a un soñar despierto, pero no por ello construyo un mundo irreal. Esas manos existen; yo las veo a diario y, emparejadas entre sí, se comunican de modo alegre y despreocupado. Se acarician, izquierda y derecha, de diversas formas, con verdaderas muestras de cariño: una siente a la otra, se acompañan y se complementan a lo largo de una vida.
Las expresiones, en forma de conversaciones ocultas, continúan durante largo rato, en un lenguaje que nadie practica y todos entienden…
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En un tiempo , no muy retirado de este , se popularizó un dicho LA MANO NEGRA para atemorizar a la ciudadanía, sin fundamento real que sostuviese los argumentos divulgados . Y como esta , otras expresiones que aludiendo a las manos : tiene mucha mano izquierda , dar de mano , tiene un asunto entre manos ... De entre todas las presentes en el reino animal , la unión del pulgar con el índice convierte a las nuestras en herramientas únicas . Por cierto , las que aperecen en la foto con la que encabezas tú artículo envían un fascinante mensaje ( según interpretaciones recientes de la obra del gran Buonarotti ) . La mía desea darle un apretón a la tuya para transmitirte mi agradecimiento y admiración por tu nueva entrega .
ResponderEliminarUn ilustrado comentario que agradece el artículo y el autor.
EliminarImpresionante!!!!
ResponderEliminarMuchas gracias.
EliminarSí señor el diálogo de las manos tanto para afirmar como para negar... principalmente cuando hablamos para el público...no hay manera de detenerlas... suelen expresar como tú bien dices el estado de nerviosismo o la tranquilidad...nada más hay que observar cuando como decía antes de hablar en público y teniendo un bolígrafo en las manos no paramos de hacer piruetas con él o nos llevamos las manos a la cara dependiendo del momento.
ResponderEliminarHablando de refranes nos encontramos con:
manos que no dais que esperáis o que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha.
Pués sí Santiago una escritura muy distraída.
Cuando las palabras gustan, entretienen y aspiran a enseñar, los lectores se asoman.
EliminarEsto marca la diferencia. Lo guardo entre mis preferencias. Enhorabuena y gracias.
ResponderEliminarEn estos artículos, son dónde demuestras el gran observador que eres y lo bien que relatas todo lo que observas, y en resumidas cuentas ¡ lo bien que escribes! .
ResponderEliminarCuando éramos más jóvenes, mí mujer y yo, a veces salíamos a cenar los dos solos, sin la compañía de los amigos. Y en el restaurante, a las parejas de las mesas de al lado las observábamos y jugábamos a adivinar sus trabajos, si eran matrimonios o novios etc. Les formábamos una vida ficticia, solo por sus caras y gestos. Tú, con solo observar sus manos, descubres toda una vida.
Me gusta más el nombre de Miguel Ángel, sin apellido
Felicidades, y gracias por compartir tu trabajo.
Gracias, amigo Pepe. Llevas razón, hay comportamientos que comienzan como una diversión y, poco a poco vas escalando. Así es casi en todo: La constancia la sostiene, y el tiempo las perfecciona. De las observaciones que me hablas, es probable que tuvieran un alto porcentaje de aciertos. Recuerdo que en clase conocías casi todas las respuestas.
EliminarEl movimiento de manos dice mucho de la persona, es una maravilla lo que has podido distinguir de unas manos. Eso te sucede porque tú eres un observador de la vida, posiblemente has podido hablar con ..., ella cuando habla se vale de sus manos.
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